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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 52 (Camino Inglés). Tarde sencilla por los alrededores de Leira.


 

El hotel Barreiro no era el más glamoroso que uno pueda imaginar, pero era confortable, limpio y bastante moderno. Lo frecuentaban peregrinos, camioneros y gente de paso. Para una noche era un lugar muy decente, a buen precio y con buen servicio.

Leira tampoco era el lugar más animado para pasar la tarde. Mientras Jose terminaba de ver una serie en el móvil y se duchaba, yo me entretuve en buscar en Internet. A poca distancia se alzaba una iglesia, Santa María de Leira, y el campo y las casas mostraban un hermoso rostro. Por supuesto, realizar un desplazamiento largo fue desechado desde el primer momento. Mi ampolla iba bien, aunque los kilómetros caminados y acumulados en las piernas aconsejaban guardar fuerzas.



La aldea la componían buenas casas de campo con aspecto de segundas residencias. Eran espaciosas, de dos plantas, jardín para descongestionarse sin necesidad de salir a la carretera o a la calle y un tono bastante acogedor. Saludamos a varios dueños y ocupantes en nuestro paseo hasta la iglesia. Esta era de sillares rectangulares marcados por juntas blancas, de espadaña en el centro que soportaba las campanas y un aspecto que podría calificar de intemporal, que podría acumular varios siglos o unas cuantas décadas. Era parecida a muchas otras que encontramos en el Camino. Su estilo era rural y difícil de asociar a los estilos tradicionales. Alrededor, el cementerio, cómo no.



El cruceiro que estaba a pocos metros exhibía a Cristo crucificado por un lado y el descendimiento por el otro, una combinación también repetida muchas veces. Nos sentamos en sus gradas y observamos el campo que se desplegaba ante nosotros, muy hermoso y relajante. Los campos de maíz cobraban una especial tonalidad por el sol descendiente. Los castaños agitaban levemente sus hojas dominadas por las sombras. Nos pareció que el lugar era ideal para una merienda campera.

Seguimos explorando las inmediaciones y nos topamos con la fuente de Santa Eufemia, según rezaba un cartel sobre una roca que hubiera hecho las delicias de un emperador chino para uno de sus jardines. El bosque se cerraba de forma portentosa, como si deglutiera el mundo en sus profundidades. No nos atrevimos a penetrar en sus misterios.



Continuamos por la carretera hasta el lugar por donde habíamos accedido horas antes. Allí habíamos echado el ojo a una pulpería que aún no había abierto, aunque el chaval que la regentaba, quizá hijo de los dueños, nos animó a sentarnos. Le daba igual abrir un poco antes y así charlar con los forasteros. Nos sentamos en una mesa exterior y contemplamos la carretera mientras dialogábamos. Por supuesto, con dos Estrella de Galicia.



A las nueve jugaba el Atlético de Madrid los cuartos de final de la Champions contra el Leipzig. Jose no es muy aficionado al fútbol, pero tampoco había mucho más que hacer, así que nos fuimos al hotel y en la cafetería nos juntamos un grupillo a ver la eliminatoria. Parecía mentira que el que hubiera sido tradicionalmente un partido de pretemporada fuera un partido tan trascendental. La pandemia, el confinamiento y la necesidad de terminar la temporada para cobrar los derechos televisivos y paliar parcialmente los destrozos económicos, lo hacían posible. Y allí estábamos para distraernos.

Cenamos unas raciones para acompañar el fútbol. El Atleti cayó 2-1 frente a los alemanes. Ocasión perdida.

Nos acostamos a medianoche.

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