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Sin duda, la iglesia mejor conservada es la de santa María, también gótica isabelina, como la de El Salvador. Es monumento nacional. Su fachada está completa y las esculturas mantienen sus rasgos. Las arquivoltas son preciosas. El interior sufrió considerables daños durante la Guerra Civil.


La plaza central adoptó el nombre del coronel José Ruiz de Albornoz, el defensor de Requena frente a los carlistas de Cabrera que la asediaron en 1836. Era la plaza donde se celebraban espectáculos, eventos y corridas de toros a las que asistieron Felipe III y Felipe IV. Algunos de sus edificios han sido reconvertidos en restaurantes y hoteles. Es también el lugar donde se asientan sus famosas cuevas del vino.


Es momento de descansar.
Me siento en una mesa a la entrada del Mesón la Villa, uno de los que me ha aconsejado la señora de recepción. He desplazado el plato, he dado un par de sorbos a una cerveza tostada y sabrosa y descanso tras el interesante paseo por el casco viejo. Me siento satisfecho porque me ha mostrado la belleza y los lugares de interés de este pueblo a caballo entre lo mesetario y lo valenciano. Me regalaré un ajoarriero (el camarero me ha desaconsejado, con buen criterio el morteruelo), un revuelto de gambas, setas y trigueros y una copa de Silvestro que me deja en la gloria.
Es hora de regresar al hotel para preparar la siguiente jornada.




Muy cerca está la Casa-Museo de la Seda, que cierra en el momento de mi llegada. En esa casa se reunía el gremio de la seda, tan potente en todo el Levante español. Felipe V, consciente de esa fuente de riqueza, le otorgó estatuto en 1725. Requena tuvo en sus mejores momentos unos ochocientos telares.
Rodeo la fachada redonda de la capilla de la Comunión, con su cúpula de azulejos azules, observo la iglesia de El Salvador y me planto ante su pórtico gótico isabelino. La figura del parteluz ha desaparecido y las esculturas de los lados han sido decapitadas, pero en las arquivoltas se suceden ángeles y personajes bíblicos. Es espectacular.


El estado de salud del casco antiguo es desigual y quizá se debería intentar homogeneizarlo para dar una buena sensación de conjunto bien conservado. Algunos edificios están rehabilitados y sus fachadas sencillas y armoniosas elevan el espíritu. Desgraciadamente, hay mucha infravivienda que está a punto de colapsar, casas abandonadas, solares que dan pena. Hay carteles que anuncian diversas intervenciones y eso da esperanzas de que se recupere y sea el orgullo de la población.

El vino está muy presente en todo el trazado. Requena puede vanagloriarse de celebrar la fiesta de la vendimia más antigua de España. Cuenta con un museo de la Vendimia y un museo del Vino, en el palacio del Cid, más al sur. Abundan los locales donde degustarlo y comprarlo. Es la principal fuente de riqueza y una de sus señas de identidad.

El palacio del Cid, en la calle Somera, es una imponente mansión del siglo XV. Cuentan que aquí estuvo el lugar donde el insigne guerrero, en 1089, se entrevistó con el rey Alfonso VI para negociar los esponsales de sus hijas con los Infantes de Carrión. También se aposentaron en el lugar algunos de los Treinta Caballeros de la nómina.

Mis pasos me llevan frente a la casa de Santa Teresa. No se tiene constancia de que la santa visitara la ciudad. La casa honra a la misma y a su orden religiosa. No queda nada más que un hermoso escudo.
Más abajo me encuentro con unos niños que juegan animadamente. En una plaza asoma la fachada de san Nicolás, otra de las parroquias principales. Me introduzco por los callejones poblados por gente humilde, salgo a las murallas, contemplo como el sol se desvanece, continúo hasta la cuesta del Ángel y las del Cristo, me dejo llevar por calles curiosas, como la de la Cárcel o los Casares. No hay apenas movimiento. El mal tiempo ha acobardado a la gente. Peor hará al día siguiente.



Requena pasó a la órbita cristiana en 1239 y en 1257 Alfonso X el Sabio  le otorgó “Carta Puebla”, el fuero donde se le concedían ciertos privilegios, algo habitual en zonas recién conquistadas con evidente peligro para sus habitantes. La repoblación hubiera ido imposible sin esos privilegios pues nadie se hubiera aventurado en un territorio en conflicto.
La dependencia real implicaba que el concejo regía las tierras en nombre del soberano castellano y era el encargado de organizar la defensa y acudir a la llamada de su señor en las campañas que emprendía. Como el botín era una buena fuente de ingresos, eran frecuentes las razias contra otros concejos para apropiarse de sus ganados y cosechas. Separada la parte que correspondía al rey, el resto se distribuía entre los intervinientes según su categoría.

Me acerco a la calle Santa María, en el lado este del recinto. Allí se establecieron en diversos inmuebles los Treinta Caballeros de la nómina del rey Alfonso X. Aquellos caballeros pertenecían a la baja nobleza, principalmente hidalgos, que estaban a sueldo o nómina del rey, de ahí su denominación, y su obligación era proteger y vigilar el territorio recién conquistado. Sus palacios pasaron a mejor vida, aunque aún se podían contemplar sus blasones.
Da. María de Molina, esposa del rey Sancho IV de Castilla, y regente por la minoría de edad de Fernando IV desde 1295, se vio obligada a mejorar las condiciones de sus caballeros ante el acoso que sufría por parte del rey de Aragón, Jaime II. Según Víctor Manuel Galán Tendero, un referente en lo que toca a Requena, éste fue el origen del Privilegio Real concedido el 20 de junio de 1301.

Por aquellos tiempos, la principal riqueza era el ganado. A ello se unía que Requena era uno de los escasos puntos por donde podían transitar mercancías entre Aragón y Castilla. Los mercaderes de Valencia sufragaron el acondicionamiento y mantenimiento del camino que unía ambos reinos y que coincidiría aproximadamente con la actual autovía de Valencia.
En el siglo XV, la ciudad fue víctima de las luchas entre Castilla y Aragón y fue moneda de cambio para el apoyo de algún noble. Será en enero de 1449 cuando los aragoneses venzan a los caballeros de Utiel y Requena y se produzca la incorporación de ambas al reino de Aragón. Una de esas entregas, a favor del conde de Castrogeriz, provocó una sublevación por la posibilidad de que el nuevo señor cercenara sus privilegios reales. El conde sitió la ciudad y el pueblo le plantó cara encomendándose a san Julián, quien mandó una inmensa granizada que obligó al conde a abandonar el asedio. La capilla del santo, segundo patrón de la ciudad, se encuentra en la cuesta de Carnicerías, bajando las escaleras y frente a un mural con una anciana tratando la seda, la gran riqueza del siglo XVIII. La capilla, muy reciente, de 2003, se edificó sobre la torre Redonda o de En medio. Creaba una plazuela encajonada de cierto encanto.




Las nubes son paisajísticamente gratificantes y meteorológicamente benignas. Son algodonosas, están suspendidas sobre un cielo azul que incita a conducir hacia ellas. En algunas, la panza es gris. Más adelante se oscurecen, se enfurecen y descargan una granizada, una tormenta que da miedo muy poco antes de alcanzar mi destino. El sol parece haberse quedado en la meseta y la lluvia ser la bienvenida a este ámbito geográfico.
He conducido plácidamente. El grueso de los que toman el largo puente de mayo saldrá más tarde. Les he tomado ventaja y he alejado el peligro de los atascos. Viajo solo, pero no tengo sensación de soledad. En mi interior fluye la libertad. Soy el dueño de mi destino.

Lo más sencillo para moverse por Requena es tomar el bulevar, aparcar y olvidarse del coche. En la zona azul sólo hay que sacar el ticket, sin desembolso, para disfrutar de dos horas de aparcamiento. Estaciono en la plaza de España. Algunos edificios modernistas testimonian la pujanza económica de décadas pasadas causada por la seda y el vino.

Me acerco al museo Municipal ubicado en el antiguo convento de las Carmelitas con la conciencia de que no podré visitar sus colecciones ni su claustro barroco. Otra vez será. Me conformo con asomarme a la iglesia del Carmen, gótica del siglo XIII, con un hermoso zócalo de azulejos valencianos, algo que se repetirá en otros monumentos. La humedad se carga los revocos y deja unas huellas de corrosión que afean cualquier edificio. Es el momento de la misa, con lo que me he asomado y he seguido hasta el ayuntamiento, situado en la antigua sala de Novicios. Por supuesto, está cerrado y sobre su fachada se posa el sol casi horizontal y cansado. Junto a él, el parque de la Glorieta, con su templete, que fue lugar de mercado.

Me introduzco por las callejuelas y compruebo lo que es un laberinto. Pregunto un par de veces y me reorientan. Es zona de casas humildes.
Con el plano que me han entregado en el hotel a modo de navegador analógico me dispongo a recorrer la antigua villa abrazada por la fortaleza. Muy disciplinado, al principio, subo la cuesta del castillo. Me recibe la torre del Homenaje y la parte del recinto que ha sobrevivido. Son muros de piedra imponentes. Parece que Requena fue un núcleo ibero habitado desde el siglo VII a. C. Hubo presencia romana, pero es en la etapa musulmana, en que fue denominada como Rakka’na, la segura, cuando es amurallada. La alcazaba musulmana fue transformada por los cristianos en el siglo XV. Aunque ya se había desplazado el peligro islámico hacia el sur, las contiendas entre castellanos y aragoneses se prolongaron hasta la unificación de los reinos.





Hago el regreso por la misma ruta hasta el desvío que marca la dirección hacia Isora. La carretera es estrecha pero buena. Otra vez el ambiente agrícola, otra vez la visión parcelaria. La riqueza la aporta la Cooperativa de Ganaderos.
Atravieso Isora, observo su iglesia y me desvío hacia su mirador. Coincidimos tres vehículos, todo un récord. El grupo más numeroso es una familia. Es bastante habitual que los turistas sean familiares de gente de la isla que aprovechan el encuentro para recorrer la misma.

Nuevamente, el mirador es espectacular. La caída puede tener casi un kilómetro. Lo más cercano es el Roque Bonanza. Estoy casi en el otro extremo de Las Playas, del arco que me resulta más cotidiano. Comparo mentalmente mi visión en contrapicado.
No seguiré la carretera general sino otra casi paralela que pasa por Tinor. Uno de los atractivos de este pueblo son las pirámides de ceniza sobre los campos verdes en la meseta. El otro es Juanito el de Tinor, uno de mis alumnos. Tiene cuerpo de luchador de lucha canaria, como Pollito de la Frontera, y la bondad acogedora de los herreños. Es el más fiel de los asistentes y un manitas envidiable. Desde aquí le mando todo mi afecto.



La carretera baja hasta El Pinar, el último municipio creado en la isla. Agrupa unos mil habitantes. No me entretengo en el pueblo.
Poco después, desaparecen los pinares y el paisaje se transforma en un desierto volcánico, a veces arenoso, a veces pedregoso. La triada de plantas adaptadas a suelos pobres se adueña de los espacios entre la lava solidificada en formas peculiares. Paro el coche y me introduzco unos metros entre el decorado lunar.


Montañitas de cuatrocientos o quinientos metros conforman los lomos del terreno. Se inicia la bajada. Hacia la derecha, una bifurcación conduce a la playa de Tacorón y a la Cueva del Diablo. El nombre es lo suficientemente sugerente para un desvío y soportar una senda en buen estado y un poco polvorienta. La cueva más famosa está entre ésta del Diablo y La Restinga: Don Justo. Son 6 kilómetros de galerías que no se permite explorar para proteger un endemismo. Supongo que tiempo atrás estuvieron habitadas o fueron utilizadas por los originarios habitantes, los bimbaches.

Redondas montañas de tonos marrón rojizo guardan las espaldas de la pequeña población y el puerto de La Restinga, el centro pesquero de El Hierro. A unos 5 kilómetros, en el Mar de las Calmas, brotaron hace unos meses las burbujas que anunciaban una erupción submarina. Ello trajo consigo la suspensión de las actividades de buceo, muy apreciadas en toda la zona. El Hierro es un paraíso para el submarinismo, recuérdalo. Desconozco si aún se puede bucear. Esta actividad y el turismo rural se habían convertido en dos buenas fuentes de ingresos hasta que en octubre del año pasado se sucedieron los terremotos. El Hierro salía de su anonimato para ser noticia en los medios. También a costa de arruinar su débil economía turística. Y la pesca. El 5 de marzo de 2012 se anunció el fin de la erupción.

Aparco el coche frente al puerto. Dormitan algunos barcos de pesca y unas embarcaciones deportivas. El mar está agitado, el viento bate con fuerza.
Es demasiado pronto para comer. Una pena porque los restaurantes ofrecen un pescado fresco y sabroso. Además, por la tarde tengo clase. Ni una cerveza me tomo.
El lugar es un modesto lugar de veraneo. El ritmo que contemplo es vacacional, relajado. En una calita entre el astillero y el puerto se bañan unos chavales y algunas turistas toman el sol. Un cartelón advierte del peligro de desprendimientos. Quien pase por allí asume bajo su responsabilidad que le caiga un cascote sobre la cabeza.
En esta cala han instalado unos paneles de hierro con mensajes de ánimo para la isla. Son de la campaña de Coca-Cola "Una hora más de felicidad por El Hierro".

Ya había compartido estancia en el parador con los participantes, que vestían unas camisetas con ese mensaje. Es una inyección de moral para un lugar que sufre una situación complicada. El apoyo es un granito de arena más para impulsar la economía. Cuántas cosas se pueden hacer en una hora multiplicada por miles de personas comprometidas.
Entre los barcos varados en el astillero destaca una embarcación diferente a las demás. Su fondo es de cristal y permitiría observar las profundidades a los que no se sientan con valentía para una inmersión. Lo adquirió el Cabildo y allí duerme. Una buena oportunidad para distraer a los turistas.
Subo hasta uno de los altos muros de hormigón del puerto y contemplo el entorno, salvaje, potente, amedrantador.
Por aquí estuvo mi cuñada hace varios años. El atractivo era avistar tiburones y delfines, también la pesca. O una excursión hasta las inmediaciones del Julán, el Tagoror y los Letreros. Toda la costa sur es de difícil acceso por tierra.



La primera parada la hago en el Mirador de las Playas, que domina el Risco de los Herreños y que abarca toda la bahía del mismo nombre, entre Roque Bonanza y Punta de Miguel. Se divisa el parador incrustado en el terreno. Las ramas de los pinos regalan una sombra necesaria.

Los miradores son una delicia para una cómoda visión de los paisajes más amplios de la isla. En ellos se combina la zona alta y la baja, la montaña y el mar, la lava y las laderas, el llano con sus límites feroces de acantilados tranquilos aunque de rostro pétreo y adusto.

Mis amigos holandeses y Raquel me preguntan cuántos he visto y hago memoria. Son bastantes. Si le unimos las paradas vistosas, muchos más; porque la isla ofrece panorámicas casi continuamente, para gozo del viajero, que sabe apreciarlo y aprovecharlo. El tour de los miradores es imprescindible.

La forma es parecida a la de El Golfo, aunque más pequeña en extensión. Sin embargo, aquí la caída es más vertical, estás más encima. Bajan barrancos y senderos, los árboles se adaptan bien a la pendiente. El mar está aparentemente sereno. Se escucha su movimiento en el silencio que lo impregna todo. La bahía es diáfana.