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Espero que os guste.

 


Al final de los viajes el cuerpo va cargado de cansancio y el equipaje de objetos exóticos. Con esa doble carga iniciamos nuestro último día en Tokio.

Para castigar más el ánimo, el día era lluvioso. Sin prisa, con el ruido de la lluvia como telón de fondo, sacamos las tarjetas de embarque. Con un considerable esfuerzo. Preparamos las maletas.

José Ramón había bajado a recepción y el dueño le había espetado un seco “pay”. La simpatía no era su fuerte. Sin embargo, esbozó una sonrisa y una ligera reverencia al vernos partir.

Me vino a la mente la escena al amanecer que describía Kawabata:

Una geisha hace sus visitas matutinas a los templos. Los chicos van a la escuela. Mendigos. Niñeras. Jornaleros. Hombres regresando a sus casas tras una noche en la ciudad. Vagabundos. La mezcla no es sorprendente, pero parece como si esta multitud frente a los puestos de la calle del templo Senso a las siete u ocho de la mañana desconociera la fugacidad del mundo del placer. Esta es una de las maravillas de Asakusa.[1]

Una lluvia fina, como un calabobos, una niebla baja imposible de combatir con el paraguas, nos decidió a tomar un taxi hasta Ueno, donde no encontramos consignas libres donde dejar las maletas. En tren nos trasladamos hasta Shinagawa, desde donde salía el monorail que conectaba Tokio con el aeropuerto de Haneda. Completada la maniobra, la línea Yamanote nos dejó en Hamamatshuco, nombre impronunciable cercano a la terminal marítima de Hinode desde donde salían los cruceros para el río Sumida.



[1] La pandilla de Asakusa, página 55.

 


Las proximidades de la estación de Kanda acumulaban muchos garitos y restaurantes, luces y animación. Era el lugar ideal para la cena del viernes, momento en que la gente de las oficinas aprovechaba para confraternizar y salir a cenar con los compañeros de trabajo, con “la otra familia” que todo buen trabajador japonés debe mimar.

En una pequeña calle que terminaba en la estación encontramos montones de restaurantes animados. El elegido estaba en ebullición. Los parroquianos habían bebido suficiente cerveza y sake para expresar su amistad encendida a un grupo de turistas como nosotros. Además, uno de los camareros chapurreaba algo de español, le enseñamos algunas palabras y nos trató como a amigos. En este bullicio sólo nos faltó cantar Asturias patria querida en versión nipona.

Lo que nos llamó la atención es que sólo hubiera cuatro o cinco mujeres.

José Ramón consiguió que nos invitaran a unos chupitos de sake convenciendo al encargado de que era una tradición española.

Cenamos abundantemente y con cerveza por menos de 6.000 yenes.

La noche aún nos deparó una sorpresa. Mientras leíamos sobre el tatami de la habitación notamos un terremoto. El suelo vibró durante un rato. Nos miramos con cierto pasmo.

 


Nos decidimos a caminar por el barrio de Taito pero la avenida de altos edificios perdió interés tras unos minutos. Tomamos la línea Chuo hasta Ochanomizu Street para ver Kanda.

Al salir de la estación nos orientamos hacia la catedral de San Nicolás. Nos resultó tremendamente curioso encontrar una catedral ortodoxa rodeada de rascacielos. Uno de esos rascacielos era de la aseguradora Sumitomo. Y de hospitales, abundantes en la zona.

Yendo hacia la estación de Kanda, pues no había mucho que ver, y buscando una zona tradicional entre las altas torres, nos encontramos con uno de esos regalos inesperados de los viajes. En un cruce de calles habían montado una verbena para financiar un asilo.



Habían puesto unos plásticos en la calzada para que no se manchara nada… ¡sobre el asfalto! Estos japoneses daban unas muestras de civismo increíbles. Y, también, de facultades para divertirse y participar en las fiestas comunales. Allí estaban niños correteando ordenadamente, oficinistas que acababan de salir del trabajo, familias al completo, voluntarios que atendían los puestos y los ancianos felices de que les sacaran a la calle, les hicieran caso y vieran algo de diversión.

Dimos una vuelta, nos infiltramos entre la gente e intentamos comprar unas cervezas. Para nuestra sorpresa, nos invitaron. José Ramón empezó a hacer amistades y le presentaron a uno de los organizadores, que preparaba en una plancha una tonelada de fideos. Conversamos un rato, nos hicimos unas fotos y nos fuimos a cenar.

 


Entre Hozomon y la puerta del Trueno, Kaminarimon, que era la que daba acceso a la calle, se levantaban dos hileras de comercios variados que formaban la peatonal Nakamise (tiendas internas sería su traducción). En sus tiendas se podía comprar de todo. La oferta era bastante pintoresca y no deberías perderte este pequeño espectáculo.

Perderse por las calles laterales también tenía su atractivo. Eran tranquilas y tradicionales. No encontramos el famoso Espejo de la Virtud, ubicado cerca de la comisaría de la Puerta Kaminari. La leyenda mantenía que no sólo reflejaba la imagen de la persona: también su verdadera personalidad. Los de corazón impuro que se reflejaban en el espejo provocaban que se empañara y el reflejo se distorsionaba. La imagen podía ser aterradora.[1]



Saliendo del templo y cruzando la calle se encontraba el Asakusa Culture Tourist Information Center, un edificio singular y moderno de atractiva arquitectura. En la parte alta, un mirador permitía contemplar el templo y la calle Nakamise y, hacia la derecha, el barrio de Ryogoku, con su puente histórico que también había sido representado en las estampas.

En ese barrio se celebraban los más famosos combates de sumo, que acogía el Ryogoku Kokugikan. En verano no había combates. Lo más visible era la Tokyo Sky Tree, la torre de comunicaciones de 634 metros (la torre independiente más alta del mundo) con un observatorio de primorosas vistas en lo alto. Al acercarnos a su emplazamiento, se apreciaba mejor su inmensa altura. Había sido construida con técnicas antiterremotos basadas en las pagodas. Justo al otro lado del río estaba el moderno edificio de la cervecera Asahi. La llama dorada de la azotea me pareció muy daliniana. Asahi también fue un periódico con ediciones en Tokio y Osaka y una marca de cigarrillos.

Aunque cruzamos el río Sumida no nos adentramos mucho por Ryogoku. Comparamos las estampas de Hiroshige con el puente y nos imaginamos los fuegos artificiales que se representaban en una de ellas.



[1] Así aparece en las notas de La Pandilla de Asakusa, de Kawabata, página 255.

 


El Hondo o pabellón principal era imponente y congregaba a la tradicional mezcla de devotos y turistas. Era complicado avanzar hasta situarse frente al dorado altar. Entre ofrendas y rezos contemplamos el interior del templo.

Los jardines que lo rodeaban estaban repletos de pequeños santuarios, estelas y estatuas. Sin la aglomeración del Hondo, el lugar destilaba paz y aportaba plenitud al espíritu. Se podía meditar mientras se cruzaba un puente, se observaba el riachuelo con las carpas de colores o te acercabas a esos otros lugares sagrados.



La puerta del Tesoro, Hozomon, era tan impresionante como el Hondo. Entre ambas construcciones se sucedían a ambos lados de ese camino sagrado pequeñas dependencias donde adivinaban el futuro y donde se colgaban los papelitos con los pronósticos para los devotos. En el centro, un gran incensario emitía un humo blanco intenso que curaba a los enfermos y fortalecía a los débiles, según se comentaba. Me acerqué a poner una varita de incienso y en ese momento todos los de alrededor intentaron hacer una foto, con lo que parecía la ofrenda de un gran personaje acompañado por la prensa.

Lo que caracterizaba al templo y a sus puertas rituales eran las gigantescas linternas de intenso color rojo. Esos inmensos faroles aparecían en las estampas clásicas como en El templo de Kannon en Asakusa bajo la nieve, de Hiroshige o en El gentío en el templo de Asakusa, de Shucho Tamagawa. En ellas aparecía también la Pagoda de cinco pisos. Por cierto, la construcción que guardaba las cenizas, la stupa y la lápida conmemorativa de Kannon fue destruida en la Segunda Guerra Mundial y fue reconstruida en 1.973 en hormigón armado. Medía cincuenta y tres metros.


 

Asakusa fue famoso en la época Edo por ser lugar de diversión y de libertinaje. Quedaba fuera de la ciudad y hasta allí se desplazaba la población a correrse una juerga. Aún mantenía un pequeño distrito de geishas.

Hasta la Segunda Guerra Mundial fue un hervidero de teatros y cines. Es el ambiente bohemio y canalla que describe magistralmente Kawabata en La pandilla de Asakusa y que corresponde con 1929-1930. Pero los bombardeos destruyeron la zona. Desapareció el Casino Folies, un teatro de revista sobre el Acuario, la Torre del Metro o la de los Doce Pisos. Una parte se recuperó manteniendo el estilo tradicional y la presión urbanística no acabó con sus casas bajas y encantadoras. Lo que no recuperó fue su animación. Hacia la izquierda quedaba el Asakusa Hana-Yashiki, el parque de atracciones más antiguo de Japón, una curiosidad entrañable. Nada que ver con el impresionante Tokyo Disney Resort.



Nuestros pasos nos habían conducido hasta el templo más antiguo de Tokio, Senso-ji, que se remontaba al siglo VII. Su fundación se asociaba a una hermosa leyenda. Dos hermanos, pescadores, llamados Hamanari y Takenari, recogieron en sus redes mientras faenaban una figura de Kannon, la diosa de la Misericordia, en el río Sumida. Aunque la arrojaron varias veces al agua, la estatua regresaba siempre a la barca. El gran señor de la zona, Hajinomatsuti, se interesó por ella y convenció a los hermanos para que se la cedieran. El noble remodeló su propia casa y la convirtió en un santuario. Los tres eran venerados como dioses en el santuario Asakusa, a un costado del templo. Sintoístas y budistas volvían a demostrar su perfecta armonía.

Como la figura fue encontrada el 17 de marzo, que correspondía al 17 de mayo solar, en ese mes se celebraba el Sanja Matsuri, un festival que congregaba a dos millones de personas. Kawabata relaciona en su libro los días de gracia de la diosa, en que una sola visita podía valer hasta 46.000 visitas, como ocurría los días 9 y 10 de julio.[1]



[1] La pandilla de Asakusa, página 161.