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Descubriendo Portugal 138. Reponiendo fuerzas.


 

Nos sentíamos relajados. Esa fue la primera impresión del día. Habíamos dormido bien y habíamos prolongado hasta las nueve el reparador descanso. La sensación era que nuestros deberes como viajeros eran laxos y que ese día nos habíamos ganado una jornada más plácida.

El desayunador estaba a rebosar. Jose tuvo la habilidad suficiente para encontrar una mesa. Compartimos ese momento con muchos españoles, familias jóvenes con niños pequeños que se portaban bastante bien. La mayoría iba vestida para la playa.

El buffet estaba bien abastecido con lo que nos preparamos un desayuno con fiambre, fruta, tostadas (Jose se puso unos huevos revueltos con bacon) y unos dulces. Como si en nuestro recorrido no fuéramos a encontrar dónde comer o abastecernos.

Esa fue la primera prevención que ejecutamos: abastecernos por si surgían problemas para comer, visto el fracaso del día anterior. Cargamos lo básico y salimos hacia un supermercado. Nos equivocamos para entrar en uno y nos encontramos en la autopista de peaje. Fueron unos céntimos y un pequeño retraso. Compramos pan de molde, jamón y queso, un clásico de nuestras comidas camperas, agua, zumo, unas galletas y fruta. Cerca de las cajas vendían unas parrillas para grilhar el pescado que nos gustaron y las compramos para regalarlas a la familia. Todo un éxito.

La pasión del día era intensamente dorada por un joven y vigoroso sol, fogoso, como un amante inquieto y decidido, como deseoso de exhibir su poder de seducción a los mortales, a los visitantes que tomaban las calles empedradas de la ciudad. Los locales sabían cómo combatir ese apasionamiento solar y buscaban las sombras.

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