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Los saris son el color de la India 47 (2011). Rebuscando en el paisaje.


 

Se repetía una imagen de cuatro columnas sobre un pedestal en medio del campo. Nos preguntábamos si eran los restos de un pequeño templo o de una casa, una tumba o chhatri, una plataforma para rezar o el lugar que marcaba un pozo. Aún elucubramos sobre ello.

El paisaje era monótono. Desmelenadas acacias eran la sombra bendita para mujeres con sari y animales sedientos. La temperatura superaba los 30° y aunque las nubes no amenazaban lluvia no dudábamos en que ésta llegaría. Krishna comentaba que en invierno aquello era un tenebroso desierto. Las suaves ondulaciones pobladas ahora por el matorral eran el colmo de desolación. Así me lo había narrado mi tío, que lo vivió en un mes de abril de los más secos de las últimas décadas.

Nos cruzamos con un convoy del ejército al mediodía. Aunque la frontera con Pakistán estaba lejos se apreciaba cierta presencia militar Paramos para un refrigerio. Y cuando nos disponíamos a reanudar el camino nos sorprendieron unas gotas gordas y violentas y una tormenta terrible. Sin plantas, el lugar sería un arenal en movimiento. Donde no había vegetación la erosión devoraba el terreno.

Saris que coloreaban el campo, shikharas en la distancia, algún pozo, pallozas aisladas que mostraban cómo eran las viviendas tradicionales, se sucedían ante nuestras ventanillas. Rebaños de cabras y ovejas caminaban a su aire. Las vacas eran escasas. Los camellos transportaban cisternas. Un camión con una inmensa bolsa de tela y forraje transportaba ganado vivo. Nos parecía un milagro que no murieran los animales. Monotonía armónica. Las poblaciones se espaciaban más.

Alcanzamos la velocidad máxima. El tráfico era leve y variado: turismos y camiones combinados con carros, motocarros, motos y cualquier elemento que se propulsara por motor o un animal. Se repetía la imagen del día anterior de una ingente cantidad de ladrillos al borde de la carretera. India estaba en construcción.

La entrada en Bikaner fue sencilla. Krishna hablaba de la ciudad. Para él era una pequeña ciudad de 500.000 habitantes. Para nosotros era una urbe importante.

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