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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 63 (Camino Inglés). Iria Flavia y Prisciliano II.

 

Fuente con traslatio en Iria Flavia-Padrón. Autor: Juan Casulá.

Sánchez Dragó dedicaba un capítulo completo a Prisciliano, nacido en Iria, gnóstico, místico y reformador religioso del siglo IV. También sincretista que había aglutinado el saber antiguo de los druidas con las nuevas tendencias cristianas que se abrían paso en la península y en Galicia en particular. Fue contemporáneo de Manes (o Mani), en Persia, del maniqueísmo o cristianismo mazdeísta, de Arrio, en Alejandría, Donato, en África y Juliano en el ámbito de la oficialidad imperial. Predicaba una primera materia universal, contemporánea de la divina, con la cual se modelaban las almas, el denominado emanatismo. Su doctrina también reflejaba el dualismo cósmico, la caída y ascensión del alma. Alcanzó la dignidad de obispo de Avila.

Acusado injustamente de herejía y otros crímenes, fue ajusticiado en 385 en Tréveris. Le cortaron la cabeza, como a sus discípulos Armenio, Felicísimo, Latroniano y Eucrocia. Posteriormente, sus seguidores pasaron a la clandestinidad hasta que llegaron los suevos a Galicia, que eran de tendencia arriana. Cuatro años después de su muerte, un grupo de gallegos fue a Tréveris para llevarse su cuerpo. Entre los que rescataron las reliquias de Prisciliano estuvo Dictino, que se convirtió en su heredero espiritual. Obtuvieron permiso y trasladaron el cuerpo decapitado siguiendo el que posteriormente se denominará el camino francés, que realmente era el antiguo camino celta o la Via Turonensis de los romanos. En el sur de Francia desapareció su rastro. Quizás se embarcaron rumbo a Galicia y desembarcaron en Iria. Recordemos que Santiago el Mayor también llegó por mar, con sus discípulos y que había sido decapitado. Sánchez Dragó manifiesta que quizá sea quien ocupa la tumba adjudicada al santo. Hasta un escritor digno de respeto como Unamuno dijo que quizá reposaba en la catedral el gnóstico gallego.

Para un cristiano como yo aquellas disquisiciones tenían un valor anecdótico. Para mí Santiago de Compostela era el final de un peregrinaje, de un viaje transformador. Es cierto que había enormes sombras y que casi había que refugiarse en la fe para convencerse de muchos aspectos. Era el lugar y el símbolo lo que me había movido a caminar más de cien kilómetros y no me iba a desdecir de mis intenciones por todas aquellas lecturas, apasionantes, sí, pero alejadas de mis creencias.

No crea el lector que estos fueron mis pensamientos previos al despertar del último día de Camino.

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