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Albania, el país de las águilas 35. Callejeando por Mangalem.


 

Dorian empezó la visita acercándonos a una puerta exenta. Siempre he tenido la impresión de que una puerta monumental sin las murallas a los lados tiene algo de absurdo o surrealista, de inútil. Como si a alguien se le hubiera olvidado en el camino y se hubiera quedado allí, como huérfana. La atravesamos y seguimos hasta los restos del palacio del Pasha Ahmet Kurt y su logia del siglo XVIII. Solo conservaba algunas columnas. En el lugar se alzó una escuela de tres pisos que afeaba todo el conjunto y que había sido desmantelada. Desde allí había que girar en redondo, despacio, para captar la belleza sencilla y, sin embargo, poderosa del conjunto. Berat empezaba a penetrar en mí y a deleitarme.



Nos infiltramos por las calles empedradas de trazado quebrado. Las casas estaban bien cuidadas, como correspondía a un lugar que fue declarado ciudad-museo en 1948. Por eso se salvó su rico patrimonio religioso, a pesar del ateísmo oficial. La UNESCO la había ascendido a la privilegiada posición de Patrimonio de la Humanidad.

El apogeo medieval de Berat culminó con el control de los otomanos desde 1417. Supieron engalanarla y mantener su belleza uniforme.



Recodos, recovecos, escaleras empinadas, callejones estrechos que no se sabía muy bien a dónde conducían, salían a nuestro paso, nos saludaban, nos mostraban su espíritu del pasado que tan bien había llegado a nuestros días. Con poca gente, que aún no era la hora del paseo. Dorian comentó que los precios de las casas habían pasado de en torno a 60.000-80.000 leks a unos 300.000 leks. Era probable que estuvieran especulando con vistas a un auge del turismo. El turismo era mayoritariamente de españoles, italianos y alemanes.

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