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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 41 (Camino Inglés). Una tarde en el jardín de Casa das Veigas.



La casa pertenecía a un hijo del apoderado del marqués. Quizá hubiera una historia truculenta detrás de ella, pero habría que inventarla o documentarla. Loli comentó que veía poco a su jefe, aproximadamente cada dos meses. Sin duda, ella era el factor de éxito del negocio. Durante el verano no funcionó la cocina. Los martes y miércoles libraba la cocinera, lo que nos impidió disfrutar de su gastronomía. Esa parte del negocio no era rentable al no haber suficientes peregrinos y turistas que dieran juego a la estructura que arrastraba. La zona dependía del turismo, muy escaso en aquel mes de agosto. Lo que más temía era que cerraran Coruña por la pandemia ya que ello supondría su ruina. El siguiente fin de semana tenía dos comuniones de cuarenta personas, lo cual implicaría una importante inyección de liquidez que le permitiría salvar los muebles. Con eso y alguna cosa más había conseguido salvar el tipo.

Nos pegamos una siesta jugosa y larga. Como escribió Rosalía de Castro en sus Hojas nuevas,

¿Qué rendido viajero no quiere

buscar el descanso

que el cuerpo le pide?



El primer ritual de la tarde fue arreglar el entuerto de la ampolla del pie derecho. Lejos de remitir había ganado en volumen y provocaba un dolor molesto. Juan me había mandado un artículo que era como un tutorial para conocer todo sobre las ampollas, cuidar de ellas y derrotarlas. Lo primero que había que hacer era explotarla, pero carecíamos de una aguja. Bajamos a recepción y Loli sacó el botiquín, bien provisto de gasas, vendas y tiritas de todas clases, aunque sin una aguja, algo bastante normal. Se nos ocurrió que valdría un imperdible. Loli rebusco por los cajones, se fue al interior del salón y la cocina y no lo encontró. Diligentemente, se fue a su casa, muy cercana, y trajo una aguja. Jose la calentó con el mechero y con ella atravesé la protuberancia, saqué el líquido y la contemplé con más cariño que asco. Aconsejaban atravesarla con un hilo y dejar el mismo dentro para que fuera drenando y limpiando. En mi caso, el drenaje fue un poco a lo bestia: por compresión.

Traía compeeds pero eran para los talones. Me puse uno, lo recorté como pude y me quedé el resto de la tarde en chanclas. El arreglo que llevaba impregnaría los calcetines de los sucesivos días con la densa masa pegajosa de la solución. Se redujo considerablemente la incomodidad. El remedio definitivo tardó varios días más, posteriores al regreso.

Jose mantuvo en buen estado sus pies durante todo el Camino.

Desde que nos dejó el taxi en la entrada, cansados y empapados, nos gustó el jardín. Una parte formaba una amplia terraza donde crecían varios árboles que daban una saludable sombra. El sol se había animado a salir del exilio en las nubes y la lluvia se había tomado un respiro.

Aquella terraza estaba a nuestra entera disposición. Éramos los únicos huéspedes. Ofrecía varias mesas muy separadas entre sí, como en diversos ambientes. Era el refugio ideal para escribir un buen rato acompañado por los pájaros, aunque también por algunos incómodos insectos. No me hubiera importado quedarme en el lugar unos días.

Jose estuvo inspeccionando las instalaciones con interés, descubriendo los mejores rincones. Estuvo charlando con Loli, se entretuvo con el móvil y propuso darnos un baño cuando el sol era más consistente. La piscina era una gozada. Había que llevar cuidado con el limpia fondos. Cuando el sol se refugió tras las nubes nos quedamos fríos y nos fuimos.

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