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Por el corzón de la vía Francigena 5 (2014). San Gimignano: la ciudad de las altas torres.

 


El ejemplo perfecto de esta tipología es San Gimignano, independizada de los obispos de Volterra en 1199. Tomamos el desvío, nos introducimos en un pueblo industrial y sin encanto y atisbamos a lo lejos sus altas torres. Cerca, Certaldo, la ciudad donde nació Boccacio, el autor del Decamerón.

El coche se queda en un parking casi desierto al pie de la población, peatonal a ultranza. Optamos por dejar las prendas de abrigo. El sol nos bendice.

Ante las murallas nos asomamos a la campiña, verdor mezclado con colores grises de invierno, un horizonte lejano, abierto, la ondulación sugerente de las colinas, un viñedo de líneas paralelas. Reflexiono porque tengo la impresión de que aquí se podría ser feliz.

El hambre nos arranca de la contemplación. Desde que salimos de casa no hemos tomado nada. Una tienda ofrece unos bollos suculentos, un pan de aromas paradisiacos. La dueña se entretiene con una clienta en una conversación intrascendente que no nos atrevemos a interrumpir. Prestamos atención a la variedad de paninos y a sus fiambres con queso, lechuga y tomate. Con calma, como lo exige el lugar, decidimos.

Con el estómago lleno nuestra percepción es más famélica: devoramos lo que el pueblo ofrece. Entramos por Porta San Giovanni, con un curioso balcón en lo más alto.

El nombre del pueblo procede del obispo de Módena que lo defendió en el siglo V de las huestes invasoras de Atila, rey de los hunos. No le pagaron el favor hasta el siglo X con el cambio de denominación.

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