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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 69 (Camino Inglés). Vacas y bosque.

 


Las vacas pacían a su antojo. Las interrumpimos en su alimentación, se acercaron a nosotros, respetando las distancias. Los cuernos eran bastante disuasorios. En las orejas llevaban pendientes identificativos con sus números de serie. Alrededor de ellas se agitaban las moscas.

Una extraña señora nos observaba junto a un campo de maíz. Realmente era un espantapájaros que habían vestido como a una turista ye-ye, con pamela, gafas de sol, pantalones azules, saya naranja y pañuelo al cuello, a modo de babero amarillo. Los gallegos le ponían mucha imaginación a estos colaboradores agrícolas que espantaban a las aves que intentaban devorar los granos. Los habíamos encontrado de todas las formas y aspectos posibles, unas veces sencillos y otras tremendamente atrevidos.

Entramos en zona maderera. Los troncos estaban apilados a la espera de su destino definitivo. Al lado contrario, el valle, que marcaba en uves geológicas el paisaje más inmediato.

Alcanzamos el Bosque Encantado, según rezaba un cartel y defendía una bruja subida a su escoba voladora. Evocamos El bosque animado, de Wenceslao Fernández-Flórez, coruñés ilustre, al bandido Fendetestas, que encarnara Alfredo Landa en la película del mismo nombre, tan bonachón que ayudaba a los que pretendía robar. Quizá estuviéramos en una fraga, un bosque inculto, como significa en gallego, una mezcla de árboles, una armonía de especies. Alma y melancolía, Geraldo, el bueno, la niña Pilara, el loco de Vos, el estudiante Javier y otros personajes vagaban en espíritu entre los árboles para nuestro deleite inmenso.

Se cruzó en nuestro camino una pequeña culebra o víbora. No supimos cómo interpretar aquello y si pudiera ser un oráculo.


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