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Kioto se había desarrollado menos que otras ciudades porque una parte importante de su producción seguía siendo artesanal, como ocurría con el sector textil. Era el más importante centro textil de Japón.
Nos encontrábamos cerca del antiguo barrio de tejedores de Nishijin, del que tuve conocimiento por la novela Kioto, de Watanabe. El padre de la protagonista era un comerciante de tejidos que se desplazaba a menudo para hacer encargos en los pequeños talleres de aspecto desolado, como son descritos. Eran pequeños negocios con un par de telares, a veces arrendados, donde trabajaba una familia. Quizá muchos de esos negocios familiares hayan quedado en la literatura y la historia.
Entramos en el edificio de Nishijin Textile Industrial Association. En ese momento se celebraba un desfile de kimonos.
Los modelos que se exhibían eran hermosos, de diseños clásicos de una exquisita elegancia. Seguían la declaración de principios de la casa: “en Nishijin todas las estaciones están representadas. La primavera canta el aroma de las flores. El verano habla de los días que se fueron. El otoño se da el lujo de la simplicidad y la serenidad. El invierno aplica una delicada capa de nieve a los tejados”.


Las puertas de acceso al recinto eran vistosas, imperiales, resaltaban el poder a través de una arquitectura y decoración algo recargadas. Si hubiéramos sido uno de los súbditos o de los invitados del emperador hubiéramos entrado por el Okurumayose, hubiéramos esperado la audiencia en una de las tres salas del Shodaibunoma, según nuestro rango, hubiéramos admirado las pinturas que adornaban sus paredes o puertas, con tigres, grullas o cerezos y el emperador se hubiera dirigido desde el Seiryoden, su residencia, hasta el pabellón de la recepción. Si la ceremonia era importante se utilizaba el Shishinden. También para la coronación.

Las estancias, de madera y cubiertas de tejados de esquinas alzadas, estaban unidas por pasillos y dejaban entre ellas patios y espacios abiertos ahora silenciosos y que bullían de actividad en la época en que se asentaba la corte en Kioto. Los tronos se observaban en el interior del Shishinden.
El traslado de la capital a Tokio se escenificó en el Kogosho, también dedicado a ceremonias de la corte. Más recogido era el Ogakumonjo, sin tanto boato. Quizá en esa ocasión los cortesanos jugaran al kemari, su juego favorito, muy cerca.
Para deleitar la mirada, los jardines de arena blanca o el precioso jardín Oikeniwa, con su puente, su estanque y sus fornidos árboles. Como dijo Basho:
Perfume de crisantemos
Suelas usadas
En el jardín.
La espada y el sello se conservaron en la estructura más grande, el Otsunegoten. El espejo, en el santuario de Isé. Los símbolos del imperio convivían cerca del monarca. Aquí también vivió hasta su traslado a Tokio.


"Dormir donde la sagrada espada, llamada Kusanaga no Tsurugi, y la joya sagrada, Yusakani no Magatama, estuvieron guardadas era una de las condiciones importantes para un emperador"-leí en el estudio previo a El cuento del cortador de bambú. Esos atributos imperiales, junto con el espejo imperial, fueron entregados por la divinidad como signos de poder. Estaba claro que el lugar tenía una resonancia especial y que aún perduraba algo de aquel poder y ceremonial.
Para la construcción se siguió el ejemplo de la Ciudad Prohibida de Pekín con un eje norte-sur. Varios pabellones salpicaban un espacio de 5,3 kilómetros por 4,5 kilómetros que sufrieron la destrucción del fuego y de la guerra y que fueron reconstruidos varias veces, algo también habitual en los templos.

El folleto que nos entregaron informaba de que el palacio ocupaba un lugar fijo llamado dairi. Cada vez que había que reconstruirlo, el emperador se hospedaba en la residencia de uno de los miembros de la aristocracia. Esa residencia temporal se denominaba sato-dori. El palacio que visitamos era uno de esos sato-dori producto de la reconstrucción efectuada por los Tokugawa tras el incendio de 1854. En 1869 se decidió trasladar la capital a Tokio.
El lunes de la visita el calor era espeso y húmedo. El grupo al que nos habían asignado era bastante amplio, unas sesenta personas, lo que impidió un mejor disfrute. La guía que nos acompañó realizó un excelente trabajo y combinó las explicaciones arquitectónicas con la historia y el ritual y alguna anécdota interesante. Como que el extremo nororiental del rectángulo del perímetro del palacio, denominado Sarugat-suji, estaba retranqueado por ser el lugar por el que penetraban las desgracias.


El primer muro y foso con los que topamos aún estaban lejos del palacio. Bordeamos por el este y entramos por una abertura en la muralla frente a una iglesia. Más arriba se encontraba la mezquita.
Las sucesivas defensas no hubieran sido suficientes para rechazar el ataque de un disciplinado ejército. Separaban pero no defendían. Nadie se hubiera atrevido a ir contra el emperador ni siquiera en las épocas en que su poder era simbólico y el poder real era ejercido por el shogun, su generalísimo de poder efectivo. Tanto aquel día como el lunes siguiente observamos gente haciendo deporte o paseando, más bien escasa, un coche de policía que patrullaba sin ninguna convicción y unas avenidas amplias que dividían el bosque. Todo perfectamente cuidado.

Dimos algunas vueltas hasta encontrar la entrada, de donde nos mandaron a la Oficina de la Casa Imperial, donde solicitamos el pertinente permiso, otorgado para el lunes a las 10 de la mañana.
El palacio tomaba significado por lo que había sido en la historia de Japón y por ser el lugar donde aún se entronizada a los emperadores. Su actividad oficial era limitada y sólo se alteraba con la visita de algún personaje importante. Nuestra guía nos había advertido de su relativo interés (no se visitaba el interior de los edificios y éstos carecían de muebles) y ya Blasco Ibáñez los comparaba con unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. A pesar de todo, era un privilegio visitarlo.


Aquel viernes nos levantamos pronto, a las ocho. Después de un gratificante desayuno comprobamos que el comercio en Kioto no madrugaba. Las tiendas estaban cerradas y muy pocas personas pasaban por las calles o por la galería cubierta por la que enfilamos hacia el Palacio Imperial, nuestro primer destino del día, aunque tuvimos que esperar hasta el lunes siguiente para visitar su interior.
Nos decepcionó un poco aquel paseo. Es cierto que atravesamos calles tranquilas y atractivas pero al salir a avenidas más amplias la uniformidad urbanística era algo caótica, como la observada desde la estación hasta nuestro hotel. Casas tradicionales se alternaban con otras de hormigón de dudosa estética.
Kioto se diseñó en el siglo VIII tomando como ejemplo las capitales chinas. En el centro de una cuadrícula, como su eje, estaba el palacio. Cumplía con los requisitos de estar rodeada de montañas por tres de sus lados y la cercanía de ríos y un lago. Su emplazamiento era de una singular belleza. La mano del hombre hizo el resto. Otras ciudades siguieron su ejemplo.
El Palacio Imperial llegó a tener 15 leguas de perímetro (según se leía), lo que equivalía a más de 82 kilómetros, una inmensidad en el centro de la ciudad. Abarcaba las dependencias del emperador y su séquito y bosques y lagos. Era una ciudad habitada por una corte de 40.000 personas que aislaba al soberano del pueblo para fomentar aún más el carácter divino del Mikado.



La necesidad de sacar los billetes para los siguientes días y concretar los horarios de nuestras excursiones nos condujo a la estación de Kioto, que no habíamos disfrutado al llegar aquella mañana.
Realmente, la estación era un macro complejo que incluía los servicios ferroviarios y un complejo comercial con tiendas, restaurantes, cines y ocio. Abarcaba casi medio kilómetro de largo, una estructura híper moderna que fue contestada en su momento al romper con el aire tradicional de la ciudad. Pero las ciudades deben evolucionar e incorporar los nuevos estilos y las nuevas tendencias. Era obra de Hiroshi Hara y se concluyó en 1997.
La estación dividía en dos Kioto: al norte, la tradicional; al sur, la moderna. La segunda era poco visitada por quien venía de fuera, aunque no careciera de atractivos. Se acusaba a la estación de romper el flujo del viento. Para evitarlo, el potente arco de entrada comunicaba el norte con el sur.

Buscamos la oficina de Japan Rail y, aunque ya eran las ocho de la tarde, continuaba abierta y activa. La cola estaba perfectamente ordenada y silenciosa. Fuimos a alterar esa quietud con nuestro diálogo, manteniendo el tono de voz bien bajo, para no despertar suspicacias.
La chica que nos atendió parecía sacada de un anime de Asahi TV. Era jovencita, de cara redonda e inexpresiva, ojos casi convertidos en dos finas líneas alargadas, gafas de pasta negra y una nariz tan pequeña que era milagroso que pudiera sostener las gafas alargadas.
Fuimos lanzándole retos, los apuntó de uno en uno en una hoja de papel que servía de registro y fue dando solución a cada uno de ellos afanándose sobre la pantalla táctil. Cuadró a primera hora el tren a Himeji, coordinó una salida hacia Hiroshima que nos permitiera visitar lo esencial, nos trajo de regreso, nos dio los horarios de Nara y los billetes de Takayama y resopló con estoicismo cada vez que las cosas se complicaban más de lo necesario. Trabajaba con un ritmo firme, preciso, estudiado, no iba rápida pero no perdía una décima de segundo. Detrás nuestro se formó un pequeño atasco que paliaron en breve sus compañeros. Total eficacia. Cuando terminó la homenajeamos con dos pronunciadas reverencias en grupo. Se las había ganado. No sabemos si después la tuvieron que mandar a un centro de desintoxicación de propuestas difíciles.

Subimos a la parte alta de la estación, alucinados con una escalera iluminada y continuamos hasta un jardín ocupado por parejitas que charlaban cogidas de las manos aprovechando la oscuridad. Todo muy púdico ya que los japoneses no son propensos a expresar sentimientos amorosos en público. Nadie se besaba.
Nos asomamos a ambos lados de la estación y escudriñamos las luces de la ciudad. La torre de comunicación iluminada era lo que más resaltaba.
Cenamos en uno de los restaurantes de la parte alta y terminamos cuando ya cerraban.
Regresamos en un taxi. La ciudad ya estaba dormida.


Leyendo a Blasco Ibáñez encontré lo que podría ser la razón de ser de su existencia e, indirectamente, de su declive. En Japón los matrimonios eran concertados por los padres, en muchos casos buscando más su interés familiar que el posible amor que se profesara la pareja. Los matrimonios convivían, la mujer se dedicaba en cuerpo y alma a su marido pero éste no encontraba el amor y la pasión en el marco de su hogar. Por ello, se lanzaba en busca de esa parte de su vida que le faltaba y que encontraba en las geishas. El progresivo abandono de los matrimonios concertados llevaría consigo la desaparición de la necesidad de las visitas a las geishas. Quizá su futuro (y su presente) estuviera en su reconversión como figuras que daban prestigio a una reunión, como animadoras de una fiesta.
Por eso regresé al barrio una segunda vez la última tarde en Kioto. Aún no había entrado la noche y no se habían disuelto los paparazzis de geishas. Cada vez que se abría una puerta se levantaba una expectación excepcional. Después, los rostros se cubrían de decepción y espera.
Abandoné la calle principal y me introduje por las calles secundarias, más estrechas, más silenciosas, más auténticas. Aprecié mejor las fachadas, los amuletos que colgaban de los arquitrabes de las entradas. Me crucé con algunas chicas vestidas con hermosos kimonos y sugestivos obis, los cinturones o fajines que anudaban a su espalda con un vistoso lazo y que eran el elemento principal de la indumentaria. Estaba claro que era un barrio tranquilo y bonito. No me hubiera importado regresar a él en alguna otra ocasión. El conjunto era muy armónico.