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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 36 (Camino Inglés). Lluvia y niebla.

 


Desde el primer momento fuimos conscientes de que no podríamos hacer fotos con las cámaras grandes, por lo que los dos las habíamos metido en sus respectivas fundas desde el primer asalto al camino y las habíamos guardado en la mochila, protegida por la capa o por la bolsa de basura. Sacarla hubiera sido un rito inútil. De vez en cuando, sacábamos el móvil para inmortalizar campos, montes, árboles o casas. Lo hacíamos con presteza, sin meditar mucho la ejecución, con prisa, para que no se empapara y estropeara. Las fotos no salieron muy vistosas, pero nos permitieron, al regreso del viaje, recordar lugares, situaciones, sensaciones.

Nos llamó la atención la niebla ascendente. Quizá la tierra estaba más caliente y escupía la lluvia en forma de vapor. Era como un juego, una confabulación de las colinas para ofrecernos un bello espectáculo mientras aguantábamos estoicamente bajo el chaparrón inclemente. Ese espectáculo formaba parte del horizonte, de la lejanía, como en una metáfora del camino y el destino.

Las primeras imágenes que fluyen a mi mente son grises, de colores desleídos, pálidos, sin matices. Cuando me concentro, los perfiles se consolidan, la variedad cromática se acrecienta y los verdes y pardos dominan entre la lluvia. La lluvia no es capaz de desvanecer el paisaje del campo.

“¿Quién recogió las aguas entre sus brazos como una túnica? Únicamente Dios”, escribió Gabriel Miró en su estampa Agua del pueblo, recogida en Años y leguas. Y aquel día parecía que Dios no quería recoger las aguas y las había dejado precipitarse desordenadamente contra nosotros.

“Sigüenza y muchos quisieran gozar del agua -continuaba- cogiéndola, ciñéndola, modelándola como una ropa dócil a nuestros dedos”. Si hubiéramos tenido ese poder la hubiéramos atado y sostenido en las alturas hasta el final de nuestra etapa, que seguro que era útil para el campo y necesaria para garantizar el verde paisaje que nos acogería en esa jornada.

Sin embargo, nos sumimos en la aleatoriedad relativa de la meteorología y nos encaminamos hacia nuestro destino.

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