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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 67 (Camino Inglés). Parras y moras.

 


La construcción sin paredes de una parra se asomaba al Camino y exhibía sus frutos verdes como triunfos por hacer. La verticalidad de los postres se enfundaba de verdor intenso, de hojas jugosas que reclamaban más atención que la que fugazmente podía entregarle el caminante. Eran sombra a la sombra de las nubes que ocultaban el sol, eran techumbre inútil cuando la lluvia se enfurecía y calaba todo.

Formaban un patio abierto con un falso tejadillo de cañas o de alambres. Era el follaje lo que cubría esa habitación exterior que se disfrutaba en la canícula del verano, cuando el calor se animaba a visitar la zona y dotar de vida plena a las luces y las sombras. Acogía a las moscas, a las abejas o las avispas y seguro que atraía a las nocturnas aves que se encariñaban con sus frutos a los que aún les quedaba para alcanzar la deseada madurez.

Pasaban y regresaban con nuevas formas, se reinventaban sin demasiada creatividad, como con instinto de clase y deseo de respetar las formas clásicas, que estábamos en un entorno intemporal.

Nos preguntamos si esas uvas terminarían siendo algún vino de los que saciaban al peregrino o insuflaban vigor al jaranero del pueblo más cercano. Nos conformamos con su tersura, su goloso aspecto, la inocencia de su agrupación en racimos, la presencia que nos alegraba un momento en nuestro esfuerzo.

Las moras, densas, rojas y rojizas, me traían recuerdos de la infancia, cuando una caterva de críos nos lanzábamos al campo más inmediato de un pueblo o una urbanización y llenábamos nuestros cubos con sus frutos. Alguno había que se atiborraba de moras aún sin madurar y esa misma noche sufría unos tremendos retortijones. Aquello tenía algo de romería infantil, de reunión de chavales que, bajo aquella excusa, se lanzaba a los caminos a dar rienda suelta a sus gritos y alegrías.

En el camino abundaban, las más de las veces, maduras. Jose y yo sustituimos a la jauría de niños y nos dedicamos a un placer más sencillo y silencioso. Por allí asomaban las espinas del matorral que a veces se colgaban sobre el sendero como para vencer la curiosidad o para hacer amigos.

Nos captaban con su sincero aspecto de golosinas.

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