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Los saris son el color de la India 3 (2011). ¡Vaya aterrizaje!

 


El primer inconveniente que sufrimos al aterrizar en Delhi fue comprobar que nuestras maletas se habían extraviado. Perder las maletas al regresar de un viaje priva del placer de lavar la ropa sucia. Al inicio, es terrible. La sensación de indefensión y de desolación es tremenda. Vamos, una putada, con perdón y hablando en plata.

Nada bueno podía desprenderse del retraso en la salida del vuelo de Madrid a Bruselas, donde tomamos otro vuelo a Delhi. Inicialmente, nos informaron que era por causa de un pasajero que no se presentaba al embarque. Había que bajar su equipaje. Después, nos enteramos que era por el sobrepeso provocado por la carga humanitaria de una ONG con destino al Congo. El pueblo indio, que es muy aficionado a interpretar los augurios, hubiera afirmado sin dudar que los signos marcaban un mal destino. El tío Luis ya nos había vaticinado problemas. Una hora era insuficiente para un transfer. Y tenía razón. El retraso nos obligó a correr por los pasillos del aeropuerto de Bruselas y demostrar una esperanzadora forma física propia de atletas en busca de la mínima para cualquier prueba de las olimpiadas. El control de pasaportes fue una pantomima. Lo que no calculábamos era que nuestras maletas no corrían con la misma intensidad que nosotros.

Al realizar la reclamación nos tranquilizaron: nuestros nombres aparecían en una lista. Las maletas estaban localizadas en Bruselas. Llegarían en el vuelo de Jet Airways del día siguiente, por la noche.

La reclamación nos permitió entrar en contacto por primera vez con la burocracia india, más cercana al caos que a los estándares de control de calidad. Perdimos un par de horas, que acumuladas a la diferencia horaria -tres horas y media- nos plantó sin miramientos en las doce de la noche.

Afuera nos esperaba Brahma, de Catai India. Inmediatamente, nos contagió su buen humor. Nos tranquilizó. Aunque era joven contaba con experiencia en el trato con viajeros rebotados. Nuestro conductor se llamaba Krishna, como el dios del amor y el héroe de la fabulosa epopeya Mahabaratha. Ser recibidos por los representantes de dos importantes divinidades hinduistas era un buen augurio. Ya estábamos convencidos del cambio de tendencia de nuestra suerte. Cenamos en el hotel y nos relajamos.

Ahora que lo pienso, ¿qué interés puede tener todo esto? Nada, la típica anécdota que nos gusta contar a los amigos cuando les damos la barrila a la vuelta del viaje. Al menos vosotros os habéis librado de la sesión de fotos.

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