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Entre los tesoros ocultos de Madrid se encuentra el palacio de Santoña, actualmente sede de la Cámara de Comercio de Madrid, uno de los palacios más hermosos de la ciudad. Obra del siglo XVI, ha vivido diversas reformas a lo largo de su historia. En el exterior de la calle del Príncipe, su portada es una de las joyas del barroco del siglo XVIII, obra de Pedro de Ribera.
Algunos lo habíamos visitado con motivo de alguno de los actos organizados en sus salones, pero no conocíamos algunas de las salas. Impresiona desde que entras en su patio, te asomas a su espectacular escalera y paseas por un interior del siglo XIX. Acumula una gran historia y muchas anécdotas curiosas.


Las esculturas, las chimeneas, los espejos, los techos, las lámparas y toda la decoración son impresionantes.

La Rotonda, el salón Luis XV, el Oriental, el Turco o el de Caza muestran el lujo por el que transitaron nobles y políticos españoles.



Desde 1933 es la sede de la Cámara de Comercio de Madrid.


El remate a la visita es su salón de actos, que fuera la sala de baile.




Cuenta una leyenda que Ayub, o Job, un adinerado hombre de Hebrón, fue puesto a prueba por Alá para comprobar su fe. Le mandó a Satán y éste le cubrió de miseria, dolor y sufrimiento, dejando su piel irreconocible. A pesar de ello, mantuvo su fe y la esperanza de que su Dios se apiadaría de él. Así fue: al escuchar sus plegarias le mandó al arcángel Gabriel, que le instó a que golpeara el suelo con su pie. De ese lugar nació un manantial con poderes curativos. Esa fama curativa se prolongó hasta nuestros días.

Desde el exterior, la edificación, con su torre cilíndrica coronada por un cono, aparentaba ser un mausoleo. Sin embargo, era un buen ejemplo de construcción erigida sobre un lugar legendario. Posiblemente el manantial tenía fama de milagrero desde los orígenes de la ciudad y los musulmanes lo heredaron e islamizaron aquella tradición.
Se componía de tres zonas de tres épocas diferentes y tres dinastías. La que estaba más al fondo, hacia el oeste, fue construida entre los siglos XI y XII. Quizá se debía al soberano de la dinastía karajánida Arslan Jan, según un panel informativo. En esa parte se encontraba una pequeña mezquita y el pozo sagrado. Para facilitar el ritual de la bebida se había instalado un mueble de madera con tres grifos. Varias mujeres guardaban turno.
La segunda, la central, probablemente fue una restauración o ampliación en tiempos de Tamerlán, en el siglo XIV. En la actualidad, estaba ocupada por una exposición sobre el agua. La tercera, del siglo XVI, de tiempos de la dinastía shaibánida, era la parte oriental y la entrada.

Un mapa ilustraba las tierras que irrigaban las aguas de dos ríos, el Zarafshan y el Kashkadarya. El primero se traduciría como “rociador de oro”, lo que daba una idea de su importancia. Wikipedia indicaba que debido a las tomas de agua en su curso ya no desembocaba en el Amu Darya, del que era afluente.

Esos ríos habían producido el milagro de los campos, oasis y ciudades de esta zona desde tiempos ancestrales. Sin ellos, el desierto hubiera extendido su manto de vacío. Desde hacía siglos se habían buscado soluciones ingeniosas para el abastecimiento, como los estanques que habíamos observado en nuestros desplazamientos por la ciudad. Un panel mostraba los que aún se conservaban a principios del siglo XX. Otro, los hammam o casas de baños.


El verdadero drama lo ilustraban con la práctica desaparición del mar de Aral, entre Uzbekistán y Kazajastán. Se trataba de uno de los atentados ecológicos más brutales en las últimas décadas.
Los regadíos masivos para cultivar algodón durante la etapa soviética habían causado esa catástrofe. En 1960, el mar ocupaba una superficie de 68.900 m². En 2017, se había reducido a 8.600 m², con unos tímidos restos al norte y al oeste. La vista satélite era desoladora. En una fotografía aparecían varios barcos de la antigua flota pesquera varados en mitad del desierto. A su sombra, descansaban los camellos. La salinidad del suelo convertía en improductivas esas tierras.

En un documental que nos pusieron en el autobús unos días antes se mostraba cómo los dos grandes ríos que lo alimentaban desembocaban en medio del desierto. Ya no arrastraban suficiente corriente como para abrirse paso entre la arena del terreno. La ciudad portuaria de Moynaq estaba casi a 200 kilómetros del extinguido mar.

Los que pudieron, emigraron. Los mayores se negaban a abandonar sus tierras ancestrales, el lugar donde estaban enterrados sus antepasados, sus casas, sus raíces. Preferían dejarse morir. Hubo un tiempo en que aún buscaron soluciones, como los trasvases desde las cuencas siberianas. Pero la desmembración de la URSS dio la puntilla a cualquier esfuerzo coordinado.
La estupidez humana se reflejaba en el mar de Aral. Ojalá regresara Ayub.



Tomamos el autobús y nos dirigimos al centro. Nos dejó frente a la fortaleza del Arca, aunque su visita quedó para la tarde. También se aplazó para ese momento la visita a la mezquita principal, Bolo Hauz, del siglo XVIII, que sirvió como templo oficial para las oraciones del emir y donde era coronado, según nos comentaron. Cerca quedaba otra mezquita, Hoja Zaynidin, del siglo XVI y hermoso pórtico.


Atravesamos el parque Samani (antiguamente, parque Kirov) que recibía su nombre del fundador de la dinastía Samánida, Ismail Samani. El parque era enorme, muy popular entre los lugareños, especialmente de los más pequeños, ya que acogía el parque de atracciones. El parque ocupaba el lugar de un antiguo cementerio. En uno de sus extremos estaban las madrasas de Abdulá Jan y Modari Jan.

El mausoleo de Ismail Samani, del siglo X, era la construcción islámica más antigua de Asia central. No era tan majestuoso o lujoso como otros que habíamos contemplado: no estaba recubierto de azulejos. Era un morabito cúbico cubierto por una cúpula, de ladrillo visto. La ortodoxia suní prohibía la construcción de mausoleos en los lugares de enterramiento, por lo que supondría una excepción que posteriormente se consolidaría. La decoración, sencilla y atractiva, utilizaba de forma inteligente los propios ladrillos y sus sombras. Las cuatro fachadas, que eran iguales, estaban profusamente decoradas con motivos zoroastrianos de los templos de fuego. En aquella época aún estaba muy extendida esta religión. Allí estaban enterrados el fundador, su padre y su nieto. Era considerado un santuario por la población local.

Resistió la invasión y la destrucción de Gengis Kan por una sencilla razón: quedó enterrado por el lodo de las inundaciones. Fue descubierto en 1934 por el arqueólogo soviético V. A. Shishkin. Dos años después había concluido la excavación.
La dinastía Samánida, de origen persa, se anexionó la ciudad en el año 850 y la convirtió en su capital. En su época de máximo apogeo llegaron a dominar el este de Persia, Turkmenistán, Uzbekistán, Afganistán, Tayikistán, Kirguistán, el oeste de Pakistán y una parte de Kazajastán. Balj fue otra de sus capitales.

A principios del siglo IX, el gobernador de Jorasán entregó a los nietos de un noble de su confianza varias ciudades para que las gobernaran. Las tribus turcas de las estepas obligaban a los gobernantes de Asia central a luchar contra ellas. No obtenían grandes botines pero sí esclavos, parte de los cuales pasaban a engrosar el ejército califal. Fueron ganando autonomía hasta obtener la independencia. Su tiempo estuvo plagado de luchas internas entre los miembros de la familia, de eliminación de parientes, conspiraciones y luchas por arrebatar los territorios al vecino. A pesar de ello, floreció el comercio y esa vitalidad mercantil llevó consigo el mecenazgo artístico y la construcción de madrasas para extender la fe del islam suní. Pocas décadas antes de subir al poder aún permanecían en aquellos territorios la religión de las estepas o las doctrinas de Zoroastro. De las torres de esta religión tomó algunos de sus rasgos la tumba.

Nos sentamos para contemplar su interior, recibir las explicaciones y observar a algunas mujeres que se acercaban para rezar o buscar un momento de interioridad personal. La cúpula se apoyaba en cuatro arcos, una fórmula que fue repetida posteriormente en otras construcciones. Me gustó su espiritualidad sencilla y auténtica: era la obra de un servidor de Dios. Paseé la vista por los muros y sus motivos decorativos. La tradición marcaba que había que dar tres vueltas al mausoleo.



Las visitas de aquella mañana comenzaron con un desplazamiento a las afueras de la ciudad, a 5 kilómetros en dirección norte, hacia Samarcanda y la estación de autobuses. Nuestro destino era el palacio de verano del emir, Sitorai Makhi Khosa, que se traducía con el sugerente nombre del Jardín de la Luna y las Estrellas. Sitorai fue el nombre de la esposa del emir Akhad Jan, que desgraciadamente murió joven. Esta fue la última residencia del emir con el que concluyó la dinastía, Alim Jan, que mantuvo la independencia del janato hasta 1920. El palacio se construyó sobre otro anterior que a mediados del siglo XIX construyó el emir Nasrullah Jan. Dicen que se utilizó un peculiar método para elegir el lugar: pieles de cordero. En el lugar en que tardaron más tiempo en pudrirse se supuso que sería el lugar más fresco.


Toda la tranquilidad que se respiraba en aquella mañana de sábado en el centro histórico contrastaba con el ajetreo del tráfico a tan temprana hora. La estación de autobuses estaba atestada de personas en busca de su destino. Parecía como si la población de la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para salir de ella y convertirse en extras para la escena de ese breve tránsito hasta el palacio.
El autobús paró ante una vistosa puerta. Nos apeamos, pagamos religiosamente nuestra tasa para fotografiar –5.000 soms- y estudiamos brevemente el plano del palacio y los jardines. El recinto era bastante grande.

Cuando los reinos se aprestan a morir suelen cometer extravagancias con las que demostrar que aún están vivos y siguen siendo poderosos. El janato tenía los días contados pero se aventuró a iniciar esa prometedora edificación. Es curioso que fueran arquitectos educados en Rusia y dos ingenieros rusos los que construyeron el palacio y le dieron ese sabor entre europeo e islámico, entre oriental y occidental que presentaba. Ironías de la vida: aquellos señores serían sustituidos poco tiempo después, primero sometidos al protectorado ruso y posteriormente absorbidos por el mundo bolchevique.

Después de la puerta se extendían dos patios sombreados, el patio exterior y el interior. El paseo bajo el emparrado plagado de pequeñas uvas fue muy reconfortante ya que la sombra era una bendición. El día fue especialmente tórrido. Por el jardín se movían en libertad varios pavos reales. Nos gustó caminar a nuestro aire durante un rato por aquel espacio abierto.


La decoración fue obra de artesanos locales dirigidos por un eminente artista al que habían dedicado una escultura en los jardines. Parece ser, como nos comentó Valejon, que dos de los principales artesanos fueron judíos, y que por eso aparecían algunos signos de esta religión en los muros del palacio, como la estrella de David. Cada vez que detectábamos uno de ellos, como en un juego, lo compartíamos con el resto.

El palacio había sido reconvertido en museos que ocupaban parcialmente las estancias y que exhibían una parte importante de los objetos que pertenecieron a la corte del Jan, como cerámicas, trajes, tejidos, armas, fotos antiguas que ilustraban aquellos últimos estertores de feudalismo oriental. Algunas piezas eran interesantes y el número de las que mostraban no llegó a cansarnos. Nos llamaron la atención las arañas con lágrimas de cristal, que a algunos nos recordaban a las lámparas de casa de nuestros abuelos. También las estufas, recubiertas de cerámica brillante, como en los palacios de Europa central. Estaba claro que, en contraste con el calor del verano, los inviernos debían ser especialmente duros. Las celadoras dormitaban aburridas.


El primer museo se encontraba en las estancias que denominaban Gran Recepción. Realmente eran dos construcciones, una abierta y barroca, de inspiración islámica, y otra con las trazas de un edificio convencional más europeo. Las separaba un patio con una fuente seca. No tuve tiempo de leer en los carteles los diferentes usos que tuvo en su momento.


En el edificio de corte europeo se encontraban varios salones para recepciones, los apartamentos privados del emir y el espléndido salón Blanco, el del trono. Combinaba estuco coloreado sobre un fondo de espejos, obra del famoso maestro decorador local de usto Shirin Muradov. Los diseños eran elegantes y relajantes. Se dice que las salas de espera, donde podían estar horas los que habían pedido audiencia, se decoraron con primor para que éstos se entretuvieran observando los magníficos diseños en ganch. Los espejos venecianos y japoneses podían repetir incesantemente la imagen del visitante varias veces. Los cristales de colores filtraban una luz peculiar.

En la sala de té exhibían parte de la colección de cerámica china y japonesa. La estancia era de muros móviles, aunque sólo se ha conservado uno de ellos. Leí que el emir siempre comía con un recipiente que cambiaba de color siempre si la comida estaba envenenada. Quien le hiciera el regalo debió ganar su favor.
Me entretuve ante varias fotografías de los emires cargados de condecoraciones sobre vestimentas bastante occidentales y con vistosos turbantes. En otras, quizá fueran miembros de su familia con pesados ropajes tradicionales. También había escenas cotidianas.

Como en otros monumentos del país, había vendedores de artesanías desperdigados por todo el entorno. El más llamativo era un miniaturista con unas obras tradicionales que representaban escenas del Libro de los Reyes, de Firdusi, caravanas de la Ruta de la Seda y otras escenas costumbristas. Las acuarelas eran excelentes. Durante todo el viaje me arrepentí de no haber comprado algo a aquel excelente artista. Los árboles de la vida estaban a buen precio.


Poco más allá estaba un vendedor de joyas. Parecía un chaval californiano con su pelo entre rubio y pelirrojo, su gorra yanqui y su camiseta y sus bermudas desenfadadas. Hablaba un excelente inglés, pero no me imaginaba que le hubieran dado permiso a un norteamericano para que vendiera sus creaciones. Eran diseños clásicos, algo grandes para mi gusto, muy bonitos. Le comenté que quizá un día se sorprendiera de verlos en alguna revista comercializados por alguna gran marca.


Más al fondo estaba el harén. Cerraba la vista un horroroso edificio soviético que intérprete como un deseo de romper la armonía y demostrar un excelente mal gusto. Estaba bastante deteriorado, por lo cual mis esperanzas se cifraban en que se cayera algún día y devolviera la estética a aquel lugar.

El edificio del harén era, nuevamente, europeo y se asomaba a un estanque donde se bañaban las esposas y concubinas del monarca. El harén era una sana costumbre de estos soberanos musulmanes que hoy daría motivos, con razón, para una revolución feminista. Lo divertido era cómo seleccionaba el emir a la que dormiría cada noche con él. El soberano lanzaba una manzana y quien la cogiera tendría ese privilegio. Después de esa explicación de Valejon empezaron las especulaciones jocosas: que si apuntaba mal, que si había alguna concubina especialmente dotada para el “deporte manzanil” y otras versiones que también el lector se puede imaginar. No había testimonios gráficos de ese ritual previo al apareamiento.


Más curioso era el segundo edificio frente al blanco y europeo de trazas clásicas que parecía un faro. No supimos si era desde donde se lanzaban las manzanas, desde donde controlaban los eunucos o si tenía alguna otra aplicación práctica. Quizá era un minarete.
Recorrimos el museo con curiosidad. Algunas de las habitaciones aún reflejaban como vivían las mujeres del emir: parasoles, camas de hierro, alfombras o tapices adornaban las estancias.