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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 154. Museo Hida no Sato IV.

 


Una carbonera, una fábrica de papel, recuerdos de la actividad agrícola, ganadera y forestal mostraban esa vida casi a extinguir, integrada en la naturaleza aunque bastante dura.

Los patos, las garzas y otras aves no huían ante nuestra presencia. Estuvimos observando un artilugio hidráulico que provocaba un ruido con el que se ahuyentaba a los animales. Un espantapájaros saludaba desde un campo de arroz.

Algunas de las casas, que habían sido trasladadas desde diversos distritos y pueblos-algunas acumulaban dos o tres siglos de existencia-eran amplios almacenes. Fotos y explicaciones los contextualizaban. En una de las casas exhibían algunos animales de la zona disecados.

Habían mantenido varios artesanos que continuaban trabajando con las antiguas técnicas. Uno se dedicaba al lacado, otro a las pequeñas esculturas de madera.

En el camino de regreso ofrecían otras atracciones, ya cerradas, como el Bosque de los Siete Dioses de la Suerte, el museo del cantante Ryu Tetsura o la villa ecológica de ositos de peluche, un homenaje a los teddy-bears. El camino era hermoso.

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