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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 166. Con el viento hacia Tokio.

 


Nuestra última transición nos llevó de Nagoya a Tokyo Station a las 11.15.

No recuerdo prácticamente nada de aquel viaje en el tren-bala, salvo el viento:

Van divagando

mis sueños, y en barbechos

resuena el viento.

Esos fueron los componentes del tránsito, viento y sueños:

Sueños sin rumbo;

en páramos quemados,

la voz del viento.[1]

Ni siquiera nos quedó el consuelo del monte Fuji.

Las maletas pesaban espantosamente, más porque se acercaba el final del viaje y estábamos cansados que por la carga de nuestro equipaje, aunque José Ramón y Javier habían hecho buenas compras que hinchaban peligrosamente sus maletas y mochilas.

Desde Tokyo Station fuimos a Ueno y allí tomamos la línea de metro Hibiya hasta la estación Iriya. Con un plano parcial de la zona que nos facilitaron en el metro y la buena orientación de Arturo no tardamos en encontrar el ryokan Sakura.

Entre el barrio, que era un poco desalentador, el ryokan, que no tenía ascensor hasta la recepción, con lo que hubo que ejercer de forzudos por las escaleras hasta el primer piso, y que el dueño era un tanto brusco, nuestra entrada fue algo frustrante.

Nos dieron dos habitaciones corridas en la quinta planta, que ocupamos completamente. Nos recordó a tiempos mochileros, aunque ya me hubiera gustado encontrar un lugar así en mis tiempos jóvenes. Lo cierto es que las fotografías de Internet, que eran además las de nuestras habitaciones, eran más atractivas que la realidad. La habitación pedía una renovación a gritos. Eso sí, teníamos terraza y los baños comunales eran para nosotros solos.

Quizá porque la habitación no ofrecía grandes encantos nos marchamos pronto a recorrer Asakusa, uno de los barrios donde aún se respiraba cierta tradición.



[1] Haikus del poeta Onitsura.

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