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Estampas de Luang Prabang 22 (Laos 2006). Cena y masaje.


 

Auténtica cocina real laosiana, reza el cartel del Restaurante de la Princesa en Villa Santi. Debajo, dos músicos en la adolescencia sentados en la posición del loto ante un arpa horizontal que tocará con macillos y un tambor de doble tripa. Dos máscaras del Ramakien montan guardia.

Nos sentamos fuera, en el balcón, junto a la cima de unas ramas de adelfas. Los ventiladores duermen. Luz tenue, música suave y las manos que se unen sobre la mesa.

Estudiamos nuestros rostros como diversión durante la espera. La cerveza fría va cambiando nuestra percepción. Nos relajamos y achispamos. Es el momento tranquilo del día, cuando ponemos en común nuestras impresiones, nuestras sensaciones, cuando dialogamos abiertamente.



El río es el principal aporte de alimentos. Pescado y mariscos conforman una parte de la dieta. Las verduras se condimentan con las especias y dejan una sensación de eterno picante en la boca. El resto de la cerveza lo aplaca. El pollo y la carne también están sabrosos.

Manos expertas necesitan nuestros cuerpos para volver a la vida. Probar un masaje Khmu, los aceites aromáticos y el contrastado saber hacer de estas gentes es una delicia después de cenar.

Las camillas están mullidas. El contacto de los dedos poderosos va aplacando la resistencia y el relajamiento es total. La masajista es una chiquilla de edad indefinida que se mueve como una gata, se sube, salta, acopla su peso al servicio del arte.

Durante una hora el mundo no es real. Es solo placer.

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