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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 29 (Camino Inglés). Un buen samaritano.


 

La aparición de la ría era el anuncio del final de la etapa, aunque aún habría una anécdota curiosa. Uno de los dos matrimonios que nos había acompañado a ratos, y nos había rebasado poco antes, estaba parado en el camino. Nos preguntaron si llevábamos un antiinflamatorio y les contestamos afirmativamente. Llevaba en mi mochila un pequeño botiquín con lo esencial para alguna eventualidad de peregrino. La mujer, que lucía unos poderosos gemelos, mostraba dolor a consecuencia de un tirón. Como buenos samaritanos, les ofrecimos el tubo de crema y mis servicios. Saqué la pelota con la que activaba la musculatura, le relajé la sobrecarga y le apliqué un fuerte masaje para aliviar sus pesares.

-¿Eres fisio? –me preguntaron.

-Fui de sanidad en la mili pero la experiencia la tengo por las lesiones al hacer deporte.

Mientras estábamos en esos menesteres apareció el otro matrimonio, que se interesaron por la lesionada. Con mejor humor y aliviada nos pusimos en marcha los seis.

-¡Lo que daría por una cervecita fría! –decía la lesionada con su fuerte acento malagueño y mucho gracejo, lo que generó nuestras risas.

Paramos brevemente en el santuario de Nuestra Señora del Camino, neoclásico y poderoso, continuamos, nos hicimos una foto todos en el puente, atravesamos una de las puertas de la ciudad y poco después nos separamos, cada uno hacia su hospedaje. Nos emplazamos, sin compromiso, para vernos por la tarde.

El hotel Villa de Betanzos, un palacete clásico rehabilitado, estaba cerca de la plaza de Galicia, en la avenida de Castilla, la antigua carretera nacional VI. Era cómodo, moderno y su personal era agradable. Eran más de las tres y nos orientaron para comer en una cafetería donde probamos unos pequeños cachopos con patatas y una estupenda ensalada. Menos mal que aún estaba abierto. La villa languidecía bajo un sol que no habíamos conocido hasta entonces. Tuvimos que refugiarnos bajo una de las sombrillas de la terraza para no achicharrarnos.

Nos duchamos, dormimos la siesta y salimos a sellar la cartilla en la oficina de turismo.

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