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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 17 (Camino Inglés). Los Andrade.

 


El torreón de los Andrade era uno de los escasos vestigios de la antigua casa-palacio de esta ilustre familia gallega. La torre del homenaje, reconvertida en mirador y en sala de exposiciones, estaba ahora rodeada de un jardín donde solazarse con las vistas sobre la ría.

Durante el Camino nos cruzamos en varias ocasiones con uno de esos personajes históricos que no dejan indiferentes: Fernán Pérez de Andrade, señor de Pontedeume, Ferrol y Villalba, “uno de los principales miembros de la nobleza gallega durante el siglo XIV,” según reseñaba el folleto informativo. En 1371, Enrique II le concedió el señorío jurisdiccional sobre la villa de realengo de Ferrol. Posteriormente, la familia se consolidó como uno de los grandes actores de la escena política gallega.

Gran guerrero, engrandeció sus dominios gracias al mencionado rey y a la casa de los Trastamara, aunque inicialmente sus fidelidades se decantaron por su enemigo, Pedro I El Cruel. Su ascenso social y económico lo llevó a movimientos que quizá pudieran calificarse de paradójicos o de avenirse al sol que en cada momento más calentaba. Supo adaptarse a los tiempos, ser prudente cuando era preciso e impulsivo cuando lo requería la ocasión. Eso le dotaba de un perfil complejo y apasionante.

Aquel guerrero era también aficionado a la poesía y a los libros de caballería, lo que haría de él un hombre culto. Combinaba la espada y los libros, la fuerza y el espíritu. Nos legó importantes obras públicas, como el puente que atravesamos y otros seis más, el castillo de Nogueirosa, para el que no tuvo inconveniente en usurpar tierras de la Iglesia y que al parecer estaría comunicado con el torreón por un pasadizo subterráneo, y diversas iglesias. Su tumba estaba en una de ellas, la de Santa María del Azogue en Betanzos.

En la Guía mágica de España, Juan G. Atienza afirmaba que los Andrade eran “herederos de los templarios y protectores de su tradición y de los monasterios del Císter, y que incluso conservaron rasgos esotéricos en sus armas, como esos jabalíes y esos osos simbólicos” que figuraban en su tumba. Inicialmente, se habían asociado con la afición a la caza de este noble. Sin embargo, eran símbolos de concretas categorías ocultistas. El jabalí o el cerdo “fue enseña de gran sacerdocio de saberes esotéricos de la máxima categoría espiritual, mientras que el oso era símbolo de los defensores de ese conocimiento reservado a los grandes maestros” –escribió Atienza.


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