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E blanco y tenue sortilegio del sol japonés 167. Asakusa.

 


Cuando en 1.923 Vicente Blasco Ibáñez visitó Japón, le llamó la atención encontrar en Tokio lo que describía como "un emplasto negro o blanco sobre la nariz sostenido por dos elásticos sujetos a las orejas”. Pensó que ocultaban una nariz roída por el cáncer. Preguntando supo que lo utilizaban para evitar la gripe, poniendo gotas antisépticas que impedían el contagio. La Gripe Española de 1.919 se había cobrado en Europa más víctimas que la Gran Guerra.

Deambulando por la ciudad era habitual encontrar gente con mascarillas desechables. Al principio, nos comentaron que era por la contaminación, pero al verlas también en zonas rurales, donde ese problema no existía, nos confirmaron que era una deferencia de quien estaba acatarrado para no contagiar al resto en el tren, en el metro, la calle o el trabajo. Todo un signo de civismo.



Bajamos por Kappabashi Dogugai Dori, una larga avenida con comercios donde se abastecían de menaje los restaurantes. Eso implicaba montones de cuencos, platillos, fuentes y demás objetos que devolvieron el color a Javier. Los precios eran muy competitivos. Lo más curioso es que en esta calle era donde se producían las maquetas de plástico de los platos que se mostraban en los escaparates de los restaurantes y que ayudaban a identificarlos. Con algo más de tiempo y menos apetito hubiéramos comprado un menú completo en 3D.

Por una calle tranquila de pequeños comercios y restaurantes, con la Tokyo Sky Tree en el horizonte, fuimos avanzando hasta un restaurante donde comimos un estupendo sushi y sashimi. Como en otros pequeños locales, el marido, algo cascarrabias, era el cocinero y la mujer, un encanto, atendía las mesas. Superaban con creces los 60 años.

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