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Por el corazón de la via Francigena 63 (2014). La puerta del Paraiso y el ascenso hacia Dios.


 

El baptisterio es la otra joya de la plaza. Ocupa el solar de un antiguo templo de Marte. Una nueva superposición de estructuras religiosas. Durante unas décadas, entre los siglos XI y XII, fue catedral de la ciudad.

Desgraciadamente, los andamios impiden gozar de su exterior octogonal de mármol blanco y verde y de sus puertas, especialmente la Norte y la Este, la del Paraíso.

La oriental, frente a la catedral, fue bautizada por Miguel Ángel al afirmar que bien podría ser la puerta del paraíso. Sus diez paneles cuadrados y dorados son sublimes. Ghiberti, que ganó el concurso igualado con Brunelleschi, que posteriormente se retiró, y su escuela, con Donatello y Paolo Ucello, entre otros, representó escenas del Antiguo Testamento: la creación, el pecado original, la expulsión del paraíso, Caín y Abel, Noé y el diluvio, Abraham e Isaac, Esaú y Jacob, José, Moisés y las tablas del Sinaí, Israel atravesando el Jordán, David y Goliat, Salomón y la reina de Saba.

Las puertas querían representar la humanidad y la Redención. La Redención y la transformación que son el rito del bautismo.

Entramos por la puerta sur, la de Andrea Pisano, que representa la vida de San Juan Bautista. Brilla el interior con el decorado de los mosaicos, en los que trabajó Cimabúe. Preside un Cristo pantocrátor. Los elegidos para el Infierno y el Paraíso se reparten el techo. Penetra un ligero haz de luz por el matroneo, la galería elevada que estaba destinada a las mujeres. Recordamos los baptisterios de Rávena y sus mosaicos. La tumba incrustada en el muro es del antipapa Juan XXIII, un premio a Baldassare Cossa por ayudar a Juan de Medici a entablar relaciones bancarias con el papado. Es obra de Donatello, como una María Magdalena en el mismo recinto.


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