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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 46 (camino Inglés). Pensamientos mágicos.


 

En aquellas cavilaciones recordé la sensación que tuvo el protagonista de Los Pazos de Ulloa (el cura Julián) al llegar al lugar, que bien pudiera ser muy parecido al paisaje que atravesamos en aquellos días:

Julián abría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda la ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado: pero, acostumbrado a la vida claustral del Seminario y de la metrópoli compostelana, la naturaleza le parecía difícil de comprender, y casi le infundía temor por la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella, en el espesor de los matorrales, en el áspero vigor de los troncos, en la fertilidad de los frutales, en la picante pureza del aire libre.

No parecía ser el único destinatario de esa perplejidad. A nuestro regreso, encontré otras impresiones similares en un párrafo de El bosque de los cuatro vientos:

En Galicia tengo la sensación de que lo extraordinario se acepta de forma natural, como si todo atendiese a una lógica sabia y misteriosa, completamente desconocida para los forasteros. Tras cada paso hay una leyenda, un duende inasible que tiene algo de verdad. Tras cada piedra una historia que merece ser contada.

Lo confirmaba también otro texto de la guía de La guía de la España mágica:

La fama mágica de Galicia estaba ahí mismo, avalada por milenios enteros ante los cuales se han ido sedimentando, capa tras capa, los elementos necesarios para configurar unas estructuras mentales aptas para la captación de lo insólito, de eso que para otros sería, simple y llanamente, materia de supersticiones viejas como el hombre. Para el gallego –y, de rechazo, para quien vive en Galicia y llega a vivirla, aunque haya nacido en el extremo opuesto del mundo- sentir lo mágico es, casi, el pan nuestro de cada día. Como en el viejo chascarrillo, uno no tiene por qué creer en las meigas, porque “haberlas haylas”.

Los árboles se disciplinaban en hileras geométricas, replantados, retenidos en su avance por el camino asfaltado. Se alternaban con las explotaciones agrícolas y ganaderas, los campos de maíz, una plantación de kiwis, caballos, ovejas, alguna vaca, buenas casas aisladas, cotos privados y montes vecinales.

Comentaron que las casas del Camino tenían que mantener las fachadas con el estilo original y así ofrecer una homogeneidad de la que gozara el sufrido peregrino.

La armonía campestre la rompía en el horizonte una central térmica con su estructura que sobresalía del monte.

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