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Había leído sobre este aspecto en "Esta noche la libertad", de Dominique Lapierre y Larry Collins. La caída del imperio mogol en el siglo XVIII provocó un renacimiento hinduista y sangrientos conflictos que abocaron a la Partición y a un odio enquistado.

En aquel libro también encontré un interesante texto sobre los intocables, los hariyans, los hijos de Dios, como los denominará Gandhi. A mediados del siglo XX eran la sexta parte de la población. Se les reconocía por su piel más oscura, por su sumisión y por su pobre atuendo. Hice memoria para comprobar con cuantos me había cruzado.

“La designación de intocables expresaba el temor de los demás hindúes a contaminarse con su contacto, lo que habría exigido la purificación ritual. Se decía que la misma huella de sus pasos profanaba las calles habitadas por ciertos brahmanes. Un intocable debía apartarse cada vez que un hindú de casta se cruzaba con él, a fin de no mancillarle con su sombra. Ningún hindú de casta podía comer en presencia de un intocable, beber el agua que él había extraído, utilizar un utensilio que él había rozado. La entrada en numerosos templos les estaba prohibida a los intocables. Sus hijos no eran aceptados en las escuelas. Hasta en la muerte continuaban siendo parias. No tenían acceso a las piras funerarias comunales".

Después de leer ese texto quedabas impactado por esa forma de segregación social. El único privilegio que les concedían era poder comer la carne de las vacas sagradas muertas a consecuencia de las epidemias o enfermedades, muy caritativo por su parte. Quizá les condenaba a morir de esas mismas enfermedades. Por cierto, esos cadáveres pertenecían por derecho a los poceros de los pueblos.

Cierta venganza por la condena al ostracismo social sobrevino durante las luchas que trajo la Partición. Como eran los encargados de la limpieza de las letrinas, su liquidación por una u otra facción hubiera generado un grave problema de salud pública, por lo que se les concedió un distintivo que les hacía nuevamente intocables, esta vez a las matanzas.

Hoy el estado se preocupaba de ellos. Se habían instaurado cuotas para intocables. Se reservaba el 50% de las plazas en universidades públicas a los intocables, tribus y pobres.

 


Al reanudar la marcha, dialogamos sobre el sistema hindú de castas. Se rodeaba de un origen divino que debía asumir cada uno. Ya llegaría una nueva reencarnación y se mejoraría en la jerarquía social.

-El origen se remonta a las invasiones arias que se sitúan hacia el 1500 a.C.-comenzó a comentar mi tío. -La civilización del Valle del Indo entró en decadencia y los arios, que eran semi nómadas, se impusieron a los drávidas, la cultura preexistente. Estos eran agricultores. Los "destructores de ciudades", como se les denominaba, despreciaron a los conquistados, a los que consideraban inferiores. La nueva jerarquización social será el origen de la división en castas. La casta superior, la religiosa y jurídica, la de los sacerdotes o brahmanes, será la casta de los arios.

-Sacerdotes, guerreros y comerciantes.

-Justo. Después se producen divisiones y subdivisiones hasta conformar un mundo ininteligible con miles de castas y subcastas, cada una con sus características propias.

-Con lo cual los Vedas fueron un instrumento de las clases dominantes para perpetuar su posición y legitimar el sometimiento de la mayoría conquistada.

-Exacto. Es curioso que vana, que significa casta, también significa color. Los arios de piel clara procedentes del Turkestán, se impusieron sobre los drávidas de piel oscura.

-¿Es esa la razón por la que los musulmanes no admiten el sistema?

-Y por lo que provocaron conversiones en masa a su paso por los territorios de Hindustán que iban conquistando.

-Sacando de esa alienación a los más desfavorecidos. Los parias se convierten y salen de ese sistema.

-Pero para los hindúes esa salida no es aceptada y continúan viendo a los parias como lo que son en su sistema, los intocables, los sin casta, los que ocupan el escalón inferior.

-Esa falta de reconocimiento es la causa de muchos de los conflictos de las dos comunidades, supongo.

-Es un elemento que les separa porque no les reconocen su nuevo status.


El día empezó de forma preocupante. Mi tío había pasado mala noche aquejado por la sobre actividad de los intestinos. Resumiendo, padecía el mal del turista. Los curries, El calor y el exceso de agua para combatir la deshidratación estaban detrás de este problema. Ya lo decía el Hitopadeza: “entre el cuerpo y las virtudes inmensa es la distancia; aquél se está destruyendo continuamente, estas duran hasta el fin del mundo”. No le faltaba razón.

Desayunamos muy ligeramente, él por razones obvias y yo por solidaridad. Observamos las montañas de alimentos jugosos y apetecibles y mi tío remató con un fortasec que garantizaría una tregua.

Los hindúes utilizan el término mahurat para denominar los días auspiciosos o los momentos adecuados para iniciar una actividad importante, como un viaje. Nosotros estábamos in itinere y, además, para colmo de males, carecíamos de astrólogo fiable al que confiar nuestra situación y nos informara del mahurat o de su contrario, el rahu kalam o momento poco auspicioso para iniciarlo. Sin darle demasiadas vueltas, terminamos de cerrar las maletas, pagamos la cuenta y nos confiamos a la pericia en la carretera de Krishna.

Para Jodhpur existían dos alternativas de itinerario. La más larga nos conduciría a Osiyan, una ciudad en medio del desierto que brilló hace siglos y que retuvo unos impresionantes templos hinduistas y jainistas. No era la ruta programada. Todo se saldó con un extra de 25 euros.

Hasta Pokarán dormimos plácidamente y recuperamos fuerzas. Éramos protegidos por Agni, el dios del fuego, la divinidad encargada de vigilar el sudeste, nuestra dirección en la jornada. La parada fue en el mismo lugar donde nos detuvimos dos días atrás. Habíamos deshecho el camino.


Los camellos eran tranquilos. Se dejaban guiar con facilidad. Incluso hubo un momento en que guié el mío y el de mi tío. Por cierto, la primera vez que había montado en camello lo hice con él en Túnez, once años atrás. El camello de mi tío tenía tendencia a desviarse para comer de los espinosos arbustos, única vegetación en el primer tramo de la travesía.

Al principio, nos decepcionó el entorno, árido y pedregoso. Las dunas se dibujaban en el horizonte. Con paciencia las alcanzamos. Íbamos en silencio. Mi tío cesó en su intento de fotografiar el avance. Lo mejor estaba por llegar.

El destino era una alta duna convertida en mirador sobre el ondulado mar de arena. El viento marcaba unas líneas paralelas. El espíritu del desierto nos rodeó en cuanto nos apeamos de los camellos. Aquella era la tierra de la muerte, Marusthali, como la denominan los locales. La sensación de libertad era tan inmensa como el espacio sin barreras que se desencadenaba en la sucesión de dunas.

Para disfrutar mejor del momento, el chaval apareció con un capazo repleto de bebidas frías. Ese pensamiento que a veces se expresa en momentos así-me tomaría una cerveza fría aunque costara una fortuna-se materializaba sin necesidad de manifestarlo. Los dioses estaban con nosotros. El precio fue lo de menos. Invitamos a refrescos a los camelleros.

Krishna se unió a nosotros. Como otro espejismo apareció entre las dunas. Nos relajamos, charlamos y disfrutamos del paisaje y del momento. Aún quedaba un rato para la puesta de sol. El cielo se endurecía. En otras colinas de arena otros viajeros disfrutaban de nuestras mismas sensaciones.

Ni siquiera la intención del chaval de cobrarse una propina excesiva pudo enturbiar la excursión.

El regreso coincidió con el crepúsculo y la variación de colores del cielo y el horizonte.


 

Por la mañana, habíamos comentado con Krishna nuestro deseo de un paseo en camello por las dunas del desierto de Thar. Era una turistada pero para eso estábamos de vacaciones. Hasta aquel momento, el desierto se había presentado como una estepa domesticada por el hombre y convertida en lugar de pastoreo y tímidos regadíos. Era el momento de adentrarse en un círculo más auténtico. También más terrible.

El calor había remitido a esa hora de la tarde. El cielo estaba despejado, azul, con matices grises si se escrutaba con detenimiento. Tomamos la carretera hacia el oeste, dirección a Pakistán, que se encontraba a unos 200 kilómetros.

Al salir de la ciudad nos sorprendió la visión de varios fuertes. Preguntamos a Krishna y nos confirmó que eran hoteles. Puede que nunca fueran elementos defensivos, como ocurría con nuestro hotel.


 

El trayecto se prolongó durante una hora. Los vestigios de presencia humana eran cada vez más escasos. A veces creías ver un lago salado pero era un espejismo formado por el terreno reseco y unos efluvios extraños. Desgraciadamente, los plásticos recordaban el escaso civismo de los visitantes.

Krishna nos presentó a sus camelleros de confianza, negoció el precio y comprobamos que se ajustaba a lo que venía como referencia en nuestra guía. Nos acompañaron un hombre de edad indefinida y un muchacho descarado que no paraba de jugar con el móvil. Ambos vestían de blanco y llevaban en torno al cuello unas bufandas o pañuelos grises para taparse el rostro en caso de tormenta de arena. Su piel estaba muy curtida.

 

 


Akhay Singh dejó su huella en las Akhay Vilas, otra ala del palacio. Reinó entre 1714 y 1763. Anteriores son las Sarvattam Vilas, construidas por el Maharawal Manohardas, de la primera mitad del siglo XVII. Las estancias más lujosas eran las del Rang Mahal, decoradas con pinturas y espejos. Se debían al Maharawal Mooleaj II, que gobernó a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Cada gobernante quiso ser recordado con el estilo de sus estancias.

Desde los balcones contemplamos los havelis que visitamos el día anterior. Se destacaban sobre el resto de las casas. Al fondo, el desierto, tan atrayente como terrible.

Nos llamó la atención una figura especialmente vestida y enjoyada. Se trataba de la imagen de Gangaur, y representaba a Parvati, la esposa de Shiva, la que personaliza su poder, la que representa la unidad de dios y diosa, la hija de los Himalayas y hermana del río Ganges. Esta era la imagen que salía en procesión desde el fuerte hasta el lago. Un cuadro representaba ese ritual. Si la imagen era arrebatada por los enemigos la humillación era extrema. Parvati era representada con diez brazos que portaban otras tantas armas que simbolizaban la vertiente destructiva de la naturaleza. Quizá se reservaba para otros dos aspectos, el de Kali, su lado más oscuro, y el de Durga, la asesina de demonios.

Terminada la visita buscamos a Krishna y regresamos al hotel. Un baño en la piscina y una comida junto a ella nos esperaban. También una nueva edición de una tormenta.

 


 

Una sala tenuemente iluminada guardaba uno de los tesoros: el gadi o trono de plata adornado por leones, los singh, símbolo del poder real. Todo un lujo.

Un nuevo patio y el Tri-polia Mahal, una exhibición de filigrana en piedra, nos permitió asomarnos sobre la entrada al fuerte y la ciudad. Sobre los muros permanecían las piedras redondas que se arrojaban sobre los invasores.

El interior de las estancias palaciegas era muy distinto al de los palacios occidentales. El severo clima imponía un mobiliario escaso, tan sólo un baúl para guardar los objetos. La decoración consistía en telas, alfombras, cojines y tapices. Las sillas llegarían con los británicos. En los dormitorios, las camas eran de oro, plata o madera según la categoría de su ocupante. Los nuevos señores de Europa impusieron nuevos gustos.


 Por supuesto, no faltaba el Diwan-i-Am, la sala de audiencias públicas, ni el Diwan-i-Khas, la sala de audiencias privadas, para recibir a los personajes importantes. Para trasladarse, el príncipe utilizaba un glorioso palanquín que exaltaba su poder sobre los súbditos. Se exhibía tras un cristal en un patio de suelo ajedrezado.

La siguiente parada eran las estancias construidas por Gaj Singh en la primera mitad del siglo XIX. El balcón era una maravilla. Sin embargo, el tamaño de la estancia era pequeño para la habitación de un príncipe.


El servicio de palacio era inmenso. Varios centenares de sirvientes se distribuían las tareas con la peculiaridad de que sólo realizaban una única función. Así, el que limpiaba el caballo era distinto de quien le daba de comer o quien lo ensillaba. El rígido sistema de castas imponía esta distribución. Una tropa de jardineros, barrenderos, mucamas, amas de llaves, guardias, cocineros, encargados de los establos y los almacenes, músicos, bailarinas, bufones, profesores, astrólogos y todo lo que uno pueda imaginar, trabajaban en el interior del palacio a las órdenes de mayordomos y jefes de cada sección. La intendencia era tremenda. No es de extrañar que fuera del palacio y en el interior del fuerte vivieran esos sirvientes.