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Imágenes y palabras de Etiopía 28. El Nilo Azul y el reparto del agua.


 

La tarde nos acercó a uno de los mitos de este país: el Nilo Azul.

Al suroeste del lago Tana se encontraban las fuentes del Nilo Azul, un lugar sagrado para los etíopes. El Abay, como lo denominan, desemboca en el lago y vuelve a salir del mismo unos kilómetros más al este, por Bahar Dar, para iniciar su galopada hacia el sudeste antes de cambiar su orientación hacia el oeste y dirigirse hacia Jartum, en Sudán, para unirse al otro gran brazo del río, el Nilo Blanco, procedente de Uganda y la región de los grandes lagos Victoria y Alberto.



A unos 30 kilómetros de Bahar Dar, en dirección sudeste, nos esperaban las cataratas del Nilo Azul, Tis Isat o fuego que humea, o Tis Abay, el Nilo que humea. Allí las aguas se despeñaban 45 metros con una anchura de 400 metros. Ese era nuestro destino.



La riqueza intrínseca del caudal del río atravesaba las tierras de Etiopía pero el país se beneficiaba poco de ello. Mientras que el Nilo Azul aportaba el 59 por ciento del caudal, por un 14 por ciento del Nilo Blanco, Etiopía tan sólo tenía derecho a un ínfimo e ilegal 1 por ciento. Ello se debía al Tratado del Agua que Gran Bretaña suscribió en 1929 con Egipto, sin contar con Etiopía. En 1920, Gran Bretaña planteó construir una presa en el lago Tana para regular las aguas y evitar pérdidas por evaporación. Sin embargo, el proyecto fue rechazado por diversas razones. Fue Ras Tafari, que años después se convertiría en el emperador Haile Selassie, quien tomó tal decisión. En 1930 quiso negociar, sin éxito. Y Etiopía quedó fuera del reparto, que garantizaba el suministro de agua a Sudán, con un 25 por ciento, mientras que Egipto retenía el 75 por ciento, sin margen para el país que mayor aporte al caudal producía, nada menos que el 86 por ciento. A pesar de los intentos por acabar con esa tremenda injusticia, las negociaciones bajo el paraguas diplomático de la ONU están permanentemente estancadas. Los países beneficiados han manifestado en múltiples ocasiones que cualquier alteración de la situación actual supondría una declaración de guerra. Mientras, los campesinos etíopes tendrán que seguir mirando al cielo a la espera de las lluvias.

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