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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 40 (Camino Inglés). Almuerzo en Carral.


 

Casa das Veigas era un caserón ilustre, de muros de piedra y señorío renovado. Las zonas ajardinadas estaban perfectas. Nos cautivó desde el primer momento. Tenía ocho habitaciones, unos salones tranquilos con sabor rústico y unos espacios abiertos coquetos y atrayentes. Desde luego, nada que ver con un albergue de peregrinos.

La publicidad de su web no mentía: “el hotel rural en La Coruña en el que soñar despierto es posible”. El lugar mantenía un porte noble y una integración en la naturaleza que lo aislaba del mundo: “entre meigas y trasgos, en un ambiente bucólico donde reina la tranquilidad y el sosiego, se levanta la Casa das Veigas”. El valle del Barcés era la referencia de aquellas vegas de su denominación. “Descanso y gastronomía se dan la mano en busca del bienestar integral de los huéspedes y clientes que hacen el honor de acompañarnos”.

Después de ducharnos y cambiarnos nos recibió Loli, la encargada, algo más joven que yo, a la que creímos dueña del establecimiento. Era simpática y dicharachera y llena de energía e iniciativa. Nos llevó en su coche, un estupendo Mercedes con tapicería de cuero, a Carral, a dos kilómetros, para comer en un restaurante con cierto glamour llamado Muxio Vello. Era una vinoteca con buena cocina. Comimos pulpo con patatas y cebolla, una ensalada completísima y unos solomillitos con patatas. Dos cervezas y dos albariños nos devolvieron el ánimo y nos hicieron olvidar todos los pesares de la mañana.

También disfrutamos del famoso pan de Carral, del “molete” o “bolo de moño” que era uno de los grandes orgullos de la población. Su miga esponjosa, su corteza crujiente y elaboración artesanal habían cruzado el ámbito local y se decía que era embarcado en aviones rumbo a Madrid y Barcelona para que se disfrutara en los restaurantes de mayor prestigio. Los cereales procedían del cercano valle del Barcia o Barcea (o Barcés, me imagino). Durante todo el Camino disfrutamos de un pan de pueblo excelente.

También era famosa la empanada, que nos pusieron de aperitivo.

Al terminar, la llamamos y nos recogió diligentemente.

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