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Más adelante, en el propio libro, analiza las razones de la riqueza de Islandia. Es cierto que el viajero, cuando se adentra en el país, se interroga acerca de la fuente de la misma. Las granjas dispersas o las pequeñas flotas pesqueras amarradas en los puertos no serían suficientes para crear la riqueza de que disfrutan. Carlin enumera algunas de esas fuentes de riqueza:
No sólo hay ya bancos islandeses en activo en 20 países; no sólo la empresa Decode, con sede en Reikiavik, es líder mundial en la investigación biotecnológica del genoma; no sólo las firmas islandesas están devorando empresas alimentarias y de telecomunicaciones en el Reino Unido, Escandinavia y el este de Europa, sino que Islandia es el líder mundial en fabricación de prótesis.
En la década de los 90, Torji H. Tulinius resaltaba el carácter cambiante del país y su sometimiento a las fuerzas de la naturaleza y ofrecía su fórmula para el progreso:
Para protegerse contra posibles peligros sólo hay una solución: explorar las posibilidades ofrecidas por la energía geotermal, la localización geográfica del país, y sus recursos culturales -posibilidades que deben ser enriquecidas y diversificadas para tener un fuerte suministro con el que resistir los golpes del destino.
Porque el país estaba constantemente en peligro, un peligro que había sabido asimilar e interiorizar y que no le había impedido ese progreso:
Nada es estable en esta joven entre las tierras de nuestro planeta. Es rasgada constantemente por el mal tiempo, agitada por los terremotos, reconstituida por la lava ardiente, rota por los glaciares, deformada por las erupciones volcánicas.
“Siempre cambiante, siempre la misma”, resalta una y otra vez el autor. “Isla y mundo, cambiando constantemente y sin embargo siempre la misma, ingrata y generosa, aislada y abierta, fuerte y frágil –Islandia está, como todos los países, hecha de contradicciones”. Hermosas y productivas contradicciones, sería más justo decir.
Negativamente, me llamó la atención una noticia publicada en los días de nuestra estancia que informaba de la denegación del status de refugiados a dos familias afganas que estaban bastante adaptadas al país y que fueron deportadas a Grecia. Había generado cierto revuelo. Evidenciaba que esa sociedad que tanto había progresado no quería compartir su bienestar con los más desfavorecidos, un lunar egoísta en la hoja de servicios de este país que hasta no hace mucho tiempo tuvo que emigrar y vivir en unas condiciones bastante precarias. Seguían la misma estela de otros países ricos. Malos tiempos.
Como en otros viajes, nos planteamos si nos gustaría ir a trabajar una temporada a Islandia o quedarnos a vivir. La respuesta fue negativa en quedarse, a pesar de la seguridad y la igualdad. El clima era un punto negativo y la impresión de escasa vida social y de soledad (quizá con la excepción de la capital) pesaba en su contra. Una temporada no era en absoluto desechable.

El día antes de nuestra salida hacia Islandia, Jose me regaló un libro del periodista y escritor John Carlin, sin duda, un convencido entusiasta de Islandia y de su organización social, que resaltaba en Crónicas islandesas, cuyo subtítulo era clarividente: el mejor país del mundo. Empecé su lectura en el avión e intenté avanzar en alguna de nuestras estancias en las salas comunales.
El principal elemento para la felicidad de los islandeses era, según el autor, “su sólida seguridad en sí mismos”. Efectivamente, son gente sin complejos y también sin dobleces. Es un país donde abundan los escritores y artistas, a pesar de su escasa población. “No hay animales ni árboles. Tenemos que tener una vida interior muy rica para llenar los espacios vacíos, para llenar el silencio con nuestro propio ruido”, afirmaba uno de los entrevistados.
El autor va desgranando elementos y cosechando entrevistas que demuestran esa felicidad. Se extraña de que la más alta natalidad de Europa, el mayor índice de divorcios y el mayor porcentaje de mujeres que trabajan fuera de su domicilio no acabe como el rosario de la aurora, como el caos que sería previsible en otro país de Europa o del mundo occidental. Es verdad que tienen una buena renta per cápita, de las más altas del mundo, sanidad y educación gratuitas, es el país que más libros compra por persona, con una esperanza de vida de las mayores del mundo, y un largo etcétera que garantiza bienestar social. Pero la felicidad es algo más y todo apunta a que ese algo más también lo poseen. Quizá por esa razón se marchan de su país para regresar años después a disfrutar de esa felicidad inmanente y también para implementar todo lo bueno que han encontrado por esos mundos de Dios. “Creo que hemos combinado lo mejor de Europa y lo mejor de Estados Unidos, el sistema de bienestar nórdico con el espíritu empresarial norteamericano” resalta uno de los entrevistados.

Era un pueblo con mucho arte. Al Centro de Artes Visuales de Skatfaell y el Museo Tecnológico de la central Fjardasel se unía el Festival LungA, que se celebraba en julio. En verano celebraban conciertos en la iglesia azul, la Bláa Kirkjan, los miércoles del 1 de julio al 12 de agosto.

El camping estaba en el propio pueblo, lo que nos permitió recorrer la población a la luz del atardecer. En la recepción charlamos con una simpática joven vasca que nos dio la bienvenida y diversas informaciones.
Los miércoles por la tarde-noche la pequeña población de 700 habitantes se convertía en un hervidero. Los jueves salía el ferry hacia Dinamarca, muy temprano.

Las casas que rodeaban la laguna (Lón) eran de colores vibrantes. Una senda multicolor atravesaba la calle que llevaba a la iglesia. Una de las casas estaba decorada con unos curiosos dibujos en blanco y negro. Hacia el oeste, las fachadas formaban una línea clara en la base de la montaña. Las cimas mantenían manchas de nieve, a pesar de ser verano.
Nos encantó el lugar.
Preparamos una suculenta cena en la sala comunal y cumplimos con nuestros rituales habituales.

Mis dos referencias sobre Seydisfjördur eran en parte contradictorias. Mi amiga Yolanda no había podido alcanzar el pueblo porque la ruta había sido devorada por la niebla. Mi amigo Alfred recordaba las hermosas vistas desde la casa donde durmieron. Quizá por ello lo habíamos incluido en la ruta y necesitábamos realizar los 27 kilómetros de la carretera 93 con luz para evitar sorpresas.

El trayecto era muy bonito. La carretera se quebraba en curvas cerradas mientras bajaba hacia el fiordo encajado en altas montañas plagadas de pequeños regatos y cascadas que se deslizaban por sus pliegues.
Conducíamos al costado del lago Heidarvatn, un buen lugar para pescar truchas. El lago se convertía en el río Fjardará que desembocaba en el fiordo y en el pueblo, que se apreciaba acurrucado al extremo oeste. Quizá te suene la zona porque es el lugar por el que baja en monopatín Ben Stiller en la película La vida secreta de Walter Mitty. Poco después llegas al monumento a Thorbjörn Arnoddsson. La hermosa cascada Gufufoss la visitamos con calma al día siguiente.

Seydisfjördur fue fundada por pescadores noruegos en 1848, donde instalaron una pesquería que desapareció hace algunos años. Quedaron las hermosas casas de madera y la maravillosa naturaleza de su emplazamiento. El turismo sustituyó a la pesca, que aún se seguía practicando. Durante la Segunda Guerra Mundial hubo una base británica y estadounidense.

No hay que olvidar periódicamente mirar hacia atrás y contemplar el lago, remontar hacia el sur y sus montañas, porque el río procede del poderoso glaciar Vatnajökull. La niebla debilitaba las imágenes. Al otro lado, el bosque.
Las colinas entre la cascada y el lago estaban completamente peladas y exhibían una pelusa verde que contrastaba con el sobrio color de la piedra. Más cerca, se abría el valle y formaba un ancho canchal.
La cascada nos recibió con estruendo. Parecía que estuviera recitando un conjuro. Su vertical línea blanca cortaba las líneas horizontales de los estratos marrones y rojos, una alargada nota en un sugerente pentagrama.

Las rocas de la cima eran amenazantes. Las que estaban caídas en el camino eran un aviso para no confiarse y meterse por cualquier resquicio, algo que sí hizo alguna gente con la que coincidimos.
Tómate tiempo y disfruta del paisaje. También del regreso.
Unas ovejas rechonchas y un poco cómicas nos acompañaron a la vuelta.

Nuevamente por la carretera 931 subimos en dirección norte hacia Egilsstadir. El paisaje nos resultó especialmente hermoso. Nos consoló de algún tramo de firme en mal estado.
Si hubiéramos seguido hacia el sur hubiéramos podido disfrutar del monte Snaefell, del paisaje de tundra húmeda y de una ruta circular con cinco cascadas, entre las que estaba Strútsfoss, tan espectacular como la que habíamos disfrutado. Pero eso deberá esperar a otra ocasión. Como avistar renos salvajes.

Empezamos el regreso por el lado noroccidental y se nos ofreció uno de esos regalos que cambiaron nuestra percepción del lago: la cascada Hengifoss, de 118 metros, la segunda más alta del país. La referencia para localizarla era sencilla. Estaba a la altura del puente y había un aparcamiento que suele estar bastante concurrido. Un cartel facilitaba el desvío.
Aconsejan la visita por la mañana, que es cuando el sol impacta de frente sobre la cascada, y en junio o julio, que es el momento de mayor afluencia de agua y que determina una mayor espectacularidad. Aunque era una tarde de finales de agosto no nos decepcionó. Hay que estar preparados para una caminata de unos dos kilómetros y medio con tramos de cierta pendiente, aunque asequibles. En total, invertirás unas dos horas.

Desde las montañas, el río se descuelga y traza un cañón abierto, una herida geológica por donde fluye el agua con fuerza. Esa fuerza se manifiesta en rocas y piedras arrastradas por la erosión. A ese cañón desembocan otros riachuelos que forman otras cascadas. La más espectacular, hacia la mitad del trayecto, es Litlanesfoss, a la que acompaña un arco de columnas basálticas.

Al regresar a Madrid nos picó la curiosidad por el autor islandés que tanta fama tuvo en Dinamarca, Alemania e incluso en Estados Unidos. En España sólo pude encontrar un libro suyo traducido al español: Adviento en la montaña.
El libro estaba cargado de simbolismo, algo habitual en la literatura islandesa y escandinava. El argumento era sencillo, liviano. Lo importante, como destacaba su prologuista, Jón Kalman, era cómo contaba aquella pequeña historia que aunaba la soledad del hombre que se deja acompañar por el entorno, la lucha contra la naturaleza, a la que hay que respetar, la hospitalidad tradicional islandesa (o como otros se aprovechan de su inexplicable generosidad) y un especial sentido del deber que resultaría completamente ajeno a nuestra cultura.
El protagonista, Benedikt, un campesino que trabaja a sueldo en una granja en verano y en invierno cuida las ovejas de los establos a cambio de comida y algo de ropa, y que apenas posee nada, se interna en la montaña, como todos los años en adviento, para recuperar unas ovejas dispersas y perdidas en otoño, que ni siquiera son suyas, y por las que no obtendrá mayor recompensa que el reconocimiento de los demás. O “una inmensa quietud, incomprensible y colmada de promesas”. Para ello, arriesga su vida en compañía de un perro, León, y de un carnero, Recio, que forman la trinidad de personajes que resultan entrañables.

El motivo de sus salidas a la montaña no es el lucro: le hacen sentirse su propio dueño, le ayudan a interrogarse sobre los elementos básicos de la vida. Son algo esencial en su existencia:
Era como si sus salidas se parecieran a un poema con rimas elegantes y metáforas delicadas. Se le metían a uno en la sangre lo mismo que la poesía, y como si fuera un poema uno tenía que aprendérselo de memoria y regresar allí cada año para comprobar que nada había cambiado, que todo seguía inmutable, extraño e inalcanzable, aunque al mismo tiempo familiar e imprescindible.
El momento más impresionante del libro lo ofrece la tormenta a la que se enfrenta y que pone en serio peligro su vida y la de sus compañeros, a los que cuida y de los que se preocupa como si fueran humanos. Les toma por sorpresa, les azota de tal forma que parece engullirlos por completo, no se ven las manos ni pueden distinguir al que llevan al lado.
Pero se mantuvieron unidos y opusieron resistencia a la ensordecedora brutalidad del viento y al azote de la ventisca. La densidad de la nevada era tal, que no se explicaban cómo el viento se las arreglaba para atravesarla, cuando lo normal hubiera sido que los copos de nieve ya lo hubieran sepultado. Era casi imposible respirar, Benedikt daba pequeñas bocanadas de aire y avanzaba como mejor podía en medio de la incesante cortina blanca de nieve, sujetándose con todas sus fuerzas a la cuerda que había atado a los cuernos de Recio. León todavía seguía avanzando sin ayuda, aunque con mucha dificultad. Y así progresaba la Trinidad, un pie tras otro, tambaleándose por las violentas acometidas de la tormenta.
El relato toma tintes épicos y capta la sensibilidad del lector. Porque “el inmenso vacío del desierto helado o los inmutables abismos de piedra se dejan sentir hasta las entretelas del alma”.
Creo que volveré a leerlo en cuanto pueda.