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Albania, el país de las águilas 56. Pueblos de sabor mediterráneo.


 

Efectuamos una parada en un lugar con bastante encanto provocado por el agua que se derramaba en cascadas contenidas que generaban un fragor pacífico en este territorio tan deseado y mordido por guerras y batallas. Por supuesto, en cuesta, con sombrillas y palapas de paja donde refugiarse del sol, que aquel día nos era tan esquivo y se mantenía discreto tras las nubes grises. Las sillas eran de un verde fosforito que impactaba en nuestros ojos.



El siguiente paisaje era de olivos en bancales. Se calculaba que el país acumulaba diecisiete millones de olivos, algo similar a la provincia de Jaén. Garantizaban un excelente aceite que había hecho nuestras delicias en las comidas. El autobús se llenaba de aromas de almazara y nos transportaba al sur de España. Éste podría ser un paisaje de alguna serranía española. A nuestra derecha, el mar seguía ofreciendo matices de azul insospechados, limpios, oscuros a ratos, siempre intensos y decididos, casi guerreros, amortiguados en la proximidad de las playas claras. La línea de costa estaba aún bastante despejada de edificios indeseables. En movimiento, aún podía contar los edificios de cuatro o cinco plantas con los dedos de la mano.



Se sucedían los pueblos que apunté con letra vacilante y que tuve que comprobar con cierto esfuerzo: Piqeras, que significaba cipreses, Lukovë, con un pasado tormentoso. Los conformaban casas sobre muros de piedra, muy mediterráneos, con emparrados, entre naranjos, con excelentes y envidiables vistas. Un buen lugar para descansar y meditar, para retirarse.

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