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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 181. Medetashi, medetashi…


 

…O lo que es lo mismo, final feliz, final feliz.

Cenamos en Kanda (los tallarines picaban lo suyo), recogimos las maletas, tomamos el monorail y nos dirigimos al aeropuerto de Haneda.

Aun quedaba una última sorpresa y el destinatario de la misma fui yo. En el momento de la facturación, rechazaron la maleta de José Ramón: era demasiado pesada por lo que le obligaron a redistribuir la carga en otra pieza de equipaje. Como intentamos facturar en grupo pero obligaban a asignar las maletas a cada uno, al final la maleta de José Ramón fue facturada a mi nombre y la mía al suyo.

No hubiera tenido importancia si no hubiera escuchado mi nombre por megafonía convocándome al mostrador de nuestra puerta de embarque. Allí estaba la maleta, una azafata, un funcionario del aeropuerto y un policía. Los que estaban en la sala de espera me miraron al avanzar como a un terrorista.

Me pidieron que me identificara, me preguntaron si la maleta era mía, a lo que contesté que sí y me pidieron que la abriera. Sabía lo que buscaban: la katana.

Con delicadeza, el policía exploró el interior, sacó el paquete-el que lo estaba pasando francamente mal era José Ramón, más que yo-intentó abrirlo con dulzura y al final fui yo quien rasgó el papel que lo envolvía. Al extraer la katana, el público que hasta ese momento miraba con curiosidad empezó a hacerlo con preocupación. El policía recogió la tarjeta de la tienda donde la comprara (menos mal), pasó el dedo por el filo, que no existía, y extrajo del bolsillo una especie de cilindro que pasó por la hoja. Lo hizo con lentitud, casi con vicio.

Al final me entregó la katana, se ofreció a ayudarme a embalarla de nuevo, la acoplé como pude y se llevaron el cuerpo del delito. José Ramón no paró de disculparse hasta el final del vuelo. Está claro que uno viaja para recopilar anécdotas.

Y, como escribió el poeta Shiki:

Yo que me voy,

Y tú que aquí te quedas

Son dos otoños.


 

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