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La Manchuela y el valle de Ayora 12. Cofrentes I


 

Con esa sensación de inseguridad, y de injustos reproches, vuelvo a alcanzar las inmediaciones del volcán, otro sabroso mirador, del puente de hierro y la figura erguida y un tanto solemne del castillo y el pueblo de casas blancas. El peñasco que se alza como una orgullosa joroba es el protagonista absoluto. El castillo está por encima de todo y marca las distancias incluso con la iglesia. Luego el pueblo se derrama como puede, se apretuja, y desde allí, el terreno baja hasta el río más bien desprovisto de vegetación. Como una zona de seguridad.

Dejo el coche abajo. No me gusta entrar con el vehículo en estos pueblos donde las calles son estrechas y retorcidas, candidatas para dejarte atrapado sin remisión. Conducir por ellas es un calvario. Además, siento al caminar que peregrino, que oteo y me aventuro, que me infiltro como visitante y procuro hablar con los vecinos. Estos están resguardados en casa para comer. Las cuestas empinadas me hacen sudar.



En la oficina de información me dan un plano y valiosas instrucciones. La primera, dónde comer, que rugen las tripas deseosas de reponer fuerzas. Me mandan al hogar del pensionista, a pocos metros, con buen menú del día y unas cristaleras sobre el tajo del río impresionantes. La mayoría de los comensales son parroquianos fijos, salvo un grupo de cuatro mujeres que elevan la voz con primor. Están también de ruta.



Desde allí dejo que la vista lo abarque todo, que amplíe miras y complete perfecciones. Los tonos ocres se mezclan con el verdor de las copas de los árboles en la zona baja. La zona intermedia de las colinas tiene vocación de secarral. Quien habita en estos lugares debe de ser de carácter sobrio, más cercano a castellanos o manchegos que a levantinos. El interior de la provincia es muy diferente al litoral.

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