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El ejemplo perfecto de esta tipología es San Gimignano, independizada de los obispos de Volterra en 1199. Tomamos el desvío, nos introducimos en un pueblo industrial y sin encanto y atisbamos a lo lejos sus altas torres. Cerca, Certaldo, la ciudad donde nació Boccacio, el autor del Decamerón.

El coche se queda en un parking casi desierto al pie de la población, peatonal a ultranza. Optamos por dejar las prendas de abrigo. El sol nos bendice.

Ante las murallas nos asomamos a la campiña, verdor mezclado con colores grises de invierno, un horizonte lejano, abierto, la ondulación sugerente de las colinas, un viñedo de líneas paralelas. Reflexiono porque tengo la impresión de que aquí se podría ser feliz.

El hambre nos arranca de la contemplación. Desde que salimos de casa no hemos tomado nada. Una tienda ofrece unos bollos suculentos, un pan de aromas paradisiacos. La dueña se entretiene con una clienta en una conversación intrascendente que no nos atrevemos a interrumpir. Prestamos atención a la variedad de paninos y a sus fiambres con queso, lechuga y tomate. Con calma, como lo exige el lugar, decidimos.

Con el estómago lleno nuestra percepción es más famélica: devoramos lo que el pueblo ofrece. Entramos por Porta San Giovanni, con un curioso balcón en lo más alto.

El nombre del pueblo procede del obispo de Módena que lo defendió en el siglo V de las huestes invasoras de Atila, rey de los hunos. No le pagaron el favor hasta el siglo X con el cambio de denominación.


 

Todo pueblo de la Toscana que se precie, y que quiera beneficiarse de los flujos de dinero del turismo, debe de disponer de unos, llamémoslos así, servicios mínimos para ser homologado.

El primero es un Duomo, que traduciremos como catedral, aunque entran dudas sobre la existencia de tantos obispos en la zona que dispusieran de tantas cátedras donde aposentar sus reales. Esta iglesia mayor suele ir acompañada de otras también interesantes, aunque no tan ricas. El interior está indefectiblemente decorado con frescos de algún pintor de la escuela sienesa o florentina cuya biografía es escasa. Figuras ilustrísimas con una mano bendecida por el Espíritu Santo.

Siguiendo en el ámbito religioso, una parte de las esculturas originales de las fachadas de las iglesias, tallas y cuadros han sido trasladados a un museo de arte sacro. La pinacoteca local es opcional.

La plaza mayor, de estructura irregular, está presidida por el palacio municipal, palazzo Communale, del Podestà o como hayan tenido a bien denominarle. La sede municipal es el exponente de la pujanza de las ciudades libres entre los siglos XII y XIII. El palacio lo corona una alta torre, orgullosa, estilizada, la atalaya definitiva. El interior del palacio está también ricamente decorado con frescos de temática más mundana. Algunos mantienen parcialmente su actividad administrativa aunque son mayoritariamente museos. Más entradas a pagar por el viajero.

Buenos restaurantes con deliciosos manjares e interiores con encanto no pueden faltar. El buen vino de la campiña circundante está garantizado. El arte se debe completar con una buena comida, buen antipasto a base de fiambres locales, jugosas carnes, poco pescado. El emplazamiento en edificios históricos asegura que éstos no se vendrán abajo.

Las murallas son imprescindibles, que esta zona conflictiva de luchas entre familias o entre commune y facciones a favor del Papa o del Emperador necesitaba de sus defensas. Se han respetado bastante. Como los vestigios de antiguas torres donde los burgueses y comerciantes organizaban en vertical sus orgullos en trazados sinuosos propios del medievo. Sólo una pequeña parte de esas torres ha sobrevivido: disfrútalas.

Mejor que el pueblo esté en lo alto de una colina, meseta o altozano: las vistas serán más alucinantes. Bate el viento con moderada violencia.

 


Cuenta una leyenda que la división de la región de Chianti, famosa por sus vinos tintos, entre Florencia y Siena se debió a la intervención de dos gallos.

Después de muchas luchas cruentas se decidió que la frontera entre los dominios de ambas ciudades se trazaría con un torneo entre caballeros. Allá donde se encontraran, tendría lugar. Cada uno de ellos partiría al canto del gallo.

Los sieneses criaron un gallo blanco y poco propenso a madrugar, mientras que los florentinos dieron poco alimento al gallo negro que habían elegido. Este cantó antes del alba, lo que permitió al caballero florentino avanzar más que su colega del sur, que tan sólo avanzó cuatro leguas. Quizá por ello el emblema del gallo negro sobre círculo rojo, el de las etiquetas de las inconfundibles botellas panzudas forradas de mimbre y con un cordel que facilita su transporte, consagre aquel hecho entre lo histórico y lo mítico.

Se repiten los campos de viñas de uva Sangiovese, que en tres cuartas partes forma el caldo con otras uvas Merlot y Cabernet. Las viñas se amoldan a sus palos verticales que trazan unas geométricas sombras sobre los suelos verdes. Vino y arte, una fórmula con duende, reza el artículo de la revista Travaler de Condé Nast.

Es un espacio de reductos de paz con acogedoras casas de campo que huyen de las cámaras como los famosos de verdad y se ocultan tras las colinas, los bosques o las sucesiones de olivos, que ésta es tierra de buen aceite desde los ancestros.

Aún perduran las murallas que recuerdan aquellos combates que hicieron intervenir a gallos y caballeros, pequeños pueblos donde sería estupendo retirarse, villas reconvertidas en hoteles con encanto y campos de esencias relajantes.

Pasan a nuestro lado en la mañana del viernes, se desperezan con el sol que calienta sin enrabietarse. Algún día habrá que internarse en esos pequeños pueblos de esencia mediterránea, rodeados de viñas y olivos, en las bodegas de buenos caldos y consagrarse al dolce far niente.

Por ahora, continuamos por la carretera que nos deleita a media mañana. Embriagador paisaje. Como embriagan las viñas antes de convertirse en vino.

 


Miguel Ángel Buonarroti hubiera tardado menos en concluir las obras del aeropuerto de Bolonia. Todo llega en esta vida y han tocado a su fin con lo que se ha despejado de las incómodas vallas y paneles. Las gestiones para alquilar el coche se saldan rápidamente. Nos asignan un cinquecento, muy apropiado para identificarnos con el Renacimiento, aunque nuestro destino es más el Medievo y el Quatrocento, toscano y florentino respectivamente.

El trayecto es igual de ajetreado que hace un año: camiones, montaña e invierno. No podemos despistarnos mucho porque el tráfico exige concentración. Pero este tramo ya fue objeto de otro relato.

En el primer crucero con mi hermano y mi sobrino, los Antonios, una de las escalas recababa en La Spezia, un puerto al norte de la Toscana. Recuerdo que era muy temprano porque nos separaban dos horas de autobús hasta Florencia. Me negué a dormir a la ida, pese al cansancio. Recuerdo las fauces abiertas de las canteras de Carrara, productoras del mármol más famoso de la tierra que ha servido para alumbrar hermosas obras de arte talladas por los mejores escultores. Las que contemplaremos en este viaje.

Otro recuerdo son las montañas, las colinas, los cipreses, la campiña, todo pasando a gran velocidad, pueblos pintorescos encaramados a los altozanos que desde sus fachadas rústicas clamaban una visita. Fueron dos hermosas horas de campos de Toscana.

Rodeamos Florencia y tomamos la carretera hacia el sur. Abre el sol y nos muestra la imagen de la Toscana preconcebida. El terreno se ondula en colinas verdes, los cipreses son la referencia vertical y los primeros viñedos nos elevan el ánimo. Incluso en la radio se han sucedido tres canciones buenas. Todo se torna positivo.

 


Mirad la luz y considerad su belleza.

Parpadead y volved a mirarla.

Leonardo da Vinci.

Dios existe... y ha llamado a las puertas de Ryanair.

A las puertas de embarque, en concreto, donde se provocaban situaciones dantescas impropias de un transporte de élite-por decir algo, claro-como el aéreo. Sin duda, el escritor florentino hubiera trasladado a algunos de los condenados del Infierno a estas puertas de embarque, de haber vivido en esta época.

La causa de esta mejora en la espera para el embarque se debe a la asignación de asientos-antes era de pago-y a que las maletas de mano excedentes irán a la bodega. Ya no habrá aquellas luchas titánicas por encasquetar los trolleys en los compartimentos superiores. Incluso, dócilmente, los excedentes se ofrecen, a llamamiento del personal de tierra, a no luchar: ceden sus maletas y entran antes.

Más allá de esta gloriosa experiencia, el madrugón nos deja achicharrados de sueño. Será conveniente dormir algo para resistir adecuadamente el día. Será bastante largo.


 

Castrillo de los Polvazares.

Después de una espera algo pesada en los andenes, nos subimos al autocar, nos instalamos y nos quedamos dormidos. Los dos teníamos curiosidad por contemplar el Camino a la inversa, desde la carretera, aquella que habíamos acompañado a tramos, que se había quedado en las alturas en forma de poderosos puentes, que había sido un rumor cercano o lejano. Abrimos los ojos para no dejar pasar la experiencia.

Lo que habíamos tardado seis días en recorrer a pie lo consumimos en algo más de una hora en autocar. La sensación de incongruencia en el tiempo nos descolocó. Pero, evidentemente, la experiencia reposada del caminante no se podía comparar con la rápida y cómoda, aunque fugaz, del vehículo a motor. Eran filosofías diferentes, experiencias distintas. En el regreso lo importante era el destino, mientras que en aquella semana que terminaba el goce del camino, el tránsito, había ejercido todo su influjo sobre nosotros hasta alcanzar la casa del Apóstol.

El caminante siente al avanzar que el movimiento le pertenece y que el paisaje que le rodea es estático, como un decorado que se observa transcurrido el tiempo.

Nos apeamos antes de llegar a la estación, cerca de la avenida por la que habíamos paseado el domingo anterior. Nos resultó sencillo encontrar un taxi que nos condujo a Neda, al Pazo da Merced, donde nos esperaba la misma chica que nos enamorara con su trato y que había cuidado de nuestro coche en esos días.

Para Jose el regreso era el final de sus vacaciones, dos semanas de un verano distinto. A mí aún me quedaban días de descanso. Para que ese día no fuera una jornada sosa y sin sustancia nos comimos un cocido maragato en Castrillo de los Polvazares, cerca de Astorga, en el Camino de Santiago.

Y, después, retuvimos nuestra experiencia con el recuerdo.

 


De catedral campana

grave, triste y sonora,

cuando al rayar del día

tocando el alba suenas,

en marco silencioso

doblando melancólica,

esas tus campanadas

no sé qué despertares me recuerdan.

 

Follas novas. Rosalía de Castro.


Puedes dejar que el viaje pase y que no afecte en nada tu vida anterior. El viaje atraviesa tu ajetreada vida rápidamente y regresas a la seguridad de tu hogar siendo el mismo, retomando tu vida en el mismo lugar y con las mismas circunstancias que antes de su inicio. Entre el pasado y el futuro no se habrán desbordado varios días sino un tenue suspiro vaporoso sin ningún poder transformador. Para eso, mejor quedarse en casa sin maltratar los pies y el cuerpo. Para eso, mejor contemplar el paisaje en una postal, en una foto de un amigo o en internet, en un documental o en cualquier otro medio que no te obligue a salir del confort de casa. Rompo mi aislamiento porque el Camino siembre una variación imposible de conseguir por ningún otro medio.

Al recorrer un camino por primera vez tenemos la sensación de que es más largo de lo que verdaderamente es. Si, además, cambias el medio de transporte, mucho más.

Nos despertamos con tiempo suficiente para prepararnos con calma y por si hubiera cualquier eventualidad que nos retrasara. Para evitar sorpresas, decidimos tomar un taxi. La parada, a pocos metros del hotel, estaba repleta de ellos. En pocos minutos nos dejó en la estación de autobuses. Era un lugar bastante impersonal y desacostumbradamente vacío Estaba claro que la pandemia había recortado los desplazamientos.

La mayoría de las ventanillas permanecían vacías. En una de ellas preguntamos y nos redirigieron a otra en que nos confirmaron los detalles. El billete se pagaba directamente al conductor. Entramos en la cafetería y desayunamos un café y un bollo. Alargamos nuestra estancia hasta que fuimos conscientes de que había otros usuarios que necesitaban nuestra mesa. No se permitía el servicio en barra y se animaba la afluencia de viajeros.