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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 37 (Camino Inglés). Ausencias y parroquias.

 


Aquel día sólo nos cruzamos con otros tres peregrinos, casi al principio del camino. Diríamos que era una familia que había parado para guarecerse de la lluvia incómoda o simplemente se habían reunido en la adversidad debajo de lo primero que encontraron, hartos de mojarse. No presentaban cara de buenos amigos, cuando lo que se debe aplicar en estas situaciones es aquello de a mal tiempo buena cara.

El camino estaba jalonado de pequeñas iglesias rodeadas de cementerios ordenados y abiertos, de muros repletos de nichos, de nombres que eran los de aquellos que habitaron estas tierras. Evidentemente, no nos decían nada, pero conformaban la intrahistoria de la región, de la comarca, del concejo o de la parroquia.

No tomé nota de sus nombres y cuando quise recomponer los datos me di por vencido por lo inútil del esfuerzo. Lo importante era el asfalto que brillaba como un espejo, las babosas y los caracoles que avanzaban lentamente sin pretender emularnos. Caminaban en otra liga mucho menos competitiva y más simple. La única referencia cierta fue la de San Esteban de Cos. Nos fotografiamos ante su iglesia y cementerio y en la fachada se recogía su nombre. Después vendrían Meangos, Francos, Boucello, A Malata. Pero porque encontré sus nombres en los folletos.



Pocas semanas después de nuestro regreso leí un libro de María Oruña, nacida en Vigo aunque fuertemente vinculada con Cantabria. En El bosque de los cuatro vientos”, reflejaba un pensamiento sobre las aldeas de Galicia que suscribía plenamente y que ahora uno con nuestras vivencias del Camino:

Las aldeas de Galicia son, decididamente, lugares mágicos y extraordinarios. Cuando llegas, todo parece en silencio y en calma, e incluso puedes percibir ese indiscutible e incipiente abandono, el que ya ha derretido toda esperanza. Y, sin embargo, si eres paciente y dejas pasar un poco de tiempo, observas una cortina que se descorre y te mira, un aroma agradable de comida al fuego, un detalle floral y fresco en alguna ventana.

Parecían lugares deshabitados, silenciosos, efectivamente cercanos al abandono. Sin embargo, las casas estaban bien cuidadas y los campos mantenían una homogeneidad que no podía ser fruto de un desarrollo estrictamente natural. Es cierto que muchas de estas aldeas veían cada año disminuir su población y perder un poco más de su existencia. Pero cuando menos lo esperabas aparecía algún lugareño que saludaba y nos deseaba buen camino. Alguna chimenea lanzaba al cielo una fumata blanca que evidenciaba la existencia de vida.

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