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En Gambia no pasa nada 112. El mar anima nuestro desayuno.


 

Mecido por las apaciguadas olas del mítico mar dejo que mis pensamientos se evadan y hagan lo que les dé la gana en esta última mañana. Las palmeras están más tranquilas, el viento sonríe como lo haría cualquier gambiano que vive la vida de forma sencilla y la playa brilla como un tesoro tan evidente que nadie lo ve.

Ha sonado el despertador a las 8:30 y no he tratado de demorar la salida del refugio de las sábanas. El ventilador me ha saludado, a su modo, claro, porque él tiene sus peculiaridades. Me ha reconfortado ver que todas mis pertenencias estaban desperdigadas por la inmensa sabana urbana de mi habitación. Es la mejor forma de sentirse rico.

El oleaje en ese momento es un poco violento y no entiendo que el mar muestre un rostro de cólera en la parte más cercana a la orilla. Le miro y le explico que nosotros no somos receptivos a las bravuconerías, así que debe calmarse y guardar fuerzas porque aún le falta por mover unos cuántos millones de olas. Me da que no ha hecho mucho caso. Peor para él.

Nos han servido rápido. Quizá querían recoger el desayunador para dedicarse a otros menesteres o querían que pudiéramos disfrutar extensamente de nuestro último día.

Hemos dejado el equipaje en las habitaciones de los que van a permanecer en el país uno o dos días más. En mi caso, en la de María Antonia y Miguel Ángel, que nos han acogido con esa eterna hospitalidad sincera.

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