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Los saris son el color de la India 55 (2011). Jainistas.

 


Después de atravesar los lugares donde se practicaban diversos oficios, desembocamos en el barrio de los tintoreros. Junto a un muro de arenisca, cómo no, nos apeamos. Estábamos ante el templo jainista de Bhandasar, el más antiguo de la ciudad.

El templo fue construido bajo el gobierno del príncipe Rao Lunkaran a finales del siglo XV, poco después de la fundación de la ciudad. Desde fuera, nada lo diferenciaba de los templos hinduistas. Sin embargo, estaba dedicado al quinto tirthankara o profeta de esta religión, Sumathi Nath. Se dice que para su construcción se utilizaron 40.000 kilos de ghee, mantequilla líquida, en vez de agua, para el cemento.

Mahavira fundó el jainismo en el siglo VI a.C. Fue contemporáneo de Buda, aunque no llegaron a tener ningún encuentro, pese a moverse por un espacio similar. Sus vidas son muy parecidas. Por lo que había leído, los jainistas eran aproximadamente cuatro millones. Detentaban el poder económico y cultural en la India actual. Se dedicaban al comercio, la orfebrería, la joyería, la administración y los servicios que no dañaran a otros seres vivos.



Mahavira fue el último de los veinticuatro profetas divinizados. Fue quien dio vida a la doctrina de su antecesor, Parsvanatha (a quien se identifica por el color azul y por reposar sobre una cobra de siete cabezas). Otros profetas importantes fueron Adinatha (el primero de los profetas, que se representa en color amarillo y cuyo emblema es un toro) y Neminatha (el vigésimo segundo, representado en color rojo y cuyo emblema es una concha marina).

Su principal doctrina era la no violencia. Toda la realidad era vida para ellos. El universo era una totalidad viviente. No se podía dañar a ningún ser vivo. Por eso eran vegetarianos estrictos.

Todas las almas ocupaban una posición igualitaria sin importar las diferencias en la forma física. Como el hombre era el único poseedor de los seis sentidos (no es una equivocación en el número) tenía una mayor responsabilidad frente al universo.

Para sus seguidores no había un Dios creador y omnipotente. El mundo carecía de principio y no emanaba de ninguna deidad absoluta y creadora. Su doctrina tenía por objeto liberar el alma. Para esa liberación había que seguir diversas pautas: visión recta, conocimiento recto, conducta recta.

Su código de conducta exigía cinco abstenciones mayores: no violencia (no matar), veracidad (no mentir), no robar, castidad y desapego de lo material (ausencia de codicia). La prosperidad de unos ayudaría a construir templos de mármol blanco, hospitales, hospederías, escuelas y centros de investigación.

Admitían el suicidio por inanición en los últimos momentos de la vida: quietud y abstracción permanentes.


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