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Los saris son el color de la India 29 (2011). Peculiaridades de salir a cenar por libre.


 

-Nuestra primera noche en Delhi estuvo plagada de anécdotas- comenzó a contar mi tío. -María y Eva, dos compañeras de viaje, nos habían convencido para cenar al día siguiente en el Orient Express, un restaurante de lujo ubicado en el propio hotel Taj Palace. La peculiaridad era que ocupaba un antiguo vagón de tren al estilo de los exclusivos y extravagantes vagones propiedad de los maharajás durante la dominación británica. Como no queríamos repetir algo similar, buscamos en nuestras guías y nos decantamos por Karim’s, quizá porque estaba reseñado y aconsejado en las dos.

Montamos en un taxi y sufrimos lo que informaban las guías: el caos que has comprobado. El conductor, al que entendí a duras penas en inglés, afirmaba que nuestro restaurante estaba cerrado y que él conocía uno mejor, más barato y más cercano, donde es de suponer le agasajarían con una comisión. Tras una lucha feroz, incluida una discusión con mi compañera de viaje, porque no le informaba de los avances en la negociación, nos pusimos en camino con el taxista mascullando en hindi y ella cabreada en castellano.

Al llegar a la parte antigua, el avance se ralentizó considerablemente hasta que, más allá de una plaza con un paso superior del tren, tuvimos que bajarnos. El conductor, un chaval, aparcó el coche una vez que se formó tal atasco que estábamos convencidos de que sería imposible salir de él. Como no sabía indicarnos cómo alcanzar el restaurante, preguntó a un hombre de aspecto quebradizo, que le dio instrucciones para que montáramos en su rickshaw. Aquello empezaba a tomar tintes épicos. Nos reservamos contar la historia a Kipling para que la relatara con su extraordinario estilo. Ahora te la cuento a ti.

El pedaleo era lento. El taxista y nosotros dos éramos una carga tremenda. La solemnidad de nuestra velocidad era acompañada por la imagen de mi amiga sobre mis rodillas, sobresaliendo del conjunto y ataviada con minifalda, camiseta ceñida y gloriosas extremidades al descubierto, lo que provocaba miradas a su escote. Aquel peculiar carro ceremonial que transportaba una diosa occidental causaba estragos entre el personal masculino de la ciudad. Triunfantes, fuimos depositados a unos pasos del lugar elegido para cenar. Nuestro conductor se había ganado la propina.

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