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Por el corazón de la vía Francigena 2 (2014). carretera hacia Toscana: Chianti.

 


Miguel Ángel Buonarroti hubiera tardado menos en concluir las obras del aeropuerto de Bolonia. Todo llega en esta vida y han tocado a su fin con lo que se ha despejado de las incómodas vallas y paneles. Las gestiones para alquilar el coche se saldan rápidamente. Nos asignan un cinquecento, muy apropiado para identificarnos con el Renacimiento, aunque nuestro destino es más el Medievo y el Quatrocento, toscano y florentino respectivamente.

El trayecto es igual de ajetreado que hace un año: camiones, montaña e invierno. No podemos despistarnos mucho porque el tráfico exige concentración. Pero este tramo ya fue objeto de otro relato.

En el primer crucero con mi hermano y mi sobrino, los Antonios, una de las escalas recababa en La Spezia, un puerto al norte de la Toscana. Recuerdo que era muy temprano porque nos separaban dos horas de autobús hasta Florencia. Me negué a dormir a la ida, pese al cansancio. Recuerdo las fauces abiertas de las canteras de Carrara, productoras del mármol más famoso de la tierra que ha servido para alumbrar hermosas obras de arte talladas por los mejores escultores. Las que contemplaremos en este viaje.

Otro recuerdo son las montañas, las colinas, los cipreses, la campiña, todo pasando a gran velocidad, pueblos pintorescos encaramados a los altozanos que desde sus fachadas rústicas clamaban una visita. Fueron dos hermosas horas de campos de Toscana.

Rodeamos Florencia y tomamos la carretera hacia el sur. Abre el sol y nos muestra la imagen de la Toscana preconcebida. El terreno se ondula en colinas verdes, los cipreses son la referencia vertical y los primeros viñedos nos elevan el ánimo. Incluso en la radio se han sucedido tres canciones buenas. Todo se torna positivo.

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