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Albania, el país de las águilas 38. Sol naciente sobre casas blancas.


 

No me gusta madrugar y mucho menos cuando estoy de vacaciones. Sin embargo, los viajes imponen su ritmo y sus condiciones y la primera de ellas es aprovechar el tiempo. Tierna dictadura la suya.

Dorian nos había citado a las ocho y media para un breve paseo por los dos monumentos situados frente a nuestro hotel. Me desperté a las siete con la intención de observar el efecto del sol naciente sobre las casas blancas de ojillos caprichosos. La tarde había ofrecido un buen contraluz, por lo que deduje que el efecto contrario impactaría por la mañana. Con lo que no contaba era con el capricho de las nubes. El día amaneció amenazadoramente gris y lluvioso y las nubes se encargarían de impedir mis deseos. ¡Como si se vengaran de algo que no les hubiera gustado!

A aquella temprana hora la quietud era melancólica y tuve la sensación de que quisiera envolverme en tristeza. Por supuesto, como en los cuentos populares, me negué a mi destino y busqué mi suerte, aunque ésta estaba más en mi ánimo y en mi corazón que en ningún otro lugar. Como aún no habían abierto el desayunador de la terraza, caminé por el perímetro de ésta en busca de las imágenes que me cautivaran y acabaran por despertarme. Así me encontré a una mujer de edad indefinida que se afanaba con esmero en fregar la superficie de la terraza panorámica, quizá para que ampliara el efecto de espejo al impacto del sol, si le permitían romper con el cerco de las nubes. La ciudad continuaba adormecida, como sumida en la resaca tras una noche de juerga.

En esos pensamientos estaba cuando empezaron a llegar mis compañeros de viaje. Me senté a desayunar con una de las gallegas, Paula, alta y vigorosa, y con Montse, siempre animada y dispuesta a una buena conversación y a hacernos sonreír. Los manjares del desayuno me supieron mucho mejor con ellas.

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