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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 55 (Camino Inglés). Compartir el Camino.

 


Nuestro paso era vivo. Era el reflejo de nuestra libertad, de nuestro afán por gozar de la vida sencilla. Era el reflejo del espíritu del verano, aunque estuviera limitado por el coronavirus. Verano y viaje eran palabras balsámicas para quienes, como nosotros, consagraban una parte importante de su tiempo a trabajar, en los últimos meses bajo una presión insoportable. El verano y el viaje limpiaban de esos sinsabores, expandían nuestra mente, la abrían a la percepción y el gozo, nos limpiaban de la mala leche y las frustraciones. Era el motor interno de nuestros pasos.

El Camino es compartir. Sin embargo, lo habíamos compartido con muy poca gente. Aquella jornada cambió algo la tendencia y nos encontramos con más peregrinos, tampoco demasiados. La cercanía a nuestro destino (estábamos a algo más de 30 kilómetros) los había sacado de sus escondrijos. El primer compañero fugaz fue un tipo con pinta de atleta, alto, fibroso, convencido de su poderío, que nos superó como una locomotora. Nosotros íbamos en nuestro permanente diálogo, con lo que la velocidad no nos preocupaba. Una pareja bien preparada apareció a nuestra espalda. Tampoco tardó en superarnos. A ninguno volvimos a verlo durante la jornada. Tuvimos más suerte con dos chicas que acompañaban a un señor de mi edad. No supimos trazar la relación. Quizá no les unía parentesco alguno y su vinculación provenía del espíritu peregrino. El Camino anima a hacer confidencias y para ello es necesario alguien que las reciba. Nos pasaron una vez y les volvimos a encontrar con los pies metidos en un lavadero. Nos superaron y les alcanzamos en otra parada.

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