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Dos peregrinos en tiempo de pandemia 14 (Camino Inglés). Sorpresas y vieiras.


 

Las pequeñas sorpresas rompían la aparente monotonía del caminar. Se abría un claro, aparecía un campo de maíz defendido por rudimentarios espantapájaros en forma de bolsas y telas, un parche de arbolillos trasplantados, un cartel desvencijado, unas casas que habían quedado varadas en el campo. La sorpresa más sencilla fue un cajón dejado por algún alma caritativa con un plato con limones para reponerse y unos pequeños y entrañables recuerdos. Nos gustaron las conchas del Apóstol, las vieiras, que simbolizan lo mágico y sexual, según leí en Gárgoris y Habidis, de Fernando Sánchez Dragó. La concha veneriae simula una mano extendida que fue amuleto habitual en el mundo antiguo. Los dedos abiertos eran el emblema del amor carnal. Y repetía un símbolo universal: la pata de oca. El autor madrileño afirmaba que los senderos del mundo convergían líricamente en el aleph de Compostela y era una alegoría del bautismo y la evangelización:

Los budistas del Gran Vehículo (los de la tendencia Mahayana) incluyen la concha entre los ocho emblemas de la buena suerte y la interpretan como signo premonitorio de un próspero viaje (no andan, pues, los bonzos tan divorciados de los jacobípetas).

Continuaba Sánchez Dragó:

Eliade la ha entendido en relación con la luna y, por supuesto, con la mujer. Lo mismo hace Botticelli en el más famoso de sus cuadros. Schneider la considera símbolo místico del bienestar de una generación conseguida a costa de la precedente. Es, también, vaso para apagar la sed y a ello atribuye Cirlot su popularidad entre los caminantes.



Quizá por ello todos esos elementos se nos ofrecían de forma tan anónima y confiada, ya que la caja donde depositar la voluntad no disponía de ningún mecanismo de seguridad que impidiera que se la llevaran. Nadie obligaba al donativo. Pero nadie hubiera arriesgado su suerte por unas monedas. Hubiera decepcionado el gran gesto. Hubiera creado mal karma para el desaprensivo.

Tal fue el tráfico de conchas que se generó que el papa tuvo que conceder la exclusiva de las mismas a Compostela.

Por supuesto, compramos tres. La tercera era para Javier, hermano de Jose, otra de nuestras inspiraciones para el Camino. Había también cruces y conchas para colgantes.

Debidamente protegidos seguimos nuestra jornada. Estábamos cerca de finalizarla.

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