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Los saris son el color de la India 12 (2011). Jama Masjid II

 


La entrada a la mezquita era gratuita. Sin embargo, se habían agenciado un sistema indirecto para cobrar: las cámaras de fotos y de vídeo. Un sistema de discriminación de turistas y feligreses bastante eficaz. Los feligreses no llevaban cámara. Era inimaginable un turista sin ella. Pago en la entrada.

-El arco apuntado recuerda a los musulmanes el concepto fundamental de su fe: la unidad. Dios es uno y Mahoma es su profeta-. Estábamos bajo los dos arcos apuntados de la entrada monumental, lo cual había sugerido ese comentario a mi tío. -Simboliza las manos unidas para rezar y la verdad divina de que todas las cosas convergen en lo único.

El patio era inmenso. Me llamó la atención que lo que correspondía a la sala de oración era pequeño, algo más ancho que las galerías que formaban el cuadrado de ese patio. Supuse que el patio era realmente lugar de oración cuando la congregación era muy numerosa. Aunque en una ciudad con este clima rezar a la intemperie puede ser un gran sacrificio en la canícula de abril a junio o bajo la lluvia del monzón.

Las galerías perimetrales acogían a un colectivo que parecía haberse establecido a pasar la mañana. Quizá era la alternativa a un hogar del que carecían. Estaban tumbados o sentados, con la mirada extraviada y sin signos claros de estar dedicados a la oración. Se protegían del sol, estaban en sagrado y se distraían con el trajinar de turistas.

La mezquita exhibía tres cúpulas como cebollas, algo más afiladas que las de la tumba de Humayún. Recuerdan a las de Irán, Uzbekistán y Asia Central. Nuevamente, arenisca roja y mármol blanco. La gran entrada central, otra darwaza, tapaba casi totalmente la cúpula más alta. Dos minaretes flanqueaban el edificio. Eran altos y delegados, como velas o lanzas. En el centro del patio un estanque hacía las funciones de la fuente de las abluciones.

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