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Los saris son el color de la India 30 (2011). Karim's y el regreso al hotel...con emoción.



 Karim’s podría ser calificado como un establecimiento tradicional. Nada de lujo. Cocina a la vista y ajetreo con las ollas. El olor impregnaba la sala. Al entrar, un grupo de señoras vestidas de negro de la cabeza a los pies alzó su mirada sincronizadamente. Por supuesto, el cuchicheo fue unánime. También el de los hombres de mirada feroz. Creo que no nos relajamos durante toda la cena.

Al terminar, decidimos dar un paseo por la calle principal del mercado. Era de noche y el calor había remitido. Era agradable vagabundear entre un mundo costumbrista. Eso era lo que habíamos estado buscando. Pronto nos sentimos incómodos porque a ella la asediaban de miradas y con algún roce más que evidente.

Encontramos un motocarro, le enseñamos la tarjeta del hotel al muchacho que lo conducía, de unos veinte años, y arrancó muy decidido. Pasamos ante mucha miseria, gente durmiendo sobre carros o en el suelo. La suciedad era general. Con la oscuridad, daba miedo. Se aflojaron nuestros temores en una zona iluminada y plagada con puestos de comida. Regresó a zonas humildes y a barriadas marginales. Cambió varias veces de calle y empezamos a pensar que se había perdido. En efecto, paró y preguntó. Con decisión, reanudó la marcha. Crecía nuestra ansiedad.

Para colmo, después de un breve diálogo, un hombre con uniforme de la policía o vaya a saber qué, se subió al vehículo al estilo de los antiguos tranvías, en el estribo. Ella tuvo un ataque de pánico: creía que nos iban a secuestrar. Sin embargo, unos minutos más tarde redujo su marcha el muchacho y el supuesto policía se apeó con habilidad. Desconocíamos los secretos del transporte en Delhi. Estábamos a las afueras de no se sabía dónde. El conductor miraba a todas partes para que Shiva le inspirara orientación. Rogamos para que algún avatar de Vishnú saliera en nuestro auxilio.

Apareció un coche de policía aparcado ante algún edificio oficial. Un stop gritado con decisión le obligó a parar. Salí hacia los policías y éstos se acercaron con más curiosidad qué sensación de peligro. El conductor defendió su actuación. Después de unos momentos de confusión, el policía de turbante negro nos señaló el hotel. Hicimos amago de irnos andando, pero el policía nos convenció de que terminara la carrera y pagáramos al infortunado conductor. Así lo hicimos. El pobre se deshacía en disculpas.

Más tranquilos, en la habitación, nos reíamos de la aventura. Al día siguiente, Vijay, nuestro guía, nos advirtió para que no saliéramos por la noche. Nos metió miedo y no nos atrevimos a nuevas locuras.

También nosotros nos reímos recordando aquella anécdota.


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