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Los saris son el color de la India 166 (2011). Akbar y Antonio de Monserrat.


 

El 27 de febrero de 1580 llegó a Fatehpur Sikri el sacerdote jesuita español Antonio de Monserrat. Nacido en 1536 en Vic, era de familia noble y fue captado muy joven para la causa de la Compañía de Jesús. De la mano de la Compañía se trasladó a Portugal, donde fue ordenado sacerdote.

Su deseo de partir a las misiones de Brasil o la India se cumplió en 1574. En la relación de los que viajaban a Goa figuraba como especialista en lógica y casos de conciencia. Esas habilidades fueron esenciales para cumplir con la gran misión de su vida: la embajada a la corte de Akbar. Fue acompañado de Rodolfo Acquaviva y Francisco Henríquez, un converso persa que oficiaría como traductor.

Akbar había solicitado el envío de esa embajada para instruirse sobre el cristianismo y profundizar en su conocimiento de los Evangelios. Los jesuitas interpretaron la invitación como un deseo de convertirse al cristianismo. Pero era sólo una manifestación más de su tolerancia y de su ansia por conocer las diversas religiones de su tiempo.


 

Durante un año, Monserrat participó en los diálogos y debates religiosos organizados por el emperador. Las habilidades demostradas por este personaje para demostrar la prevalencia de los Evangelios sobre el Corán y sus dotes sociales y políticas, le llevaron a una estrecha relación con el emperador y con el erudito más destacado de su corte, Abu-l-Fazl, autor del Libro de Akbar.

Esa confianza cristalizó en el nombramiento del jesuita como tutor de su hijo Murad. También, en la invitación a que le acompañara en una campaña militar organizada en 1581 contra una revuelta organizada por su hermanastro Mirza con ayuda de los afganos. De la expedición dejará reseñas que posteriormente sistematizó en el Mongolicae Legationis Commentarius. Será una fuente esencial para conocer la India de su momento. Fue también considerado el primer cartógrafo del Himalaya. Realizó un detallado mapa que no sería superado hasta el siglo XIX.

Su expedición a Abisinia le costó siete años de cautiverio y un deterioro de la salud que le llevaría a la tumba. Parte de sus manuscritos se perdieron. Durante tres siglos, los conservados durmieron en las bibliotecas hasta que fueron publicados.

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