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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 36 (Camino Inglés). Yo acompaño a la lluvia.

 


Nada más salir de Betanzos nos recibió una cuesta de gran dureza, como si quisiera ponerlos a prueba, como si el camino iniciático que recorríamos no nos aceptara sin antes ser dignos de ello. Ya habíamos mejorado en técnica, por lo que activamos el abdomen, equilibramos las caderas, iniciemos la respiración diafragmática, que permitía no perder el aliento en ningún momento, siguiendo las indicaciones de Borja, cuñado de Jose y entrenador mío, y con ritmo constante fuimos abandonando el caso urbano y nos metimos en el denso y mágico bosque. Sudamos con profusión, nos bajamos las mascarillas, que quedaron casi empapadas, y rebasamos las alturas. El premio fueron unas estupendas vistas del campo ondulante.

La lluvia causaba un fuerte olor a eucalipto que despejaba nuestras fosas nasales y provocaba un efecto de botica, de emplasto que pusiera una madre para aliviar los catarros de sus hijos. Los eucaliptos habían perdido parte de su corteza, en forma de lascas o lonchas gigantes, que quedaban al pie de los troncos. Nos preguntamos si eso era habitual o qué lo causaba. Evidentemente, nuestros conocimientos de botánica eran bastante limitados.

-¡Yo acompaño a la lluvia! –gritó Jose al viento. No luchábamos contra ella y era cierto que la acoplamos a nuestra jornada. Desgraciadamente, nos tomó cariño y no nos quería abandonar.  Amagaba, se ausentaba un ratito, dejaba el cielo gris para que la recordáramos, dialogaba con nosotros, nos regaba con sus gotas o con sus torrentes, nos abrazaba, empapaba nuestro calzado, nuestros calcetines, nuestra ropa. Se filtraba o causaba una sudoración poco inspiradora.

Sin embargo, la lluvia no nos impedía hablar, charlar, compartir nuestras ideas y pensamientos. Necesitábamos estos días para actualizarnos, para saber sobre las nuevas preocupaciones y proyectos de Jose. Los míos eran menos interesantes. Ese diálogo nos enriquecía y nos unía, nos familiarizaba con el otro. Desde nuestro anterior viaje no habíamos tenido grandes ocasiones de estar juntos, de sincerarnos, de avanzar en nuestra amistad.

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