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Moisés se casó hace dos meses por el rito judío. En unas semanas lo hará por el rito civil para que su matrimonio tenga validez plena. Su mujer trabaja con él.

Preside su despacho una fotografía antigua de un señor parecido al Premio Nóbel egipcio Naguib Mahfuz con un puro en la mano. El patriarca, sin duda.

La Sinagoga Bet El está cerca de sus oficinas. Aquí todo está cerca. Su interior, que sólo he visto en fotos, es moderno. Quizá tanto como la presencia de este colectivo en la ciudad.

Me he cruzado en la escalera con Mourad. Comenta que hay otro alumno en el edificio. No se ha apuntado a las tutorías. Los distintos mundos comparten emplazamiento.

Moisés es de trato afable. Habla pausadamente, con un tono envolvente, convincente. Me ofrece un té a la menta, elemento esencial para relajar las posiciones en una negociación. Un gesto que he vivido en Marruecos y en otros países musulmanes. Si tuviera que comprar o vender alguna propiedad en Ceuta confiaría en su saber. El problema que centra nuestra reunión denota su interés por hacer bien las cosas con el Fisco.

Comenta la importancia del mundo inmobiliario en Ceuta. El ladrillo está presente como motor de la economía en toda España y esta ciudad no es una excepción. Como otros, tiene miedo de un cambio de tendencia brusco. Esta palabra contrasta con la cordialidad de su discurso.

Nota: la foto de la sinagoga es de Wikipedia.



Neetu habla español con dificultad. Llega tarde. La semana próxima celebran el diwali, una de las festividades hindúes y están preparando las danzas. Ella enseña a los pequeños. La danza es su pasión y su afición.

Neetu ha enviudado recientemente. Su marido falleció con cuarenta años. La suerte que le acompañó en los negocios le dio la espalda en la salud. De él le quedan dos hijos, una chica adolescente y un chico más pequeño, y un patrimonio que le permitiría vivir de las rentas. Lo administra su cuñado.

Su empeño es abrir una tienda de objetos de la India y no circunscribirse a los de su etnia. Aunque es menuda y de aspecto frágil defiende con vigor su proyecto, del que desconoce todo. Quiere que le haga un catálogo de gastos -le obsesionan- y le insisto en que no es mi función. Me mira fijamente y yo clavo mi mirada en el adorno de su nariz.

Su objetivo es que sus hijos se sientan orgullosos de ella por darles un negocio que les garantice el futuro. No desea que consuman los ingresos sin hacer nada. Es de conciencia activa.

Neetu simboliza el espíritu emprendedor de esta ciudad. Aunque ha insistido varias veces en que las cosas no van bien en Ceuta, ella no está dispuesta a abandonar el lugar que la ha acogido. Aquí cimentará su futuro y el de sus hijos.

Hiro es de mediana edad. Mediana porque no sabría cómo calcularla. Lleva gafas amplias que le dan un aspecto anticuado. Lo compensa con el pelo ligeramente levantado. Cuando hablo con él es como si meditara. Asiente a mis consejos y no responde a ninguna de mis preguntas sobre el negocio. No se fía de mi confidencialidad.

Hiro es la segunda generación de una familia que se estableció con muchas otras en Ceuta y Melilla cuando en las cercanas tierras musulmanas no eran bien acogidos. Su padre montó una tienda, multiplicó los establecimientos y dio cabida en la empresa a sus hijos. La hija, hermana de Hiro, no participa en el negocio.

La colonia hindú es fuerte. La Vicepresidenta Primera de la Mesa Rectora de la Asamblea es de este colectivo, Kissy Chandiramani Armes, del Partido Popular. Los Populares son mayoritarios, diecinueve asientos por dos del PSOE, tres de Unión Democrática Ceutí y uno del Partido Democrático y Social de Ceuta. Estos dos últimos partidos son de musulmanes. El Viceconsejero de Servicios Sociales, Mohamed Hamadi, representa a este grupo.

Aparentemente, no hay representación de los judíos.


Nota: la foto de portada es de Bikaner, en el norte de la India.


El neón encendido de la fachada del Mercado de Abastos que da a la Plaza de la Constitución lo expresa claramente: Feliz Ramadán.

El Ramadán tiene algo de Cuaresma, de meditación, de sacrificio por el ayuno obligatorio, de sala de espera para un acontecimiento. Los fieles limitan su actividad al mínimo mientras el sol reina sobre la tierra. Con su viaje hacia un nuevo día por los campos de la oscuridad se alza el veto al movimiento, se come, se invade la calle. Sin embargo, la impresión que tengo es la inversa: fluye la gente por las calles en la mañana y se recogen para el contacto con Dios a través de la oración en el ocaso, tempranero en esta época del año. Hay una contradicción cuya causa desconozco. Puede que el sincretismo haya provocado que se inviertan los hábitos en este pedazo peculiar de España y África.

Los bares y los restaurantes están a medio gas. El Parque Marítimo duerme con las puertas de sus locales cerradas. En los cafetines se reúnen los cofrades y por la calle pasean chilavas y pañuelos que ocultan el pelo. Cumplen con la vestimenta tradicional, pero están violando la tradición religiosa.

Ceuta es una ciudad atractiva en traje de noche. La soledad se compensa con una iluminación suave y acariciante. La iluminación es el maquillaje de las pequeñas irregularidades de las fachadas o el potenciador de sus virtudes.

La ciudad goza de buena salud cultural. Teatro, música, conferencias, deportes y continuas actividades ofrecen distracción a los ciudadanos. Hasta un pequeño festival de jazz. Aunque la ciudad duerma en este mes de noviembre no es así durante las fiestas de Carnavales, Semana Santa, San Antonio o las Patronales. Porque si no hay distracción la juventud tendrá que marcharse.

Tengo la mala suerte de encontrar la mayoría de los sitios cerrados. Me limito a caminar por las calles silenciosas y tenuemente iluminadas.



Los hitos monumentales e históricos son sencillos de localizar: los anuncian carteles explicativos. Los voy leyendo con cierta precipitación y la memoria se revela contra esta actitud.

A la derecha, siempre subiendo, la sobriedad del Museo Municipal. Seis ventanas flanquean la puerta en la planta baja. Siete en la superior. En lo más alto, un balcón recorre todo el perímetro.

Las obras de un nuevo aparcamiento han abierto un hueco enorme, de cráter cuadrado y extinguido. Se quiebra la calle a la izquierda y pierde su nombre por el de Camoens. Los soportales cambian el ambiente. Allí está encajado el Hotel Ulises que durante tiempo fue la alternativa al Parador.

Dos hileras de naranjos trazan un pasillo hasta la Plaza de España. Ante el edificio de Correos, una fuente. En los bancos de piedra, poca gente. A la derecha, el Banco de España, siempre bien situado en un edificio señorial.

Las manzanas son pequeñas y se suceden con rapidez. En la siguiente, la Casa de los Dragones. Quizá debió alterar su denominación cuando la despojaron de sus animales mitológicos. Nadie se atrevió a ello porque este nombre estaba consolidado. Sus ventanas y balcones tienen un punto neogótico, modernista. Por la noche, el esquinazo se ilumina de verde y hace recordar a los dragones ausentes. Los árboles tapan su parte baja, ocupada por comercios. No creo que se avergüence de ellos.

En la Plaza de los Reyes está el Monumento a la Convivencia. Es un recuerdo permanente a las cuatro culturas, al afán por vivir en paz y armonía. Todos los días habría que pasar ante él y reverenciarlo.

El Centro Cultural de Cajamadrid marca el inicio de la Calle Real, segundo requiebro a la izquierda. La calle se estrecha. Paso la Iglesia de los Remedios, me fijo en las mellas en las fachadas que anuncian una nueva promoción inmobiliaria. Después de la Plaza de Azcárate y el Colegio Lope de Vega tengo la sensación de salirme de la ciudad.

Regreso por Marina Española y me paro ante los baños árabes, en rehabilitación. La tapia del Parque del Mediterráneo acompañará mis últimos pasos.



El eje principal de Ceuta es Revellín-Camoens-Calle Real. Realmente es la misma calle que cada vez que se quiebra cambia de nombre. Los principales negocios, comercios y oficinas están en esta arteria o a dos pasos en uno de los callejones, calles o recodos que ascienden hacia la derecha o que se precipitan hacia el mar por la izquierda. Divide la parte alta y la parte baja.

Empieza en el Edificio Trujillo. El Trujillo es una construcción señorial, con empaque. Se asoma a la Plaza de la Constitución con sus dos torretas, su aspecto limpio, su tradición andaluza, la solera de casi un siglo de existencia.

El trasiego de gente es continuo. No parece influir mucho el Ramadán. Se observan muchas chilavas.

Esta arteria conducirá mis pasos hacia los negocios de los alumnos. La patearé a conciencia, varias veces.

Al turista se le reconoce por mirar hacia arriba y a los lados, escasamente al frente. Ese será mi sino durante los cuatro días. Claro, que con chaqueta y corbata y la cartera en ristre debo dar una imagen peculiar, de inspector despistado.

La primera visita es en la Calle Mina. Donde Camoens se transforma en Calle Real, un poco más allá, por Trujillo, bajo a mano izquierda. Las construcciones no tienen ningún interés, con lo que no aconsejo esta variante.

De regreso me asomo a las tiendas. Abundan las perfumerías y las tiendas de electrónica. Sin embargo, me costó encontrar dónde comprar un desodorante normal, un cepillo de dientes, pasta dentífrica, de afeitar y maquinillas. Traje el neceser, pero no lo llené. También he olvidado los gemelos. Un desastre. Aconsejaré a mis alumnos una droguería como nuevo negocio.

Ceuta es una ciudad dinámica, cambiante, evolutiva. Comparo las imágenes de la guía que he comprado -la de Everest de 1990, casi nada- y compruebo que ha seguido una evolución similar a la de otras ciudades españolas: peatonalización, espacios abiertos que entierran el horror vacui, minimalismo en la decoración.

La cuesta es constante. Asciende el Revellín, la zona peatonal, las tiendas, el tráfico. Una peregrinación agradable en cualquier momento del día y de la noche. Cuando llega, unos pequeños arcos en el suelo proyectan una luz tímida y seductora sobre el suelo.

La peregrinación se hace algo más incómoda en la confluencia con Padilla y Méndez: vuelve el tráfico. Cerca, el pequeño recodo que recuerda a un héroe, el Teniente Ruiz. Y el recuerdo de los vecinos al otro lado del Estrecho, la Tertulia Flamenca. El edifico es vistoso. Dos medallones con rostros adornados de flores con toque modernista presiden la puerta y la ventana. Sobre aquella, una antena parabólica. Una selva de cables atraviesa en horizontal la fachada. Junto a la ventana, cubierta con una reja sencilla y las hojas de una planta, un descomunal aparato de aire acondicionado. Dos farolitos negros se comportan seriamente en la pared.

Me acerco a la peculiar entrada. Una de las dos hojas está siempre abierta. Como soy curioso caigo en la tentación de asomarme. Los muros están cubiertos de fotos en blanco y negro con los otros héroes, los del cante.

Un poco más abajo, en el Restaurante Dakota, saboreé un buen salpicón y un pescado local exquisito. Otro refugio culinario lo encontré en la calle Antíoco, a cuatro pasos en dirección al mar: El Pescaíto Frito. También pescado y marisco. Dos sabios consejos del personal de la Confederación.


Mounia es una hermosa policía de pelo rojo intenso, mirada vacilona, ademanes contenidos. Ligeramente más alta que yo, el uniforme acrecienta el atractivo de su cuerpo. Le pregunto la referencia de una calle y me contesta con una sonrisa y un marcado acento gaditano. Interrumpe sus instrucciones y devuelve un saludo en árabe.

Los dos idiomas son tan habituales que han planteado una moción para su cooficialidad en la Asamblea. Ha sido rechazada y los pro-árabes han amenazado con un boicot. Doy por hecho que todos los musulmanes hablan las dos lenguas, pero no sé si ocurrirá igual con los cristianos. De las otras lenguas no tengo referencias.

Cada vez que me vuelva a cruzar con Mounia me encontraré con un saludo adornado de sonrisas.

Mi actividad formativa se divide entre dos lugares. Las dos primeras noches, de ocho a diez -matador- me refugio en la Escuela de Idiomas. Nada más pasar el Zara, un cubo moderno de formas puras, muy estilo Moneo, por su ala derecha, subo las escaleras de un callejoncito. Esta escalera termina en la Plaza de Rafael Gibert, rectangular, alargada, decrépita. La conozco por equivocación, al no girar a la derecha. Algún bar y algún comercio garantizan la crisis empresarial.

La Escuela tiene un ambiente de guardería. Su espíritu es diminuto. El bullicio se respira en los cambios de clase. Nunca me hubiera acercado a este rincón oculto si no es por motivos profesionales.

Mi otro destino diario es la Confederación de Empresarios. También hay que afinar para encontrar la entrada. Me siento como si pusieran a prueba mi intuición para alcanzar la meta. Mounia me ha ayudado a solucionar el misterio.

Cuando parece que vas a irte de tiendas topas con un portal, pulsas el portero automático -seguro que si tocas el botón de la pensión también abren- subes la escalera decorada con azulejos hasta la altura del hombro y encuentras en el espacio de dos tramos una contradicción curiosa. Un Cristo eminentemente andaluz despierta un fervor instantáneo. Escalones arriba espera una vidriera con una mujer desnuda. No tiene una postura erótica, aunque sí goza de un cuerpo esplendoroso, de odalisca. Es un seguro despertar antes de la Confederación.

Empujo la puerta y saludo a Belén, la alumna que trabaja aquí y con la que charlaré a menudo. Rubia, de pelo largo, gafas alargadas que le dan un toque intelectual, rostro enormemente atractivo y un cuerpo que haría perder la cabeza a cualquiera, y que infinitamente mejora a la vidriera; por supuesto, es simpática y se preocupa de mí en cuanto tiene un hueco.

Su jefa retiene aún una belleza menos explosiva. Es atenta y algo entrometida. Pide la lista de asistencias con tono de exigencia para llamar a los alumnos que no han comparecido a las clases. Examina la lista de tutorías y pregunta por los que no se han apuntado. La dejo hacer. Tomo posesión del despacho asignado y recibo a los alumnos.



Cruzo la vía rápida. El Paseo de las Palmeras queda a mi derecha, en lo alto. Brilla la fachada amarilla y blanca del Santuario. Las palmeras adornan con su melena lacia. Sobre el muro asoman algunos de los edificios más soberbios de Ceuta. Fachadas de postín de balcones plenamente españoles, como los de las grandes avenidas de la Península.

A la izquierda, el puerto. Una parte se ha reconvertido a puerto deportivo, muy activo. Las embarcaciones duermen la siesta.

Me introduzco por el pequeño laberinto que es el Pueblo Marinero, un conjunto de restaurantes de tipo medio en el letargo del otoño. Algunos están cerrados y permanecerán así hasta que las estaciones cálidas los saquen de su sueño. No es atractivo el paseo. La promesa de animación que reza en alguno de los folletos leídos se esfuma. Reina el silencio y la ausencia. No excita mi curiosidad. Busco la salida.

La tapia con la que topo no tiene fisuras. Es la del Parque. La puerta secundaria está cerrada. Me asomo por la verja y contemplo un lago solitario. Es como si caminara por una ciudad fantasma.

En el lugar más apartado me encuentro con una pareja de hombres de raza negra. Cruzamos las miradas. Los ojos enrojecidos muestran temor y una conjuntivitis que se corregiría con unas gafas de sol. Casi siento el mismo miedo. Los controlo con el rabillo del ojo. Ellos se marchan en dirección contraria.
Alargo el cuello y no veo gran cosa. Rodeo la tapia que tiene algo de fortaleza. Me mentalizo a que todo lo que captaré es un instante. Subo al Paseo de la Marina Española, un paseo marítimo al que le han alejado el mar unas decenas de metros y atisbo por encima del perímetro que cierra el Parque del Mediterráneo.

La puerta está abierta. Por probar que no quede. Los tornos están cubiertos y no se mueve un alma. En la taquilla una señorita no sabe si hacer valer su autoridad y no dejarme pasar para evitar problemas o apiadarse de mi aspecto turístico y hacer la vista gorda. Me invita a pasar. Pido una entrada. Mueve la mano hacia dentro del recinto. Comprendo el mensaje: no podría justificar la venta de mi entrada.

Aunque empiezo por la izquierda hago una parada para contemplar el Casino. Es el elemento que divide los dos lagos en que se organiza el Parque. La estructura marrón está inspirada en las Murallas, como un homenaje a las mismas.

Bordeo una de las piscinas que por su dimensión es un lago artificial. En el centro, una isla plagada de palmeras otorga un sello tropical. Abundan las palmeras y se echan en falta las personas, gente tomando el sol, chapoteando en la escasa profundidad, niños correteando. Me quejaba de que en el Pueblo había pocos sitios abiertos. Aquí están todos cerrados y sin esperanza cercana de que cambie su suerte. El lugar de las personas lo ocupa el silencio.

Camino en el sentido de las agujas del reloj bordeando la piscina. Las tumbonas están apiladas. Tampoco hay sillas. Desde un extremo contemplo la fortaleza del Monte Acho sobre la isla desierta. Otro toque militar lo diseñan las garitas blancas. Cuál sea su uso es un misterio. Me gusta su toque morisco.

Junto a la reproducción de las Murallas descansa un faro. Poco podrá dirigir a las embarcaciones desde ese emplazamiento. Su reflejo en el agua es igualmente inútil e igualmente hermoso.

Atravieso un puente de madera. Entre las ramas sobresale una estructura de hierro inconfundiblemente de Manrique, un artilugio que se alía con los vientos. El escaso aire que se mueve zarandea algunas palmeras aisladas en las aguas. Lo interpreto como un saludo. Hasta las palmeras son acogedoras en esta tierra.

Rodeo el otro lago. Una persona sale de las taquillas y entretiene su caminar fijando en mí su vista. Se introduce en el Casino. Yo entro en una exposición del creador, el canario César Manrique, que murió antes de ver inaugurada su perla.