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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 39 (Camino Inglés). Sarandons y los marqueses de Figueroa.

 


Nuestro alojamiento se encontraba en Sarandons o Santa María de Sarandones, un pequeño pueblo del municipio de Abegondo. Su población, que había descendido paulatinamente en las últimas dos décadas, como todos los que habíamos atravesado, a pesar del impulso del Camino Inglés y del turismo, contaba unos 500 habitantes. Lo más destacado era su iglesia barroca del siglo XVIII. Había un convento, un par de bares y un conjunto de casas de piedra atractivo, un núcleo pequeño y compacto. Aquí se hospedó el rey Felipe II en su visita a Galicia. Desde entonces se denominaba con orgullo la Casa de Felipe II.

En la población estaba el pazo de los marqueses de Figueroa. El linaje de los Figueroa se remontaba al siglo VIII con el conde Froila Fernández, yerno del rey visigodo Chindasvinto. Obtuvieron fama y prestigio cuando en el año 765 se enfrentaron al poder musulmán que imponía tributos inaceptables para mantener la paz. Uno de ellos era el Peito Bordel, establecido por Mauregato y que consistía en la entrega de cien doncellas, cincuenta nobles y cincuenta plebeyas para los harenes del Califato de Córdoba. En aquella fecha, cinco hidalgos de este linaje pusieron en fuga a los moros antes de que pudieran embarcar a las mujeres que eran reunidas en la cercana torre de Bordel, en el propio municipio de Abegondo.

Habíamos pasado con el taxi ante el pazo de los Figueroa, la residencia de los marqueses desde el siglo XVI, si bien el marquesado fue concedido por Carlos II en el último tercio del siglo XVII a favor de Baltasar Pardo de Figueroa y Sotomayor. El actual marqués, el duodécimo, era Juan Gil de Araujo y González de Careaga. La torre era el elemento más antiguo, del siglo XII. Fue reparada, según una inscripción, en 1621, siendo su propietario Ares Pardo de Figueroa, caballero de la Orden de Santiago. La atalaya, según leí en Internet, era de estilo renacentista y había sido calificada como bien de interés cultural. Al ser de titularidad privada no se podía visitar.

Los del lugar hablaban con mucho respeto y cierta veneración de los marqueses. Quizá fueron benévolos con los campesinos, los protegieron cuando fue menester y les habían dado trabajo para su adecuado sustento. Para los de ciudad nos parecía, como poco, chocante. Lejos quedaban los tiempos de los Andrade, de los nobles que tenían derecho total sobre la vida de sus siervos. Sin embargo, la distancia social, aunque reducida, se mantenía. El hálito de superioridad ancestral aún era objeto de culto.

En la zona también se localizaba una Casa Social de Figueroa.

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