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La etapa de la Antigua República (o Mancomunidad) se prolongó hasta el año 1264, fecha en que Islandia pasó a depender de Noruega. Desde finales del siglo XII y principios del XIII, se produce una paulatina acumulación de poder en manos de algunos jefes, en concreto, ocho. Esos jefes entrarán en conflicto continuo hasta que la situación es insostenible. Las guerras son más continuas, con mayores ejércitos que abarcan un mayor territorio, una auténtica guerra civil.
Paralelamente, se consolida el poder real en Noruega. Hakon Hakonsson sube al trono y mantiene una larga etapa de paz hasta el final de su reinado, en 1263. Y decide extender su poder a todos los territorios del Atlántico Norte con población de origen noruego. Esta es la era de Sturlung. En 1220, el rey de Noruega envió a Snorri Sturluson para que gestionara esa adhesión. Snorri no debía de tener un especial interés en cumplir con tal encargo. Quince años después fue enviado su sobrino Sturla Sighvatsson para cumplir ese cometido. Luchó contra los jefes rebeldes, pero sufrió una sonora derrota en la batalla de Órlygsstadir el 21 de agosto de 1238. Él y su padre murieron. El conflicto continuó, lo que le costó la vida a Snorri Sturluson en 1241. El rey de Noruega mandó en 1258 a Gissur, el vencedor de la batalla de Órlygsstadir, con el título de conde de Islandia para que los jefes renunciaran a su poder en favor del rey. Entre 1262 y 1264 obtuvo ese propósito. Islandia perdió su independencia y cerró la etapa de la Antigua República.



Resulta extraño considerar que Islandia fue una isla deshabitada durante siglos, hasta la llegada de los vikingos hace unos 1100 años, según confirmo en la guía y en la Breve historia de Islandia, de Gunnar Karlsson. El asentamiento de monjes irlandeses antes de esas fechas no ha quedado demostrado convenientemente.
Según Karlsson, esa emigración fue posible cuando los vikingos fueron capaces de construir barcos que soportaran las travesías por las peligrosas aguas del Atlántico Norte. Esas embarcaciones eran conocidas como knörr. Al contemplarlas, reconozco la valentía de quienes optaban por subir a ellas buscando nuevas tierras o huyendo de los conflictos políticos de Noruega. Ésas parecen ser las motivaciones de aquellos viajes.
Allí viajaron gentes mayoritariamente de Noruega. También vikingos establecidos en las islas Británicas, de otros lugares de Escandinavia e, incluso, de origen irlandés. Viajaban con sus esclavos y quizá con sus esposas, de origen celta, según el escritor islandés.
Aquellos tiempos se denominan la época del Asentamiento, que se sitúa entre 870 y 930. Aunque el primer historiador islandés Ari el Sabio no determina las fechas en el Libro de los islandeses, afirma que esa fase duró seis décadas. Los geológicos avalan esa cronología. Para Ari el primer residente permanente fue Ingolfur Arnarson, que se estableció en Reikiavik.
Aquellos aguerridos vikingos se lanzarían décadas después, hacia 980, a la búsqueda de nuevas tierras, alcanzando Groenlandia, la península del Labrador y Terranova. A la primera llegó Erik el Rojo hacia el 985. Su hijo Leif el Suertudo saltó al continente americano. No llegaron a establecerse en Norteamérica por el conflicto con los indígenas americanos. Aquellas exploraciones cesaron hacia el 1020.



Los pasos nos llevaron hasta la cascada Öxarárfoss (foss es cascada en islandés) que despeñaba el agua entre las rocas de basalto. El lugar era bastante popular. Las aguas continuaban encajadas entre los abrigos rocosos de una sima.
Bajamos hacia el valle y observamos los imponentes paredones pardos, la bandera islandesa ondeando con orgullo. Penetramos en una zona de simas provocadas por la actividad tectónica y de nombres tan peculiares la Sima que Arde (Brennugjá), la de las Monedas (Peningagjá), Flosagjá o Nilulásargjá. Algunas formaban peculiares piscinas naturales. La lava petrificada daba carácter al paisaje. Algo más lejos, el vapor delataba aguas termales.

La iglesia Thingvallakirkja era una de las más antiguas del país. La original databa del siglo XI, poco después que se decidiera en este mismo lugar la conversión de los islandeses al cristianismo, permitiendo los cultos tradicionales. La actual era de 1859. Era sencilla, con cubierta a dos aguas de color verde y una torreta apuntada. En nuestro recorrido encontramos muchas otras de una configuración similar. En el cementerio reposaban los poetas de la época de la independencia, según informaba la guía, Jónas Hallgrímsson y Einar Benediktsson.
A unos pasos estaba otra construcción sencilla que constituía la residencia de verano del primer ministro, Thingvallabher. También la ocupaban los vigilantes del parque.
De regreso, observamos las bases de piedra de las budir o casetas que se utilizaron para las construcciones temporales que se levantaron durante las sesiones del Althingi.
En la cafetería del centro de información compramos unos bocadillos y nos los comimos en una mesa de madera con vistas al paisaje histórico.



Esta no era la única asamblea existente en la Antigua República. En primavera, se reunían las asambleas regionales y se tiene constancia de asambleas itinerantes en que los jefes promulgaban nuevas leyes.
En Thingvellir se reunía el quinto tribunal que funcionaba como un tribunal de apelación y que resolvía los asuntos que no eran competencia de los otros cuatro tribunales regionales. Todos estaban formados por granjeros designados por los jefes. Las penas eran habitualmente multas, aunque primaba la satisfacción personal, una suerte de ley del Talión.
El vínculo entre jefes y granjeros podía modificarse, bien porque el granjero decidiera cambiar de jefe o porque el jefe desconfiara de su súbdito y lo repudiara. En la práctica parece que esa desvinculación era complicada o peligrosa.
El cumplimiento de la ley quedaba a expensas del jefe ya que no había rey, ni ejército ni policía que la ejecutara. Con la llegada del poder real y la incorporación a la corona noruega en 1262 serían los funcionarios reales los encargados de ello.
Una fotografía en blanco y negro mostraba la inmensa asamblea que tuvo lugar el 17 de junio de 1944, cuando fue proclamada la República en el valle, atestado de gente, con la mitad de la población del país. Aunque el Althingi había sido rehabilitado a mediados del siglo XIX y trasladado a Reikiavik, el significado histórico de Thingvellir obligaba a que esa nueva etapa del país se inaugurara donde se reunía la antigua Mancomunidad o República, la Thjodveldi.



Al Althingi acudían los jefes (godar) con autoridad sobre un grupo de granjeros (godord) en un número de 36, 39 o 48, según el antiguo código legal, el Grágás (que significa ganso gris). Los jefes podían exigir la presencia de uno de cada nueve granjeros sujetos a su autoridad. Al haber unos 4500 granjeros, se calcula que unos 500 tendrían derecho a acudir.
Aparcamos el coche, nos acercamos hasta el centro de información y la típica joven islandesa de pelo blanco y tez muy clara nos explicó los diversos puntos de interés y los senderos más importantes, que confirmamos en un mapa.

La primera panorámica del lugar era espectacular. El río Öxará, el río del hacha, en su confluencia con el lago generaba múltiples islotes bajos de tono otoñal. Tomaba su nombre de una leyenda que contaba que en él se lavó el hacha que sirvió para deshacerse de la trol Jorá, que sembró el miedo en otros tiempos. Las nubes de panza gris permitían una luz difusa. Hacia la izquierda, estaba despejado y el valle Almannagjá se perdía hasta las montañas.


Además del atractivo histórico el lugar ofrecía un atractivo geológico: el encuentro de las placas euroasiática y norteamericana que se separaban anualmente entre 1 y 18 milímetros. La fisura era tremenda y se prolongaba a un costado. Habían habilitado un camino de madera, que fue el que tomamos hacia la Roca de la Ley (Lögberg) y el lugar donde se reunía el consejo jurídico o Lögrétta, que presidía el Orador de la Ley o Lögsögumadur, que era elegido cada tres años. Hasta que empezaron a reseñarse las leyes por escrito fue el encargado de memorizar las normas e interpretarlas.



El primer objetivo de la jornada era el Círculo Dorado, con Thingvellir, Geysir y la cascada Gullfoss. Enfilamos hacia Reikiavik y nos empapamos de esos primeros rayos de luz y de la campiña domesticada. Cerca de la capital la carretera se desdoblaba y el tráfico era más denso. Nos desviamos por la carretera 36 hacia el este. El paisaje nos sedujo de inmediato.
Cerca de Thingvallavatn, el lago natural más grande del país (vatn significa lago), nos apeamos del vehículo para hacer unas fotos. Allí conocimos a Petri y Ángel, de Getafe, una pareja joven y simpática que habían aterrizado el día anterior y ya habían dormido en la autocaravana. Nos regalaron una botella de agua que nos acompañó durante todo el viaje. No volvimos a cruzarnos con ellos. En casi todos los lugares coincidimos con españoles, mucho menos gritones y más educados que en otros destinos.

Thingvellir, que significa los campos del Parlamento, es un lugar cargado de historia en un paisaje precioso. El lago y las montañas encuadran un valle que fue elegido en 930 para las asambleas nacionales que tenían lugar en junio. Aquí se aprobaban leyes y se resolvían pleitos, se concertaban matrimonios, se celebraban torneos y funciones por artistas que venían de todo el país.
El historiador Gunnar Karlsson destaca en Una breve historia de Islandia –de la que tomo buena parte de la información- “la costumbre de los vikingos de reunirse en asamblea para tomar decisiones importantes”. Esa asamblea nacional se denominó Althingi (parlamento).


El alquiler de coches estaba en un polígono frente a un lago, un lugar atractivo. Era lo primero que veíamos del país con luz del día. Un taxi nos llevó desde el hotel en cinco minutos por 22 euros. Frente a la nave de la empresa se acumulaban vehículos de todas clases. Nos atendió un filipino menudo y dicharachero que se extrañó de que hablara bien inglés.
-Los españoles mayores no hablan inglés-dijo.
-Perdone, no soy tan mayor.
-Es una vergüenza que el presidente del gobierno no lo hable. Deberían obligarle a que lo aprendiera- continuó.
Aunque se puso muy pesado con este tema, tenía razón. Al contrario que los irlandeses, que hablan inglés bastante fluido. Aquí las películas se ofrecen en versión original y con subtítulos. El doblaje español, que quizá es el mejor del mundo, nos ha incapacitado durante décadas para aprender inglés y hablarlo sin timidez.

Nos asignaron una Dacia Dokker blanca que debía de haber recorrido el país con intensidad. La puerta del piloto estaba algo suelta, la corredera del lado derecho se atascaba al llegar al final y la puerta pequeña de la trasera obligaba a ejecutar un pequeño truco para abrirse. Nos advirtieron de que los daños a las puertas y a los bajos de la camioneta no estaban cubiertos a pesar de contratar el mejor seguro por una fortuna y que nos relajáramos con los pequeños desperfectos causados por las piedrecillas que saltaban. El vehículo que iba a ser nuestro hogar durante doce días era robusto y básico. Me acostumbré a su conducción bastante rápido.