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 Fuente: Wikipedia

 

-Tampoco ayudó mucho su forma de acceder al trono-comenté mientras mi tío perseguía con la mirada al camarero para que nos sirvieran la cena.

-Lo de matar a los hermanos y sobrinos para acceder a él era casi habitual entre los mogoles. Por eso él no se fiaba de nadie. Llegó a encarcelar o mandar al exilio a cuatro de sus cinco hijos varones.

-Más el encarcelamiento de su padre.

-Sin embargo, no era un nombre violento en su quehacer diario; quizás fue el más suave con sus súbitos y el más legal o legalista. Consideraba el castigo severo como una reducción de la dignidad. Cuanto más bajo en la jerarquía era el ofensor más comprensivo era. Incluso se le acusa de no hacer valer los castigos y que por eso sus prohibiciones quedaron en muchos casos en papel mojado.

La llegada de los sandwiches no interrumpió nuestra conversación, que se trasladó a la guerra civil entre los hijos de Sha Jahan.

-El final del reinado de su padre se inicia en 1657, cuando se cumplían 30 años lunares de su acceso al trono. El 16 de septiembre cayó enfermo y se produjo una cadena de rumores sobre la muerte del emperador y la apertura de su sucesión con la amenaza del caos. Aunque se recuperó, los cuatro hijos varones, Dara, Murad, Aurangzeb y Shuja se prepararon para el combate.

-El heredero era Dara. ¿Cómo pudo alcanzar el trono el tercer hijo que quería ser faquir?- pregunté.

-Dara, como heredero aparente, fue educado para suceder a su padre. Estaba familiarizado con la administración, era popular pero soberbio y no contaba con el apoyo de los emires o nobles. Además, era un tanto relajado en sus prácticas religiosas y fue acusado de apostasía y herejía. Dara y Aurangzeb se odiaban.

-Y Aurangzeb se consideró el elegido para liberar al reino de la herejía.

-Exacto. Esa fue su baza. Cada hijo dirigía su potente ejército. Incluso cada uno contaba con el apoyo de una hermana en el harén. Jahanara se alineó con Dara y Raushanara con Aurangzeb.

La batalla decisiva tuvo lugar en Samogarh, cerca de Agra. Murad, alineado con Aurangzeb, fue el héroe y se postulaba como emperador. Pero Aurangzeb le tendió una trampa, lo encerró durante tres años y se valió de la denuncia de un emir para ejecutarlo.

-La guerra civil es una sucesión de alianzas y deserciones, de maniobras para aprovechar los movimientos de los demás hermanos o para neutralizarlos, de una familia que luchaba entre sí con encono y fiereza. ¡Cuántas traiciones!

Las celebraciones por la subida al trono de Aurangzeb se prolongaron desde el 22 de mayo hasta el 29 de agosto de 1659. Como indicaba Eraly, “así comenzó en gran y alegre celebración un reinado singularmente triste”.

Sin tristeza y con mucho cansancio nos fuimos a dormir. Nos esperaba un tremendo madrugón.

 

Auranzeg de joven. Fuente: Wikipedia

 

-Cada vez que nos hemos topado con el recuerdo del emperador Aurangzeb éste ha estado asociado con la destrucción- le planteé a mi tío.

-Es un personaje controvertido en la historia de la India. Se recuerdan más sus defectos que su moderación y comprensión o la rectitud de sus intenciones. Para sus contemporáneos era como un santo. La intolerancia religiosa empañó su fama.

En el libro de Abraham Eraly The Great Mughals, leí una declaración del emperador muy interesante:

Si Dios me hizo emperador no fue por otra causa que haber sido siempre un ferviente defensor del Corán. En contra de mi designio y mi voluntad, que hubiera sido vivir como un faquir, fui ensalzado sobre otros hombres, porque ese justo Señor, que eleva al sumiso y humilla al arrogante así lo había determinado.

 Parecía deducirse una ausencia de aspiraciones políticas. Como si se hubiera visto envuelto en una conspiración que no buscaba.

-Era un fundamentalista islámico- continuó mi tío tras dar un trago a la cerveza y reclinarse nuevamente en el sillón-. Vivió con austeridad e impuso esa austeridad en la corte y fuera de ella. Impuso la sharia, la ley islámica, que consideraba sagrada e inmutable. Continuamente leía el Corán y cumplía escrupulosamente con todos los preceptos religiosos. Sólo se le conoció un escándalo con una bailarina.

-Sus decretos puritanos para forzar la implantación de la ley islámica eran continuos: prohibió la música, el consumo de alcohol y marihuana, aunque no parece que el de opio, prohibió los festivales de diwali y holi, abolió el sati, fomentó las conversiones...

-Sin embargo, fue flexible- la inflexión en el tono presumía un matiz en este término- con sus guerreros Rajput y sus milicias hindúes. No quería enemistarse con ellos. Mantuvo a los altos funcionarios hindúes en sus puestos. Era pragmático.

En una primera etapa, no causó demasiados problemas a los no musulmanes. La situación cambió hacia 1668, tras la primera década de su reinado. Según Eraly, los hindúes seguían prosperando a pesar de haber transcurrido quinientos años de dominación musulmana. En 1669 lanzó la orden a sus gobernadores provinciales para que destruyeran las escuelas y templos hindúes y que se impidiera el ejercicio de su fe. Unos trescientos templos fueron destruidos en la zona de Chitor, Udaipur y Jaipur. Atrás quedaba un decreto que protegía los templos antiguos: "ha sido decidido de acuerdo con la ley que los templos ya erigidos desde antaño no serán demolidos pero no se permitirá construir nuevos templos". La interpretación de qué se consideraban nuevos templos condujo a que se consideraran todos los posteriores al advenimiento de los mogoles o los musulmanes y no los posteriores a su subida al trono. La purga fue casi indiscriminada. Además, se interrumpía la tradición constructiva del imperio. Expulsó de su corte a los artistas que no fueran musulmanes ortodoxos. Los hindúes tuvieron que buscar el patrocinio de los príncipes de India central y Rajastán, donde se construirán los mejores monumentos del siglo XVIII.

-Por una parte, anunciaba el respeto a la ley, pero luego la orientaba hacia sus designios- dijo mi tío-. Ese doble rasero es lo que provoca que sus palabras y sus actos sean contradictorios y no se pueda asegurar cuáles fueron sus intenciones. La hipocresía era la mejor interpretación.

-Protege a los hindúes de Benarés y a los brahmines, pero destruye sus templos.

-Rompe con la tradición de tolerancia que arranca con Akbar y que se resquebraja ya con Sha Jahan.

-E impone la jizya, el impuesto a los no musulmanes que recuerda al impuesto a los cristianos de Al Andalus para financiar el ejército.

-Eso generó una cadena de protestas y alzamientos que sofocó y que no le hicieron recapacitar y eliminarlo. Creía que era una obligación islámica.

Impulsó que los recaudadores fueran musulmanes, aunque tuvo que plegar velas al ser imposible la recaudación sin los hindúes. Estableció que estos pagarían el doble de derechos de aduanas. Las maniobras de los mercaderes hindúes con sus colegas musulmanes confirmaron la ineficacia de esa norma.

 


Mi tío recordaba haber visitado brevemente esta zona del bazar de calles estrechas y recordaba que había un fuerte dispositivo policial. No se podían hacer fotos. Los comercios estaban en plena actividad. Todo era asfixiante, empezando por el calor. Después de unos cientos de metros, la zona estaba militarizada y daba bastante miedo. Ya no había presencia de turistas, lo cual acrecentó mis temores. Mi tío seguía avanzando con bastante decisión aunque el laberinto empezaba a despistarle. Preguntó un par de veces y tuve la sensación de que nos colábamos en la boca del lobo.

La zona era especialmente conflictiva por las luchas entre seguidores de musulmanes e hinduistas. La mezquita estaba construida sobre el antiguo Templo de Oro, uno de los lugares más sagrados para los hinduistas. Hace algunos años, en un brote de nacionalismo, hubo un atentado contra la mezquita. Los hinduistas pretendían volarla y reconstruir el templo sobre su emplazamiento originario. Ante el temor de nuevas explosiones de odio se había tomado la decisión de controlar férreamente los accesos.



Yo no estaba muy convencido pero dejamos la mochila y el calzado en una taquilla y nos internamos hasta la puerta del Templo de Oro. Queríamos entrar, nos pidieron el pasaporte, no lo llevábamos, nos remitieron al supervisor, con cara de pocos amigos, y la incomunicación nos llevó a desistir. Casi lo agradecí. Regresamos y salimos del entramado de casas y puestos. Respiré con alivio.

El lugar de la puja estaba casi repleto. Los tour operadores y guías habían acercado a sus clientes y éstos habían tomado posiciones. Aún pudimos encontrar un hueco y un par de sillas a un costado.

Había más cámaras de fotos y de vídeo que en unos estudios de cine. El ambiente era de romería, lejos de la solemnidad que requería la ceremonia. Incluso, hubo un momento en que el sacerdote jefe paró el acto para imponer algo de orden. Aquello parecía un cabaret.



Con la primera penumbra subieron al entarimado (no me atrevo a utilizar el término escenario) cinco brahmanes jóvenes y empezaron a ejecutar los actos de la ceremonia. Ninguno de los dos entendió gran cosa ya que nuestro conocimiento de los Vedas era escaso. Percibíamos el sonido de los tambores, el olor embriagador de los aromas que se desprendían de los pebeteros, y el ritmo que exaltaba el espíritu. Entonaban himnos, oraciones, exorcismos o fórmulas mágicas solicitando la intercesión de la divinidad. Escanciaban soma, zumo de asclepios, según pude saber más tarde, que simbolizaba al todopoderoso, al Creador. El soma era el mediador entre el cielo y la tierra. Conducía a la inmortalidad.

Terminó la ceremonia e invadimos las calles. El atasco que se montó era monumental. Regresamos al hotel en silencio.

Como todos los huéspedes habíamos asistido a la puja, la cafetería estaba intransitable. Pedimos unas cervezas y nos mentalizamos para esperar. Charlamos un poco.


 

Bhagirathi, o el río de Bhagiratha, era uno de los nombres del Ganges. Bhagiratha logró con sus austeridades que desde el paraíso bajara a la tierra la corriente de este río. La visión del río que nacía en la morada de los dioses fue nuestro particular darsan, nuestro contacto con la divinidad. Dejamos que la mística penetrara en nuestros corazones.

Ya nos habían advertido que no era posible el paseo en barca. La contemplación de la ciudad desde el río era una de nuestras prioridades pero el Ganges bajaba cargado y las barcas a remos no podían dominarlo. Era demasiado peligroso.

Dashashwamedh Ghat no era una más de las mil escaleras rituales-el número es exagerado y hay que entenderlo como una gran cantidad de ellos-que descendían hacia el río. Según la mitología, que se leía en una gran placa de piedra, Brahma celebró diez sacrificios (das significa diez y ashwamedh sacrificios). Acercarse a él confería ciertos beneficios espirituales. Era muy popular y concentraba a muchos peregrinos y, con ellos, a muchos barqueros y curiosos. El tráfico humano era considerable. Era la puerta hacia Brahma. Su reconstrucción era relativamente reciente, 1748. La actividad destructora del emperador Aurangzeb había sido especialmente potente en Benarés.



-Aquí nos trajeron la otra vez. Las aguas estaban mucho más bajas, al ser la estación más calurosa y seca. Ahora los ghats están bajo las aguas.

Las barcas amarradas, los peregrinos y los curiosos se amontonaban en un espacio más pequeño que el que recordaba mi tío. Daba una sensación de agobio. Las barcas más alejadas eran utilizadas como asientos para la puja, la ceremonia de la tarde. Los que se sentaran en ellas verían de cara a los sacerdotes ya que el gran protagonista era el Ganges y hacia él miraban.

-Una niña nos entregó unas pequeñas velas sobre hojas de plátano. Encendimos esas candelas y las lanzamos al río. Con las de otras personas que hacían lo mismo, la superficie del agua brillaba tenuemente con esas efímeras llamas, como recordando que la vida es igual de efímera y que un soplo de aire puede extinguirla. Nuestras ofrendas vagaron por la corriente hasta que las perdimos de vista o se apagaron.



Observé la orilla contraria. No había ninguna construcción. Se decía que era maldita. Era la orilla por la que salía el sol, lo que simbolizaba el nacimiento de la vida, mientras que Benarés era la ciudad del bien morir. Por eso se ubicaba en la orilla por donde se ocultaba el sol. Otra versión apuntaba a que la zona era arenosa y muy poco apta para construir.

Localizamos el lugar de la puja, preguntamos sobre qué hora empezaría y nos fuimos hacia la parte antigua con la idea de visitar el Templo de Oro y la mezquita de Aurangzeb. Nuevamente la corriente de gente nos sirvió de guía.


 

El vehículo nos dejó en un centro comercial. Era uno de los escasos sitios donde se podía aparcar y estaba a unos cientos de metros de los lugares principales. Nada más bajarnos del coche se nos acercó un hombre de buen aspecto que se ofreció para enseñarnos la ciudad. El conductor nos informó que era un brahmán, un miembro de la clase sacerdotal y que era de confianza. No obstante, lo rechazamos porque queríamos visitar la ciudad en un primer momento sin estar mediatizados. Le indicamos que al día siguiente utilizaríamos sus servicios.

Caminamos por la calle principal con un tráfico intenso y una actividad comercial atrayente. En eso no se diferenciaba de otras ciudades indias. Observamos alguna iglesia cristiana.

Ningún fenómeno está más profundamente arraigado en la conciencia india, ninguna necesidad es más unánimemente sentida que la de un darsan, tan preciso le es el contacto con la imagen, de lo absoluto, la que da el sabio o el símbolo de la divinidad.



Leí estas palabras en Esta noche la libertad, un libro que me había abierto la mente a la comprensión de algunos aspectos de la India. El darsan explicaba las peregrinaciones, las especiales relaciones que el pueblo tenía con sus mandatarios o con los santones. “El darsan-la vista-es a la vez un encuentro-continuaba el párrafo-, una bendición, la transmisión de una influencia espiritual benéfica a través de una indefinible corriente. Este encuentro puede ser el de un personaje excepcional, o de una manifestación de la naturaleza, o de un lugar privilegiado”. Era evidente que nos acercábamos a nuestro darsan en forma de río que aglutinaba la santidad, el espíritu de la India, su concepto ante la muerte. Algo que para nosotros era inaprensible, que palpábamos ante la manifestación más o menos folcklórica o curiosa pero que nos era ajeno. “Un indio puede experimentar la alegría del darsan cuando, después de haber recorrido centenares de kilómetros, ve aparecer el Ganges ante sus ojos. O bien cuando se sumerge en sus aguas sagradas. O, también cuando participa en una cremación, en una ceremonia religiosa, en una fiesta, incluso en un mitin político. Pues es sobre todo la vista de un sabio, de un santo, de un maestro, lo que procura a las multitudes indias la satisfacción mística del darsan.”



Siguiendo la corriente humana llegamos a un lugar que permitía acceder al río. Tomamos ese callejón y caminamos hasta uno de los ghats. Nuevamente afloraba a mi memoria otro texto que asomaba entre las notas recopiladas por mi tío y que había extraído de El sari rojo, de Javier Moro:

Lo asombroso, lo maravilloso de Benarés, es que la vida seguía prácticamente igual desde el siglo VI a.C. Sin embargo, Pupul había visto con sus propios ojos como unas excavadoras destruían edificios antiguos para ensanchar Vishwanath Gali, una callejuela estrecha, serpenteante, pavimentada con viejas piedras de río que brillaban de una pátina producida por los pies de innumerables generaciones de peregrinos y que atravesaba el corazón de la ciudad. Una calle donde las vacas tenían preferencia desde el alba de los tiempos, y que recorrían santones con el cuerpo cubierto de ceniza y el cabello enmarañado, campesinos recién casados con sus mujeres del brazo, abuelas con sus nietos y ancianos que venían de muy lejos para llegar al templo de Vishwanath, el señor del Universo. Considerado el más sagrado del mundo por los fieles hindúes, ese templo albergaba una piedra de granito pulido, la reliquia más preciada de Benarés, el lingam original, un emblema fálico que simboliza la potencia vital del Dios Shiva, representante de la fuerza y del poder generador de la naturaleza. Al prosternarse y al ofrecerle agua del Ganges, los fieles hindúes expresaban así una de las formas más antiguas del fervor religioso hindú. Benarés y el templo de Vishwanath en particular, eran el centro de ese culto. Había lingams y yonis (el equivalente femenino) en todas partes, en los templos, en los pequeños altares empotrados en las fachadas de los edificios, en los peldaños de los ghats, esas escaleras monumentales de piedra que se hunden en las orillas como raíces gigantescas, sellando así la unión de Benarés con el más sagrado de los ríos. Todas las mañanas desde que el hombre tenía memoria, miles de hindúes untaban con devoción la superficie pulida de los lingams con pasta de sándalo o con aceite. Trenzaban coronas de jazmín y claveles de la India que colocaban con esmero alrededor de la piedra erecta junto a pétalos de rosa y hojas amargas de bilva, el árbol preferido de Shiva.

Esas palabras eran el mejor impulso para recorrer las calles.


 

En 1896, el bacteriólogo británico Ernest Hankin dictaminó sobre el poder de las aguas del Ganges para matar la bacteria del cólera. Como el agua del río se mantenía pura durante meses, los barcos que regresaban a Inglaterra iban provistos de la misma.

Desde entonces, los análisis para determinar el por qué de esa pureza se habían multiplicado y no habían obtenido un criterio unánime y científico. Quizá fueran varias las causas. La primera apuntaba a que las aguas transportaban un nutrido número de activos macrófagos, parásitos que se multiplican exponencialmente al atacar a otras bacterias. Para otros, eran determinados iones radiactivos transportados desde el Himalaya lo que purificaba el agua. El alto grado de oxígeno disuelto en sus aguas, y que descompondría la materia orgánica, previniendo su putrefacción, apuntaba otra explicación.



Pero lo cierto es que el Ganges corría peligro. Una serie de factores ponían en entredicho su viabilidad futura. La extracción minera indiscriminada e ilegal era el primero. El glaciar Gangotri, que le servía de fuente, corría peligro de fundirse y desaparecer en diez años. Un sinnúmero de presas obstruían su flujo normal e impedía que las bacterias purificadoras llegaran aguas abajo, al igual que las altas concentraciones de oxígeno. Los vertidos sin procesar de las industrias estaban también detrás del desastre. Ello había generado la desaparición de islas fluviales, la destrucción del ecosistema de la fauna propia del río y un deterioro significativo de la calidad del agua que aconsejaba no bañarse en el mismo, como era habitual en las abluciones matutinas.

También las cremaciones eran un factor de desestabilización. Unos 35.000 cuerpos eran incinerados al año en los crematorios tradicionales. En muchos casos, no se esperaba a que se completara la incineración, para lo que se precisaban unos 300 kilos de madera y unas tres horas. Los cuerpos semincinerados eran arrojados al río donde se esperaba que las aves carroñeras y el río terminaran el trabajo. En el caso de los sadhus o santones, se arrojaban sin cremar. El crematorio eléctrico no había tenido éxito. Según la creencia popular, sólo los cuerpos incinerados conforme a los rituales tradicionales alcanzaban la paz eterna. Preferían pagar 3.000 rupias (por 500 de la incineración eléctrica) y ganar el apoyo eterno. El irregular suministro eléctrico y los continuos fallos de la instalación convertían a ésta en una alternativa sólo para los pobres y los que morían sin identificar. Intentaron introducir tortugas que devoraran la carne de los cuerpos: muchas fueron cazadas para servir de alimento.

Un plan integral con una importante dotación económica estaba en marcha pero los intereses económicos lo ponían en entredicho. Parecía que la única solución viable era que Shiva descendiera a la tierra y pusiera un poco de orden.


 

A esa hora Benarés renacía para las oraciones de la tarde y para las actividades del bazar. Una enorme masa de gente local y de visitantes, peregrinos, viajeros y curiosos se lanzaba a las calles para apoderarse de alguna de esas manifestaciones que estaban impregnadas de devoción y santidad.

Morir en Benarés o Varanasi era un gran privilegio para un hindú: con ello rompía la cadena de reencarnaciones, con el samsara. Los preceptos sagrados obligan a que las cenizas de un hindú se arrojen a un río que vaya a parar al mar. Y el río por excelencia, el más sagrado, es el Ganges.



Los ríos que riegan ciudades de tradición hindú son tratados como divinidades. El Ganges es la divinidad Ganga, femenina. Porque el agua es fuente de purificación y de fertilidad, física y espiritual. Por ello las aguas de los ríos eran santificadas.

Las riberas de los ríos eran los lugares elegidos para las incineraciones y los ritos funerarios. La divinidad fluvial arrastraba las cenizas hasta Shiva y éste daba la fórmula mágica para poder reencarnarse.



Recuerdo ahora las palabras del segundo Canto del Bienaventurado, en el Mahabharata, cuando se formula la pregunta de cómo muere el cuerpo y cómo se encarna el alma en otro:

Llega un momento en que las acciones

que justifican una vida humana

se han agotado y el alma acepta, asustada,

conductas nocivas que traen la muerte del cuerpo.

 

El espíritu, entonces, abandona

el cuerpo perecedero,

pero arrastra con él los efectos perdurables

de las buenas o malas acciones.

 

Cuando el espíritu, cargado con ellos,

adopta otro cuerpo, inserta en él

estos efectos de pasados actos.

 

Así, Kashyapa, el espíritu toma cuerpo tras cuerpo,

sufriendo las consecuencias de las acciones cometidas y omitidas

de las vidas precedentes.

 Sin embargo, estas aguas santificadas que conducían hasta el dios Shiva sufrían un proceso de contaminación alarmante que hacía correr peligro a sus cualidades únicas.