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Por el corazón de la vía Francigena 9 (2014). Rústicos paisajes y etruscos.


 

Volterra no estaba en nuestros planes.

Todo rueda mejor de lo previsto, con lo que nos decidimos a visitar este pueblo aislado que, quizá de otra forma, no hubiéramos incluido en nuestra ruta.

Lo que también nos decide es el deseo de estar más en contacto con la Toscana rural, la de casas aisladas, pueblos pequeños de piedra sobre los que se enseñorea la torre de la iglesia. Todo aderezado con olivos, viñas, cipreses y un verdor de invierno.

El navegador nos conduce por una carretera comarcal estrecha, con tipismo y valores escenográficos aunque objetivamente mejorable en firme y arcenes. No hay tráfico, salvo algún vehículo agrícola, un campesino en moto, un par de turismos con nuestro mismo instinto. Las curvas se encadenan con las colinas. Al buscar las torres de San Gimignano encontramos la mole de una cárcel.

El paisaje se desnuda de vegetación. El carácter inhóspito de estas tierras y su aislamiento convirtió a Volterra en una isla rodeada de páramo  poco atractiva para los pueblos expansionistas. La Velathri etrusca tardó en ser conquistada por Roma. La independiente commune medieval acabaría cayendo en las zarpas de la poderosa Florencia. La estepa ha infundido carácter a la población.

Estamos en territorio de la antigua Etruria. Muchos de los pueblos y ciudades de la Toscana son de origen etrusco y como recuerdo de aquellos tiempos son habituales los museos o colecciones dedicadas a esta civilización avanzada y elegante que acabó siendo conquistada y absorbida por Roma. Luego vendría el olvido. Símbolo de aquel orgullo y prestigio es el Museo Etrusco Guarnacci en Volterra. El Museo Arqueológico de San Gimignano también guardaba buenas piezas.



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