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Los saris son el color de la India 41 (2011). El fuerte de Mandawa y su hotel.


 

Krishna nos condujo hasta el interior del fuerte. Nuevamente aparecieron los mismos pesados del día anterior. Les miramos con hostilidad. No me había gustado nada que el día anterior se metiera uno de ellos en el coche, de copiloto, como en un "secuestro turístico”. Los dos hablaban bien español. No nos apetecía ir con nadie y, sobre todo, no queríamos eternizarnos.

No pudimos visitar el hotel, que ya conocíamos por Internet. Supimos que una parte del antiguo palacio que ocupaba parcialmente el fuerte había sido la base para el heritage hotel, como denominaban a los hoteles en lugares históricos. Los hermanos Singh podían estar orgullosos.



Sí era accesible otra parte en el lado opuesto al hotel, lo que dedujimos era el museo. Un hombre delgado y muy moreno nos condujo por unas estancias que abría a nuestro paso hasta la azotea. Desde las alturas observamos otras azoteas y tejados, patios finamente decorados con pinturas, cupulillas que los remataban, balcones cubiertos con tejados bengalíes, una mezquita a lo lejos, una shikhara en otra dirección. También el patio del fuerte y la zona reformada y reluciente del hotel.

Al descender paramos en varias estancias pequeñas y ricamente decoradas con pinturas estupendas, aunque algo deterioradas. La sala mejor conservada acogía escenas del dios Krishna con las gopis o pastorcillas, unas escenas bucólicas y simpáticas que contemplaríamos en otros lugares. Porque en toda la región eran devotos de esta encarnación de Vishnú que tiene fama de simpática y seductora. Este esplendor pictórico era el que se trataba de salvar de la desidia. Los espejos jugueteaban con la luz que entraba por las ventanas finamente talladas. Parecían animar a un sinnúmero de genios, duendes y dioses que sonreían desde las paredes.

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