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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 35 (Camino Inglés). Despertar lluvioso.

 


Y aunque el hombre quiera huir de sí mismo

Como de cárcel que le odia y retiene,

Hay no obstante en el mundo un gran milagro:

Yo siento que toda la vida es vivida.

Rainer María Rilke.

 

Toda la noche llovió con intensidad. Tanta que creí que era el ruido del aire acondicionado, a pesar de que no lo habíamos puesto. Pasamos algo de calor, quizá por el sueño agitado. El furor de la tormenta repiqueteaba sobre la cubierta (estábamos en el último piso) formando un tremendo escándalo. Al asomarme por la ventana comprobé que la calle estaba dominada por las ausencias y parecía de noche.

Sin demasiado convencimiento nos vestimos y bajamos a desayunar. La joven de recepción nos dio algunas esperanzas y nos informó que pararía a media mañana. Confiábamos no calarnos demasiado. Las temperaturas habían caído con fuerza. La televisión vomitaba noticias maravillosas para quedar intoxicados sin remisión: las protestas en Beirut, la progresión de los contagios en toda España, el mal tiempo que se extendía por toda la península. Era lo último que necesitábamos para un inicio de jornada con energía. Al menos el desayuno fue bastante completo y nos sacó del letargo.

Éramos pocos en el hotel y todos nos congregamos en la entrada contemplando la pertinaz lluvia y preguntándonos que debíamos hacer. En condiciones normales (sin peregrinaje) no se nos hubiera ocurrido pisar la calle. Cuando nos disponíamos a salir nos preguntaron extrañados, como si estuviéramos locos. Parecía que la idea de los peregrinos era esperar hasta que escampara. Nosotros no teníamos tanta paciencia y nos lanzamos a conquistar el Camino. Jose me ayudó a ajustarme la capa y, con la ayuda de la chica de recepción, cubrimos su mochila con una enorme bolsa de basura para que no se mojara su contenido.

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