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Albania, el país de las águilas 66. Primeros pasos en Gjirokastra.

 


Al entrar en Gjirokastra tuve una sensación extraña. Creí que nos habíamos adentrado mucho en el interior del país y, sin embargo, estábamos a 50 kilómetros del mar y a poco más de 30 kilómetros de la frontera griega. El viaje desde la costa había sido más tortuoso que largo.

Nuestro hotel, el Argjiro, estaba en la base del Colmado del bazar, lo que implicaba abandonar la zona del valle del río Drin y trepar por las calles del monte Mali i Gjëre fuera de la zona nueva, carente de interés. Estábamos en el casco histórico. La plaza que le precedía estaba en obras y hubo que negociar el acceso a la plataforma de hormigón para facilitar el traslado de las maletas.



El nombre de nuestro hotel procedía de la denominación adoptada durante la época bizantina, como Argjiropolis, ciudad de plata o Argyrokastron, castillo de plata. Antes de incorporarse al dominio otomano perteneció al Despotado de Epiro. El vínculo con Grecia aún lo marcaba una amplia minoría griega. Una parte de la misma había emigrado a Grecia en el pasado por culpa de las tensiones con la mayoría albanesa musulmana y ortodoxa.

Dorian nos emplazó pocos minutos después en la recepción para dar un paseo y conocer una de las casas-torre, una kulla, cuyo conjunto fue el principal argumento para ser declarada la ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ese tipo de casas altas y vigorosas eran típicas de los Balcanes y exhibían unas reminiscencias otomanas evidentes. En 1417 la ciudad pasó al imperio turco y estuvo bajo su soberanía durante casi cinco siglos.

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