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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 178. Yanaka. Y un nuevo festival.

 


No faltaban cafés y restaurantes aunque muchos de ellos estaban cerrados. Se había hecho tarde y nuestra búsqueda de un sitio para comer nos llevó a acelerar el paso y disfrutar escasamente del barrio. Aún hubo tiempo para asomarse a alguna de las viviendas donde se guardaban los altares portátiles que se sacarían en procesión a lo largo de la tarde. En torno a ellos se reunía la familia.

Yanaka, Nezu y Sendagi formaban el shitamachi de Yanesen. Con más tiempo hubiera sido interesante explorar la zona, filtrarse por las calles laterales y empaparse de su espíritu tradicional y bohemio. Te lo aconsejo.

En la estación Nippori comimos y logramos descansar tras la tremenda caminata.

Pero la zona aún nos deparó una sorpresa: una exhibición de taikos.

En la plaza que formaba la estación se había reunido un grupo numeroso de personas vestidas de forma tradicional con unas blusas que me recordaban las chaquetas de los kimonos de judo y pantalón corto blanco. En las chaquetas, un emblema del grupo. Cada grupo, de un color.



En la plaza se exhibía un hermoso mikoshi o altar portátil, similar a los de las casas que habíamos dejado atrás un rato antes. Ante él se congregaba un grupo con tambores de varias formas. Cada grupo interpretaba su música ritual, su tamborrada, que exaltaba a los que se congregaban para ver y escuchar esa melodía de percusión interpretada con pasión. Era parte de uno de los festivales con los que terminaba el verano.

Nuevamente la aparente seriedad y timidez de los japoneses se rompía al participar en un festival. En los más tradicionales, expresaban su fervor a aquellos rituales ancestrales, se unían a la comitiva o participaban en ella acompañando los carros, que recordaban a los pasos de las procesiones.

Tocar los tambores, subirse a una carroza, bailar, eran sus formas de expresar o de confirmar sus sonrisas cotidianas. El japonés ríe mucho, tiene buen humor y, cuando le dan pie, charla animadamente. Es la prolongación de su simpatía tímida y su deseo de formar parte de un grupo para divertirse, para contribuir a la fiesta.

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