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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 56 (Camino Inglés). Sensaciones.

 


Nos entretuvimos en una zona boscosa con el espectáculo de las telas de araña. Eran especialmente grandes, estaban completas y con formas geométricas curiosas. A veces, ofrecían una demostración de su eficacia con una mosca pardilla que quedaba atrapada y una voluntariosa araña que completaba el trabajo y se relamía para el almuerzo. Son las cosas de los que somos de ciudad y asociamos las telarañas con la sociedad impenitente.

Un viaje es un cúmulo de sensaciones que unen a los compañeros al recordarlas. Esas anécdotas, esos momentos, son el patrimonio de los que participan en él. Esos “recuerdas cuando…” que continúan con “menudo…” y otras expresiones similares recuerdan las experiencias vividas, son el pegamento de la amistad y de esa complicidad que tanto une a los compañeros de viaje. Crea una solidaridad poderosa entre ellos.

Una de esas anécdotas fue, nuevamente, un pequeño hecho imprevisto. El sol había hecho olvidar la niebla del inicio, pero no se conformaba con una retirada sencilla. Había vuelto a su ámbito en el horizonte, algo previsible. Sin embargo, en un campo arado y sin plantar restaba una pelusa casi blanca que avanzaba hasta un hórreo, se desplazaba hacia el extremo, cambiaba de dirección, cabalgaba hacia nosotros como despistada y sin convicción, giraba buscando una salida que hubiera encontrado en cualquier lugar del abierto campo y no se desvanecía de ninguna forma. No resultó tan enigmático como divertido, un pequeño montaje de la naturaleza para que los caminantes pudieran acumular anécdotas en su zurrón.

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