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Albania, el país de las águilas 36. De Gorica al Boulevard Republika.


 

El mejor mirador sobre Gorica era Mangalem, y viceversa. Al subir un poco por sus cuestas captabas una imagen del otro barrio antiguo. Luego tocaba hacer un esfuerzo y rebuscar en esa estampa cada matiz, individualizar y deleitarse, disfrutar para luego callejear sin rumbo. Y eso hicimos.

Bajamos hasta el río y continuamos hasta el puente de piedra del siglo XVIII. Cruzamos. La poderosa roca del castillo, con sus murallas y los bastiones que bajaban para una mejor defensa, se evidenciaban. Incrustada en la roca asomaba la iglesia de San Andrés.



Gorica era aún más tranquilo. Nos acercamos a su iglesia más insigne, San Teodoro. En el barrio convivieron durante siglos albaneses y griegos. Enfrente, la tarde iba transformando las tonalidades, se animaba el paseo, comenzaban a encenderse las luces. Dorian nos señaló la mezquita de los Solteros, destinada a camareros y mozos de cuerda en la antigüedad. También nos dio consejos para cenar en algunos de los mejores restaurantes. Prolongamos hasta el puente colgante y nos dispersamos.



Me animé a recorrer el Boulevard Republika, el lugar donde cumplir con el xhiro, el ritual del paseo por la tarde. Era una curiosa forma de socializar muy cercana a nosotros. En esta ciudad de sesenta mil habitantes era la mejor forma de terminar la jornada: viendo y siendo visto por el resto de los vecinos. También era el momento del cortejo de las parejas. Me senté en una terraza y me entretuve con esas populares evoluciones. Se paraban, se saludaban, charlaban un rato, compartían camaradería y sonrisas.

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