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Por el corazón de la via Francigena 65 (2014). La plaza de la Signoria.

 


Como el cazador que va a cobrar una pieza importante, nos disponemos a estudiarla previamente. Para ello, nos sentamos en una terraza frente al palacio. Descansamos, reponemos fuerzas con una ensalada y un poco de pasta y dos estupendas cervezas. El conductor de un coche de caballos busca entretenerse con el trasiego de locales y visitantes.

Estamos en una plaza imprescindible cargada de arte y de historia. En ella se reunía el pueblo para los actos más importantes, para protestar y reivindicar, para vitorear a un gobernante, para las celebraciones de los carnavales, para los espectáculos con los que se entretenía al pueblo. En ella tuvo lugar, en 1497, la quema de objetos de lujo, cosméticos, libros licenciosos y cuadros poco edificantes que significaban el rechazo a lo que impedía un buen comportamiento cristiano: la hoguera de las vanidades. Al año siguiente, su promotor, Savonnarola, ardió como hereje. Dicen que su cuerpo tardó en quemarse, lo que obligó a devolver el mismo a la hoguera hasta que quedó reducido a cenizas. Estas fueron arrojadas al Arno para impedir que sus seguidores las guardaran y se convirtieran en reliquias. En el Museo de San Marcos se conserva un cuadro, de autor anónimo, Auto de fe de Savonnarola frente al Palacio Viejo, que ilustra la ejecución de aquella sentencia.

El dominico atacó duramente a los Medici, que eran la personación de todos los males, y a los Papas, por su corrupción. Fue un claro precursor de la Reforma de Lutero, un regeneracionista que encontró la excomunión del Papa Alejandro VI.

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