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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 162. Castillo de Nagoya II.

 


Imaginamos aquellos patios ocupados por diligentes samuráis, los guerreros que tenían el privilegio de portar espada. Según Nitobe, “lo que Japón era se lo debía a los samuráis. Ellos no sólo eran la flor de la nación, también las raíces. Todas las gracias divinas fluían a través de ellos. A pesar de mantenerse socialmente alejados del pueblo, su moral se convirtió en modelo y ellos en ejemplo a seguir”. Eran una de las imágenes que individualizaban la personalidad del país. Su sentido del deber les empujaba a la muerte para conseguirlo. Lo contrario era ignominioso.

Esa lealtad se resumía en el Código Bushido y quizá la mejor muestra era la de los cuarenta y siete ronin, una historia de principios del siglo XVIII que había ilustrado el teatro, el cine o la televisión. Un ronin era un samurái sin señor. Cuando el suyo fue injustamente condenado se conjuraron para vengarlo: mataron al daimio culpable de la afrenta. Eran venerados en el templo Sengakuji, en Shinagawa, en Tokio, con sentidas lápidas.

La torre principal había sido convertida en un museo donde se conservaban las piezas salvadas del desastre. También se incluían exposiciones donde se reproducía la vida antigua de la ciudad, su puerto, los mercados, los oficios. Ofrecía actividades para los chavales. El museo era popular entre las familias, que acudían a pasar la tarde. Aprovechaban los últimos días de vacaciones.

Unas maquetas reproducían el castillo y la ciudad, plana, de casas tradicionales bien alineadas.

Desde lo alto la vista sobre el conjunto defensivo y la ciudad era excelente. Los árboles cubrían algunas de las dependencias del castillo.

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