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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 64 (Camino Inglés). Última etapa y nueva normalidad.

 


En la recepción se apreciaban las huellas del miedo a la pandemia, que cabalgaba desbocada hacia un nuevo confinamiento. Había carteles por todas partes que instaban a utilizar la mascarilla, explicaban cómo lavarse de forma concienzuda las manos, conminaban a mantener la distancia de seguridad. La placa de la cocina del albergue estaba bloqueada y cinta amarilla y negra precintaba cajones y armarios. El gel hidroalcohólico era omnipresente, el desinfectante campaba a sus anchas. Habían vuelto hacia la pared un sofá para que nadie se sentara.

Nos levantamos como todos los días, un cuarto de hora antes de las ocho para preparar las maletas y sacarlas a la recepción. La ducha nos sacó de la somnolencia y nos devolvió parte de la energía que completamos con un desayuno que, por supuesto, estaba envuelto en celofán: biscottes, madalenas, un trozo de bizcocho, zumo y leche. Una sorpresa porque creíamos que no estaba incluido.

Era nuestra última etapa, de unos 16 kilómetros, que la considerábamos como un paseo triunfal después de cinco jornadas que habían puesto a prueba nuestros pies y nuestra preparación física. Atravesamos el pueblo, cruzamos el puente de piedra, volvimos a asomarnos al río. La ruta se iniciaba esencialmente de forma paralela a la autovía, que generaba un sonido monótono de fondo, escasamente estridente, aunque tragaba el arrullo de la naturaleza. Le acompañaba el de los aviones que despegaban o aterrizaban en el cercano aeropuerto de Labacolla.



Esta era zona de vistosas casas de dos alturas sin demasiados recuerdos de actividad agropecuaria, salvo por los extensos y maduros maizales. Quizá se trataba de segundas residencias de gentes de Santiago que buscaban un mayor contacto con la naturaleza.

Salió el sol. Comentamos que en Galicia siempre había nubes, aunque éstas eran de diferentes características, blancas y algodonosas unas, de panza de burro algunas, otras cargadas de lluvia. Cabalgaban en el azul espléndido impulsadas por el viento, lo que provocaba que la meteorología fuera tremendamente cambiante. Recordamos los versos de Rosalía:

El cielo, azul clarísimo;

el suelo, verde, intenso;

…Cubiertos de verdura,

brillan los campos frescos.

Ladraban los perros a nuestro paso, se asomaban sobre las tapias, tensaban cadenas o cuerdas que impedían que se acercaran en exceso a nosotros. Saludaban sus dueños y regresaban a sus quehaceres domésticos. No paraban nunca.

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