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Los saris son el color de la India 44 (2011). Verde monzón.


 

La carretera mostraba campos de un verde inimaginable. No era la campiña inglesa aunque ofrecía una tenue pelusa vegetal que se conciliaba mal con la idea del desierto que me habían anunciado. El responsable de esa capacidad de vida era el monzón. Tan importante era para la subsistencia de estas tierras que las primeras lluvias eran saludadas con una fiesta. Un buen monzón equivalía a buenas cosechas y a prosperidad. La ausencia o retraso del benefactor se saldaba con la muerte, con el hambre, con la penuria. Durante el monzón, Vrita, demonio de la sequía, era derrotado por Indra, dios de la lluvia.

Desde el suroeste ascendían los vientos en dirección nordeste. Su paso entre julio y agosto se asociaba con la regeneración vital del mundo indio. El campesino miraba al cielo, tanto para implorar a los dioses como para observar el paso del monzón. A veces, la alegría podía transformarse en pesar. Las lluvias también portaban la destrucción. Los caminos embarrados y adornados de baches eran una ligera expresión de ese matiz. Las riadas e inundaciones no eran el regalo divino esperado. Como había leído, el monzón explicaba la actitud cíclica de la mentalidad india. La espiritualidad india se integraba en la naturaleza. Consideraban la técnica, hasta cierto punto, una agresión al equilibrio universal.

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