Designed by VeeThemes.com | Rediseñando x Gestquest

Últimas Publicaciones

 



Una senda unía los templos y atravesaba una amplia zona de hierba perfecta que cuidaban los ciervos. El paseo era agradable y lo animaban las flores blancas y rosas. El calor aún nos respetaba.

Al acercarse a la montaña, el bosque ganaba en espesura y se poblaba de pequeños santuarios rojos sencillos y solemnes. Nos preguntábamos si pertenecían a un templo mayor o simplemente habían sido edificados a la memoria de alguien, para que una familia tuviera su propio lugar para elevar las plegarias. Era hermoso caminar entre rocas y gruesas raíces que asomaban del suelo, un espectáculo de cuento de hadas.



El santuario Tamukeyama Hachimangu se construyó en 749 para defender el templo Todaiji. Se escindió de éste en la época Meiji, que obligó a separar los templos budistas de los santuarios sintoístas. El interior de su sala de adoración era sencillo y acogedor. El resto de las dependencias se desperdigaban en una zona llana del nacimiento de la montaña.

Era habitual encontrar templos budistas cerca de santuarios sintoístas. “Ya en el siglo IX, muchos de los kami venerados en los santuarios se habían convertido en los guardianes de los templos budistas”-escribió Sokyo Ono-. “En los siglos posteriores, cada división principal del budismo desarrolló su correspondiente variedad sintoísta, aquella que mejor se adaptaba a sus doctrinas religiosas”.[1] El visitante podía quedar confundido por esa fusión, por el sincretismo que se intentó quebrar en la época Meiji.



[1] Sintoísmo. La vía de los kami, páginas 116 y 117.

 


Kasuga estaba incrustado en el bosque y la montaña, como muchos otros templos importantes. El bosque le preservaba de la indiscreción, le hacía casi invisible, le dotaba del recogimiento necesario para que sus monjes o sus feligreses se entregaran a la meditación y la oración. La montaña les acercaba a los dioses. El templo no competía con la naturaleza. Se producía una simbiosis en que ambos mejoraban.

Cruzando la puerta Daishi-mon accedimos a la zona principal. Dos monjas (o quizá las hijas de alguno de los sacerdotes) barrían el suelo. Un grupo de peregrinos avanzaba compacto. No había apreturas. Vagamos por sus corredores rojo bermellón, que a nosotros nos parecían naranja oscuro. Entre cada columna dormían las lámparas metálicas. La galería que rodeaba el Honden, el santuario interior, ayudaba al silencio y el recogimiento. Nos acercamos hasta los cuatro santuarios del interior consagrados a los Fujiwara.



En uno de los salones, una sacerdotisa y un sacerdote ataviados para una ceremonia esperaban inmóviles. El movimiento de los visitantes no les desconcentraba. No se alteraban por ser fotografiados.

Penetramos en un salón semioscuro. Las lámparas provocaban una luz insuficiente, resaltaban la sombra, aumentaba el misterio que esperaba al fondo de la estancia.

Pocos días antes de nuestra visita se había celebrado el Obon Mantoro (los días 14 y 15 de agosto) y se habían iluminado las linternas en un espectáculo inolvidable que se repetía en febrero en el festival Setsubun Mantoro. El 13 de marzo se celebraba el Kasuga Matsuri, el festival del Mono, con unas peculiares danzas.

Nos infiltramos por el bosque del sagrado monte Mikasa. Nos acompañaban las linternas de piedra y los santuarios. Caminamos hasta Wakamiya y Sarake, dos pabellones solitarios. Lo hicimos en silencio. Como escribió Basho:

A la intemperie,

se va infiltrando el viento

hasta mi alma.

 


Kasuga Taisha era un templo sintoísta construido en el año 786 en una zona del bosque que siempre se consideró habitada por los dioses. No le faltaba razón porque el lugar era de una magia especial.

Nada más bajar del taxi se acercaron los ciervos, a los que se consideraban  mensajeros de los dioses, como en Miyajima. La costumbre marcaba darles de comer, aunque ello pudiera acarrear ciertos pequeños peligros. Los animales se acercaban dócilmente, se insinuaban, animaban al turista con algún golpecito del morro y no insistían si no atisbaban comida. Pero al que les daba, le perseguían y le tironeaban de la ropa pidiendo más. En un despiste se comieron uno de los planos que llevaba Arturo. No había que preocuparse: estaban habituados.

Saltamos la zona de las tablillas en honor de los donantes y los barriles de sake y cruzamos el Nino torii, que marcaba el inicio de la senda ceremonial jalonada con una sucesión de linternas de piedra. Las linternas votivas aportaban solemnidad. Las altas copas de los árboles filtraban la luz del sol.

Los promotores del templo fueron miembros de la familia Fujiwara, la más poderosa entre 858 y 1068: "gobernaron utilizando el trono-leí en la Breve historia de la civilización japonesa-más que apropiándose del mismo, dominando la corte sin desplazar a la casa imperial". Utilizaron una eficaz política matrimonial para sus fines, lo que llevó a Fujiwara no Yushifusa a poner en el trono a su nieto de ocho años y nombrarse regente. Durante un tiempo fueron los únicos que pudieron utilizar el templo. Cuatro de las divinidades del templo fueron los fundadores del clan.

 


Hasta la creación de Nara como capital permanente en el centro del nuevo estado, cada gobernante había construido un nuevo palacio desde el cual controlaba los designios del país. Asuka o la capital Fujiwara, en la propia prefectura de Nara, fueron esos antecedentes más inmediatos.

El nacimiento de Nara estaba vinculado al nacimiento de Japón como estado. La necesidad de un gobierno más centralizado y poderoso se evidenció a mediados del siglo VII y tuvo un protagonismo exterior. La amenaza de una invasión desde Corea por parte del reino de Silla y sus aliados chinos de la dinastía Tang obligó a poner en marcha un programa para construir fortificaciones en la que pudiera ser la ruta de invasión. La construcción obligaba a crear una burocracia que se coordinara mediante instrucciones escritas. Para financiar todo ello se exigían impuestos recaudados de forma eficaz. La autoridad del trono y el control de las zonas periféricas supusieron instaurar leyes escritas, un censo y un sistema de reclutamiento. La defensa implicaba la creación de un estado.

El periodo Nara abarcó desde 710 hasta 794. Hacia mediados del siglo VIII la ciudad contaba con unos cien mil habitantes y se extendía en una cuadrícula de cinco kilómetros por cada lado, algo más en el eje este-oeste.

La ciudad real,

Nara, la de la tierra azul verdosa,

como los árboles florecientes

que resplandecen con una fragante frescura

se halla ahora en la cima de su esplendor.[1]

Así se expresó el poeta para resaltar la importancia de la ciudad.



[1] Extraído de Breve historia de la civilización japonesa, página 61.

 


Nos despertamos a las 6.45. Nos esperaba el tren de las 8.33 a Nara. Tras el preceptivo desayuno, tomamos un taxi hasta una parte de la estación que no era tan moderna como la del día anterior: la de cercanías. Fue una breve incursión al sur de la estación que correspondía a la zona que habitualmente no visitaban los turistas.

Tomamos el tren que realizaba menos paradas. Ello implicaba un viaje de algo menos de una hora. El tren local paraba en todas las estaciones y era algo más pesado. Fue el que tomamos de regreso.

En ese desplazamiento comprobamos los alrededores de Kioto, los barrios y ciudades por donde se prolongaba. La densidad de casas era tremenda.

Quizá el lugar más interesante que atravesamos fuera Uji, famoso por producir el mejor té japonés y del mundo. Uji era mencionado varias veces en La historia de Genji, uno de los tesoros de la literatura japonesa del periodo Heián escrito en el siglo X.



Al llegar, nos entró la duda de por dónde empezar y a qué zonas o templos dar preferencia, ya que un solo día era insuficiente para visitar todos los atractivos de la ciudad. En la oficina de turismo nos atendió una señora encantadora y eficaz, siguiendo la tónica de buen servicio de todo el viaje. Con un excelente inglés desplegó un plano y fue marcando los objetivos, sensatos, para el mejor aprovechamiento. Nos aconsejó concentrarnos en el parque y sus templos. Con ello, renunciábamos a lo que se encontraba al oeste, los restos del antiguo palacio Haijo, los túmulos en forma de ojo de cerradura de la época de las tumbas Kofun (que datan del 250 al 592 d.C) y el templo Horyuji, que fue construido en el 607 y era la estructura de madera más antigua del mundo.

Siguiendo sus observaciones, un taxi nos condujo al lugar más alejado y en alto: el templo Kasuga Taisha.

 


Todo el parque era una llamada de atención. Nos gustó que no se utilizara un tono victimista. Lo ocurrido no podía ser cambiado pero sí el futuro, un futuro mejor para las generaciones venideras.

Me sobrecogió especialmente el monumento por la Paz de los Niños. Ante él, supimos de la historia de Sadako Sasaki, una cría de dos años en el momento de la explosión. Enfermó de leucemia diez años después. En el hospital se entretenía haciendo guirnaldas de grullas con el papel de las medicinas. Creía que con ello se curaría. No fue así. Sus compañeros de colegio decidieron construir un monumento en su honor, para lo cual recaudaron fondos. Esas grullas se han inmortalizado en las estatuas.



El cenotafio por las víctimas estaba alineado con la cúpula. Recordaba a los muertos con el mismo mensaje orientado hacia el futuro, mirando hacia adelante: "roguemos para que todas las almas que aquí yacen descansen en paz porque nosotros no repetiremos esta maldad".

Con estos mensajes y las primeras sombras del atardecer paseamos por el parque, en silencio, reflexionando.

Apareció la luna y recordé un haiku de Sokan:

Ah, si a la luna

Se le adosara un mango,

¡qué buen paipay!

 


ABC publicaba en la página 62 de su edición de 4 de agosto de 2015, con motivo del 70 aniversario, una información sobre un documental de  Discovery Max que se estrenaba aquella noche, Hiroshima: la historia real, de Lucy Van Beek. "Un documental que surge para dar voz a vivencias que, tras el estallido de la bomba atómica sobre la ciudad nipona en 1945 quedaron silenciadas. Queremos contar sus secuelas, sus consecuencias, y no una historia de victoria militar americana, cuenta Van Beek"... "Es una historia sobre la radiación, sobre los que se quedaron huérfanos tras la explosión; una historia sobre cómo la mafia controló la ciudad o como los científicos americanos convirtieron Hiroshima en un gran laboratorio, y a sus habitantes en cobayas", adelantaba al periódico la directora del documental.

Los artículos de esos días previos a nuestra salida hacia Japón recordaban también el militarismo japonés, sus atrocidades en China, Corea y otros países, las matanzas de Nankin en 1937 (entre 150.000 y 300.000 muertos), las mujeres del consuelo o esclavas sexuales reclutadas obligatoriamente para satisfacer a los soldados japoneses. También el crecimiento del nacionalismo y las tensiones actuales de Japón con China y Corea del Norte.

Quien no supiera de su desgracia, creería que Hiroshima era una más de las ciudades japonesas que habían levantado un trazado moderno de anchas avenidas y torres de acero y cristal para mostrar su pujanza económica. Esa era la idea que se captaba desde el taxi que nos llevó desde la estación hasta el parque de la Paz.



El taxi nos dejó casi en la confluencia de los ríos Kyuotagawa y Motoyasugawa. Desde ese puente se observaba la cúpula que había resistido la caída de la bomba atómica. Era el edificio de la Galería de promoción industrial prefectural de Hiroshima. Fue el único edificio que resistió. Por ello, tras muchas controversias, se decidió dejarlo en ese estado y reforzarlo para que no colapsara.

Algunas personas lloran al contemplar ese monumento por el significado que posee en relación con la hecatombe. Corta el habla y obliga a reflexionar. Nos recuerda lo que fue para que nunca más ocurra. Lo rodeas y sientes horror aunque también esperanza, la esperanza de que haya calado la lección en la humanidad.