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Descubriendo Portugal 163. Rompiendo por el cielo la hermosa madre de Memnón (la aurora)


 

Somos personas diferentes después de los rituales de la mañana. Suena el despertador, nos recuerda que hay que salir de la cálida comodidad de la cama y agitar el cuerpo para deshacerse de la somnolencia que ha conquistado nuestra mente mientras dormíamos. La ducha incauta ese lastre, ese pasivo que nos ralentiza.

El sol entra con más timidez que otros días. Hacen 15 grados. Jose, que se dispone a entrar en la ducha, informa que alcanzaremos 25 grados. No vamos a pasar frío, sin duda. El cielo permanece cubierto por una nube oscura y amenazadora. Salvo que disponga de otros aliados, está condenada al fracaso.

La estancia situada a la derecha de la entada, que el día anterior por la tarde era utilizada como acogedora sala de estar, se había transformado en un desayunador muy cool: música relajante tipo ibicenco, decoración sofisticada y gente guapa. El buffet era variado y distinguido. El aroma del pan y la bollería impregnaba suavemente el ambiente. Por algo la dueña era también la propietaria de la panadería-confitería al otro lado de la calle. Todo un regalo para los sentidos. Nos dejamos llevar por los alimentos en un desayuno casi épico.

La zona occidental del Algarve, al sur del Alentejo (Rogil y Aljezur estaban muy cerca de esa región) era muy diferente a la zona sur, la de Lagos, Faro o Portimao, con grandes complejos turísticos, la de los extranjeros que venían a comer y beber barato, a correrse una juerga. Esta zona era más sostenible, ajena a las masas, aunque se atascaran los aparcamientos de las playas. No era barata. Dos noches en nuestro hotel habían costado 242 euros. No estaba al alcance de cualquiera en el país. Por eso, en el desayuno se exhibía buen poder adquisitivo de los locales. La oferta era limitada. Los inmuebles que estaban a la venta en las inmobiliarias parecían destinados a adinerados foráneos.

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